huellas
Poeta adicto al portal
La vi alejarse por el otoñal camino, con paso lento y cansino, su cabello plateado brillaba con las primeras luces de la mañana, vestía también de gris, se había acostumbrado a una vida cómoda, con los años, se dejaba hacer.
Su séquito la seguía y custodiaba. Lunita, marcaba el paso por veterana, sus largos mechones distraídos, habían perdido el azabache que la caracterizaba, siempre le colgaba alguna zarza estratégicamente colocada que le complicaba el movimiento, sus pequeños y ávidos ojuelos veían más allá de los sonidos. Con paso inquieto ponía el punto de contraste Bilbo, gran mastín dicen que es su raza, de neuronas activas y músculos acelerados, inquieto hasta la saciedad, en busca de cualquier objeto animado que pudiera recompensar sus expectativas. Dicen que se cansará con el tiempo, pensó Ella, no se si tendré la suerte de verlo
Nunca recibieron otro nombre que el de su color, entre los tres, contenían el pequeño arco iris de los paisajes en los que vivían. Colorines la seguía de cerca, la observaba como se observa a un cachorro por el que debes velar, acostumbrada como estaba a criar las almas que le eran arrebatadas a los pocos días del alumbramiento, con suerte, Ella conseguía que alguna nueva criatura felina se uniese al clan. Rúbi, el privilegiado, de porte señorial, conquistador y gracioso, acostumbrado a las caricias y cuidados, acudía cada día a la llamada de su estómago y recibía una atención especial; quien sabe por qué, quizás por su género, Ella era el resultado de la postguerra. Aprendió desde su niñez que lo masculino era portador de los medios para la obtención del alimento, lo femenino por tanto permanecería a la espera o en el mejor de los casos compartiría siempre que la abundancia lo permitiera.
Para completar el séquito, con dificultad para caminar, debido a un exceso de protección maternal, estaba Grisi miedosa, nerviosa, inquieta. En uno de tantos intentos porque la camada no desapareciera, fue trasladada por su madre a un lugar de difícil acceso, la ansiedad por ocultarla con su propio cuerpo y no levantar sospechas sobre su existencia, hizo que su patita trasera derecha quedara marcada para siempre a modo de antena. A pesar de las dificultades, no había motivo para no participar en los paseos.
El viento sur había hecho su presencia, aunque la fresca humedad del río se hacía notar.
Toda la variedad de rojos y marrones penetraban con intensidad en las pupilas otorgando paz a la mañana. Algunas aves acaparaban la atención de los paseantes, podían escucharse pequeños gritos y llamadas, incluso el viento animaba a los árboles a comunicarse. La simbiosis era total.
Era consciente de que a veces su mente le jugaba malas pasadas, en cambio los recuerdos de juventud aparecían humeantes, como recién sacados del horno, los momentos felices se agolpaban, se recordaba necesaria, podría decirse que incluso imprescindible. Había sido una luchadora impertérrita. Había sido una joven vital, deseada y deseosa de engullir un mundo de contrastes. Lamentablemente, algunos recuerdos interfirieron para declinar la mueca de sus labios, ya se sabe que las tristezas tienen un poder invasor en nuestra mente.
Ahora tenía que llegar hasta el bosque de las secuoyas, sabía que iba a costarle porque sus pasos eran ya dolorosos, pero tenía que conseguirlo.
El viento se intensificó y por un momento sintió escalofríos, quizás debía dejarlo para otro día , pero recordó que últimamente posponía demasiadas cosas importantes. Prosiguió con el único objetivo de alcanzar su querido bosque. A medida que avanzaba, sus pensamientos volvían a trasladarla en el tiempo, recordó aquel amor imposible con olor a café, aquellos paseos a caballo rodeada de monteros del rey, que se agolpaban para captar su atención. Es cierto que apenas había diez muchachas ese año en el pueblo, y los jinetes superaban el centenar, pero si duda su belleza no dejaba indiferente a nadie.
Sumida como estaba en sus recuerdos, no había reparado en el trayecto recorrido, levantó los ojos y su mirada se fundió con la hojarasca, sintió el rumor del riachuelo, a él llegaba la luz filtrada entre las copas de los inmensos árboles. Sus compañeros la observaban mientras ella se adentraba en el bosque. Milenario, sombrío, silencioso , una intensa quietud se apoderó de ella, se fundió con la materia, quiso volver pero se sentía en paz, sus pies se extendían por la tierra, su cuerpo se hermanaba con el tronco poderoso, sus brazos buscaban la luz licuándose por las ramas. Sintió la energía del árbol, sintió su permanencia milenaria, su arraigo vigoroso, sintió que se llenaba de vida.
Nunca más volví a verla alejarse por el sendero, pero creo que cuando me adentro en el bosque noto su presencia, creo que no es el viento el que abraza, ni el sol el que acaricia mi rostro, creo que es mi madre que me sonríe. ::
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Su séquito la seguía y custodiaba. Lunita, marcaba el paso por veterana, sus largos mechones distraídos, habían perdido el azabache que la caracterizaba, siempre le colgaba alguna zarza estratégicamente colocada que le complicaba el movimiento, sus pequeños y ávidos ojuelos veían más allá de los sonidos. Con paso inquieto ponía el punto de contraste Bilbo, gran mastín dicen que es su raza, de neuronas activas y músculos acelerados, inquieto hasta la saciedad, en busca de cualquier objeto animado que pudiera recompensar sus expectativas. Dicen que se cansará con el tiempo, pensó Ella, no se si tendré la suerte de verlo
Nunca recibieron otro nombre que el de su color, entre los tres, contenían el pequeño arco iris de los paisajes en los que vivían. Colorines la seguía de cerca, la observaba como se observa a un cachorro por el que debes velar, acostumbrada como estaba a criar las almas que le eran arrebatadas a los pocos días del alumbramiento, con suerte, Ella conseguía que alguna nueva criatura felina se uniese al clan. Rúbi, el privilegiado, de porte señorial, conquistador y gracioso, acostumbrado a las caricias y cuidados, acudía cada día a la llamada de su estómago y recibía una atención especial; quien sabe por qué, quizás por su género, Ella era el resultado de la postguerra. Aprendió desde su niñez que lo masculino era portador de los medios para la obtención del alimento, lo femenino por tanto permanecería a la espera o en el mejor de los casos compartiría siempre que la abundancia lo permitiera.
Para completar el séquito, con dificultad para caminar, debido a un exceso de protección maternal, estaba Grisi miedosa, nerviosa, inquieta. En uno de tantos intentos porque la camada no desapareciera, fue trasladada por su madre a un lugar de difícil acceso, la ansiedad por ocultarla con su propio cuerpo y no levantar sospechas sobre su existencia, hizo que su patita trasera derecha quedara marcada para siempre a modo de antena. A pesar de las dificultades, no había motivo para no participar en los paseos.
El viento sur había hecho su presencia, aunque la fresca humedad del río se hacía notar.
Toda la variedad de rojos y marrones penetraban con intensidad en las pupilas otorgando paz a la mañana. Algunas aves acaparaban la atención de los paseantes, podían escucharse pequeños gritos y llamadas, incluso el viento animaba a los árboles a comunicarse. La simbiosis era total.
Era consciente de que a veces su mente le jugaba malas pasadas, en cambio los recuerdos de juventud aparecían humeantes, como recién sacados del horno, los momentos felices se agolpaban, se recordaba necesaria, podría decirse que incluso imprescindible. Había sido una luchadora impertérrita. Había sido una joven vital, deseada y deseosa de engullir un mundo de contrastes. Lamentablemente, algunos recuerdos interfirieron para declinar la mueca de sus labios, ya se sabe que las tristezas tienen un poder invasor en nuestra mente.
Ahora tenía que llegar hasta el bosque de las secuoyas, sabía que iba a costarle porque sus pasos eran ya dolorosos, pero tenía que conseguirlo.
El viento se intensificó y por un momento sintió escalofríos, quizás debía dejarlo para otro día , pero recordó que últimamente posponía demasiadas cosas importantes. Prosiguió con el único objetivo de alcanzar su querido bosque. A medida que avanzaba, sus pensamientos volvían a trasladarla en el tiempo, recordó aquel amor imposible con olor a café, aquellos paseos a caballo rodeada de monteros del rey, que se agolpaban para captar su atención. Es cierto que apenas había diez muchachas ese año en el pueblo, y los jinetes superaban el centenar, pero si duda su belleza no dejaba indiferente a nadie.
Sumida como estaba en sus recuerdos, no había reparado en el trayecto recorrido, levantó los ojos y su mirada se fundió con la hojarasca, sintió el rumor del riachuelo, a él llegaba la luz filtrada entre las copas de los inmensos árboles. Sus compañeros la observaban mientras ella se adentraba en el bosque. Milenario, sombrío, silencioso , una intensa quietud se apoderó de ella, se fundió con la materia, quiso volver pero se sentía en paz, sus pies se extendían por la tierra, su cuerpo se hermanaba con el tronco poderoso, sus brazos buscaban la luz licuándose por las ramas. Sintió la energía del árbol, sintió su permanencia milenaria, su arraigo vigoroso, sintió que se llenaba de vida.
Nunca más volví a verla alejarse por el sendero, pero creo que cuando me adentro en el bosque noto su presencia, creo que no es el viento el que abraza, ni el sol el que acaricia mi rostro, creo que es mi madre que me sonríe. ::
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