Jinete Romancero
Poeta recién llegado
Pintando insomnios sobre la pared de mis pensamientos,
se van estirando las horas nocturnas,
que giran al compas de este reloj musical,
vociferador de altibajos emocionales.
Cronos pasa al ritmo que le da la gana,
mientras divago entre juegos, risas y desvaríos.
Hoy me visita la alegría ocasional,
Pierdo la cabeza y juego a encontrarla,
debato con la angustia,
me burlo de la insensatez.
Contemplo aquí y allá,
Un poeta hipócrita,
Las ideas pasan. . .
se adhieren a mi piel,
Las pulsaciones se hacen voraces,
ávidas de sacrificio,
reclaman actos de heroísmo y dramatismo,
para luego sacar a relucir las culpas.
¿Qué más da sentarse a parir versos?
Cuanto quisiera hacerlo,
abatirme como un cobarde
y decir. . .Ya me canse.
El frio de la astucia se mece bajo mi cama,
congelando los huesos de la siguiente oración.
La inspiración recortada,
Humor hurgado y evocado,
Suspirar. . .
respirar. . .
tal vez. . .
De que vale remilgarse en los dolores
y retorcerse en sus humedades.
Si al final como cada noche. . .
Ni el sueño viene. . .
Un desperdicio vital.
Una manufactura existencial sin postor.
se van estirando las horas nocturnas,
que giran al compas de este reloj musical,
vociferador de altibajos emocionales.
Cronos pasa al ritmo que le da la gana,
mientras divago entre juegos, risas y desvaríos.
Hoy me visita la alegría ocasional,
euforia desbocada,
que me embriaga de cuando en cuando.
Una locura descontrolada,
que suelta adrenalina a mi sistema,
dopando mi más susceptible razonamiento.
Pierdo la cabeza y juego a encontrarla,
debato con la angustia,
me burlo de la insensatez.
Juego cartas con la cordura,
haciéndole trampa al tener los ases de la seguridad,
pisados con el ladrillo
del delirio y la ambigüedad.
Contemplo aquí y allá,
percatándome del inexistente silencio,
adivinando sus murmullos proclamados,
gritos exacerbados del fragor fundamental,
de la inconciencia temperamental.
Un poeta hipócrita,
que se esconde bajo las cobijas,
de una mal cimentada inocencia.
Las ideas pasan. . .
me abrazan. . .
¡Me queman!
se adhieren a mi piel,
para morir en la calurosa tempestad,
de unas manos agiles,
que danzan de aquí para allá sobre el teclado.
Las pulsaciones se hacen voraces,
ávidas de sacrificio,
reclaman actos de heroísmo y dramatismo,
para luego sacar a relucir las culpas.
¿Qué más da sentarse a parir versos?
Dejar que el alma escupa aquello que tanto la envenena y la consume.
Cuanto quisiera hacerlo,
abatirme como un cobarde
y decir. . .Ya me canse.
Pero reniego,
reniego como un infame
y me aferro a los recuerdos.
Beso la sed que consume al pecador,
alentando el sacrilegio próximo,
que cometa el alma de un adicto apostador.
El frio de la astucia se mece bajo mi cama,
congelando los huesos de la siguiente oración.
La inspiración recortada,
se estaciona frenética en mi almohada,
punzando ávida de sangre,
las ironías que encierran los minutos que no avanzan.
Humor hurgado y evocado,
preso libertino de un tiempo inagotable.
Suspirar. . .
respirar. . .
tal vez. . .
¿Sollozar?
¡No!
¿Eso para qué?
De que vale remilgarse en los dolores
y retorcerse en sus humedades.
Si al final como cada noche. . .
Ni el sueño viene. . .
Ni hay solución. . .
¡Solo derroche!
Un desperdicio vital.
Una manufactura existencial sin postor.
Una equivocada creación de la insistencia fundamental,
de un apaciguado pero retorcido sarcasmo.
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