viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Tus labios me tiñen de alegría
en una playa de tiempo rubio.
Y tus manos se hacen alas de pétalo
latiendo sobre mi espalda.
Consumada prestidigitadora
que haces desaparecer la crema solar,
de la luz a la penumbra,
de las tinieblas a la nada.
Y ya es mía,
ya está dentro,
por la misma puerta
que entraste tú,
a través de los poros
de mi piel voraz.
Se cae agraz el sol
sobre mi mente vieja,
y mi cuerpo se deshilacha
en puré de madera,
en cieno caliente,
servil al ocio.
Me mudaría en canción,
pero el fuego fiero
desgarra a dentelladas
este vulnerable corazón.
Y sólo puedo no ser,
dejarme aplastar sin resistencia.
Yaces en la inmediatez
que anuncia la víspera desmemoriada,
tú, ángel conyugal obstinado,
segando de un sorbo a destiempo
la insensatez de un alma austera.
Entonces, como síntoma concluyente,
me resbala por la mano
el sudor azul de mis dedos,
estos versos que mueren enredados
en el papel indescifrable.
Grabados en un entorno ajeno
delator de sus embustes.
No cabían dentro de mi piel
y supuraron de mis venas
para suicidarse eternamente.
Vaciándome, escurriéndome
hasta la sequedad absoluta.
Dejándome menos que humo
en esta hoguera
de sentimientos impuros.
Ahora que lo descubres,
devuélveme las palabras,
que agonizan en tu cárcel de signos.
Libéralas con un suspiro apremiante,
que yo las libaré
en sublime ritual.
Como sacrificio al intemporal culto
de apreciarse uno mismo.
Y vayámonos de la playa,
que comienza a emborronarse
mi conciencia de lo tangible.
No vaya a ser que piense permitidos
los pechos que no me atañen.
en una playa de tiempo rubio.
Y tus manos se hacen alas de pétalo
latiendo sobre mi espalda.
Consumada prestidigitadora
que haces desaparecer la crema solar,
de la luz a la penumbra,
de las tinieblas a la nada.
Y ya es mía,
ya está dentro,
por la misma puerta
que entraste tú,
a través de los poros
de mi piel voraz.
Se cae agraz el sol
sobre mi mente vieja,
y mi cuerpo se deshilacha
en puré de madera,
en cieno caliente,
servil al ocio.
Me mudaría en canción,
pero el fuego fiero
desgarra a dentelladas
este vulnerable corazón.
Y sólo puedo no ser,
dejarme aplastar sin resistencia.
Yaces en la inmediatez
que anuncia la víspera desmemoriada,
tú, ángel conyugal obstinado,
segando de un sorbo a destiempo
la insensatez de un alma austera.
Entonces, como síntoma concluyente,
me resbala por la mano
el sudor azul de mis dedos,
estos versos que mueren enredados
en el papel indescifrable.
Grabados en un entorno ajeno
delator de sus embustes.
No cabían dentro de mi piel
y supuraron de mis venas
para suicidarse eternamente.
Vaciándome, escurriéndome
hasta la sequedad absoluta.
Dejándome menos que humo
en esta hoguera
de sentimientos impuros.
Ahora que lo descubres,
devuélveme las palabras,
que agonizan en tu cárcel de signos.
Libéralas con un suspiro apremiante,
que yo las libaré
en sublime ritual.
Como sacrificio al intemporal culto
de apreciarse uno mismo.
Y vayámonos de la playa,
que comienza a emborronarse
mi conciencia de lo tangible.
No vaya a ser que piense permitidos
los pechos que no me atañen.