Leona sumisa
Poeta recién llegado
Llama al doctor Cariño. Comencé a quererte después de ver la sangre en mi mano de tu boca, al darte la última bofetada. Me hablaste fuerte, ebrio y agresivo. Me acorralé débil, te sentí un cínico. Estoy maniática. Un puñetazo de odio en tu mejilla izquierda, otro para mí en la derecha.
Para los hombres no hay maquillaje.
Somos malabares, rasguños en la muñeca, suicidios en espiral como los que dibujaba en lapicero rosa y escarchado en mi cuaderno punketo de 9no Grado.
Y seguimos, estamos locos. Todo es perjudicialmente hermoso.
Bailamos. Dioses sobre las luces, contentos y alcoholizados; simpáticos. Complementándonos perfectamente. Danzando sobre la rabia, el placer y las pastillas de mi abuela como caramelo. Tú dándome duro arrodillado en el piso, como siempre quise que me follaras. Para sentirlo más duro que ellas, para que se te quebrara todo, lo que tenías por dentro. –Si te queda algo-
No eres un monstruo, eres un ser humano - Y eso es lo mismo - Nos matamos, con balines de verdad, nos mordemos bocas y tobillos del mismo modo, nos anclamos y martillamos pies al suelo todas las semanas. ¿Nos amamos? ¿Nos matamos?
Nos vimos. Recogiendo recuerdos bonitos. Rotos, reflejándose en la luna artificial, que nos alumbró cuando dormimos en la acera, en una esquina de la avenida principal. Ebrios de Vodka de fresa, ebrios de tanto coñazo, ebrios porque el amor destruye.
¿Si no permiten las drogas, porqué permiten el amor?
Contésteme desgraciado. Contésteme. Estaba peleando conmigo misma estando demasiado borracha.
Se que no debí golpearte en la cara llorando, gritando roja, como la sangre de mi regla. Mis inseguridades necias y psicóticos delirios. No debí patearte el pecho frenéticamente por creer que me desequilibras. No debí ocasionarte un esguince en el dedo. Porque llegaste ebrio, empapado y violento, por correr lloviendo desde el centro hasta mi casa.
Porque
te atracaron y no tenías llaves, ni una puerta que tocar.
Te sentías un perdedor, un hijo de puta que nunca hizo nada, más que:
Crear una felicidad ficticia a todas las mujeres que amaste y te destruyeron. Felicidades, llenas de teclas fluorescentes y frases para ninguna.
Caramelo ácido, droga como tus labios.
Yo si abrí la puerta, (¿Esperaste un abrazo?) y grité arrecha que a veces te odiaba.
Nadie va a contestar.
Si yo soy el Monstruo, llama al Doctor Cariño.
(Y hoy, después de algunos años, escribo -Monster- en Leona Sumisa regresando a Mundopoesía. Sigo en la pesadilla, y se las contaré. Perdónenme, sé que soy ingrata. Pero mejor tarde que nunca 2011.)
Sigo aquí. Para arrancar pedazos en Silencio.
Para los hombres no hay maquillaje.
Somos malabares, rasguños en la muñeca, suicidios en espiral como los que dibujaba en lapicero rosa y escarchado en mi cuaderno punketo de 9no Grado.
Y seguimos, estamos locos. Todo es perjudicialmente hermoso.
Bailamos. Dioses sobre las luces, contentos y alcoholizados; simpáticos. Complementándonos perfectamente. Danzando sobre la rabia, el placer y las pastillas de mi abuela como caramelo. Tú dándome duro arrodillado en el piso, como siempre quise que me follaras. Para sentirlo más duro que ellas, para que se te quebrara todo, lo que tenías por dentro. –Si te queda algo-
No eres un monstruo, eres un ser humano - Y eso es lo mismo - Nos matamos, con balines de verdad, nos mordemos bocas y tobillos del mismo modo, nos anclamos y martillamos pies al suelo todas las semanas. ¿Nos amamos? ¿Nos matamos?
Nos vimos. Recogiendo recuerdos bonitos. Rotos, reflejándose en la luna artificial, que nos alumbró cuando dormimos en la acera, en una esquina de la avenida principal. Ebrios de Vodka de fresa, ebrios de tanto coñazo, ebrios porque el amor destruye.
¿Si no permiten las drogas, porqué permiten el amor?
Contésteme desgraciado. Contésteme. Estaba peleando conmigo misma estando demasiado borracha.
Se que no debí golpearte en la cara llorando, gritando roja, como la sangre de mi regla. Mis inseguridades necias y psicóticos delirios. No debí patearte el pecho frenéticamente por creer que me desequilibras. No debí ocasionarte un esguince en el dedo. Porque llegaste ebrio, empapado y violento, por correr lloviendo desde el centro hasta mi casa.
Porque
te atracaron y no tenías llaves, ni una puerta que tocar.
Te sentías un perdedor, un hijo de puta que nunca hizo nada, más que:
Crear una felicidad ficticia a todas las mujeres que amaste y te destruyeron. Felicidades, llenas de teclas fluorescentes y frases para ninguna.
Caramelo ácido, droga como tus labios.
Yo si abrí la puerta, (¿Esperaste un abrazo?) y grité arrecha que a veces te odiaba.
Nadie va a contestar.
Si yo soy el Monstruo, llama al Doctor Cariño.
(Y hoy, después de algunos años, escribo -Monster- en Leona Sumisa regresando a Mundopoesía. Sigo en la pesadilla, y se las contaré. Perdónenme, sé que soy ingrata. Pero mejor tarde que nunca 2011.)
Sigo aquí. Para arrancar pedazos en Silencio.
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