Marisa
Poeta adicto al portal
Porque soy tu compañera.
Me despeñé por los cerros
que expandían tu penumbra,
mientras arropaba tu angustia
con una manta muy recia.
Escupí a los ineptos
que arreciaron tu delirio,
despojé de toda duda
tu enorme y digna figura.
Limpié tu nombre maltrecho
y al sentirte dolorido,
te apreté contra mi pecho
queriendo morir contigo.
No vi dolor parecido,
nunca lo había conocido,
sentí que se derretían
hasta mis cinco sentidos.
Nos robaron la cordura
aquella mañana tan fresca,
tu corazón desbocado
era; la más débil presa,
las lagrimas no brotaban
por tu firme entereza.
Pero al fin estalló, estalló
tu alma rota, rota y desecha,
y lloraste, lloraste por el dolor,
que te carcomía por dentro.
Nos marchamos desvalidos,
afligidos y atormentados,
pero en nuestro fuero interno,
algo nos dijo, que habíamos ganado.
Yo seguiré a tu lado,
porque soy tu compañera,
y nada, por grave que sea,
me privará de seguir siempre
a tu dulce y cálida vera.
Me despeñé por los cerros
que expandían tu penumbra,
mientras arropaba tu angustia
con una manta muy recia.
Escupí a los ineptos
que arreciaron tu delirio,
despojé de toda duda
tu enorme y digna figura.
Limpié tu nombre maltrecho
y al sentirte dolorido,
te apreté contra mi pecho
queriendo morir contigo.
No vi dolor parecido,
nunca lo había conocido,
sentí que se derretían
hasta mis cinco sentidos.
Nos robaron la cordura
aquella mañana tan fresca,
tu corazón desbocado
era; la más débil presa,
las lagrimas no brotaban
por tu firme entereza.
Pero al fin estalló, estalló
tu alma rota, rota y desecha,
y lloraste, lloraste por el dolor,
que te carcomía por dentro.
Nos marchamos desvalidos,
afligidos y atormentados,
pero en nuestro fuero interno,
algo nos dijo, que habíamos ganado.
Yo seguiré a tu lado,
porque soy tu compañera,
y nada, por grave que sea,
me privará de seguir siempre
a tu dulce y cálida vera.
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