Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Los días de guardar mi piel debajo de la tuya
están muriendo de recuerdos
de todo y nada
de hipo y tos
de suspiros serenados bajo el cielo sin luceros
y mañanas de lunes con los codos sobre la ventana
las noches de enseñarle a la noche
a ser eterna entre los pliegues de cortinas
caries de persianas
mis brazos y tu abraso
se están pudriendo antes de los onomásticos
en medio del sopor de las palabras
entre cirios vigilantes que velan
todo verbo
todo verso
y los sí lo haremos que no se defendieron
que no tuvieron el valor
que no dijeron nada
los días hijos de semanas largas
y de años concebidos a destiempo
se están quedado atorados entre notas amarillas
colgadas de las hojas de los calendarios
ahorcados en las manecillas del reloj
que marca el anteayer con pausa y con desgano
los días de guardar mi piel adentro de la tuya
invocan con demencia a tus dioses un remedio
no les basta con sufrir amnesia
en defensa propia.
9.4.11 en una tarde con tantos grados de calor como grados tiene el ajenjo, tan caliente que las lágrimas se abrazan al sudor para olvidarse de la soledad, para evaporarse juntas.
están muriendo de recuerdos
de todo y nada
de hipo y tos
de suspiros serenados bajo el cielo sin luceros
y mañanas de lunes con los codos sobre la ventana
las noches de enseñarle a la noche
a ser eterna entre los pliegues de cortinas
caries de persianas
mis brazos y tu abraso
se están pudriendo antes de los onomásticos
en medio del sopor de las palabras
entre cirios vigilantes que velan
todo verbo
todo verso
y los sí lo haremos que no se defendieron
que no tuvieron el valor
que no dijeron nada
los días hijos de semanas largas
y de años concebidos a destiempo
se están quedado atorados entre notas amarillas
colgadas de las hojas de los calendarios
ahorcados en las manecillas del reloj
que marca el anteayer con pausa y con desgano
los días de guardar mi piel adentro de la tuya
invocan con demencia a tus dioses un remedio
no les basta con sufrir amnesia
en defensa propia.
9.4.11 en una tarde con tantos grados de calor como grados tiene el ajenjo, tan caliente que las lágrimas se abrazan al sudor para olvidarse de la soledad, para evaporarse juntas.
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