Yo la vi. sí, la vi cuando se prestaba
a los mimos de la espiga.
Créeme amigo mío, la vi mientras se dejaba enamorar
por una cálida y sutil llovizna de mayo.
Yo la vi, claro que la vi. Sus labios parecían olas
ruborizadas y sus ojos emulaban soles.
La vi, te digo que la vi. Y la llamé amapola
y me llamó poeta, con una sonrisa nívea
presa del sonrojo del cáliz de su verbo.
La vi, si, pero tuve miedo de tocarla.
¡Era tan delicada!
a los mimos de la espiga.
Créeme amigo mío, la vi mientras se dejaba enamorar
por una cálida y sutil llovizna de mayo.
Yo la vi, claro que la vi. Sus labios parecían olas
ruborizadas y sus ojos emulaban soles.
La vi, te digo que la vi. Y la llamé amapola
y me llamó poeta, con una sonrisa nívea
presa del sonrojo del cáliz de su verbo.
La vi, si, pero tuve miedo de tocarla.
¡Era tan delicada!