Vital
Poeta veterano en el portal
Amor de naturaleza madre
Cuando aún era niño, siempre que salía al campo de excursión sentía algo extraordinario.
Mientras los demás niños tan solo miraban al balón y se pasaban toda la mañana como hipnotizados detrás de él. ¡Yo contemplaba la llamada! Sí en mi interior sentía una conocida voz. Y en mis fronteras de piel las caricias del viento y el arrullo al tocar el piano de las hojas hacían bailar mis sentidos al más allá. Poco a poco entraba como en trance. Dejándome elevar en el hermoso canto de los pajarillos que coronaban el cielo de mí mirada.
Las montañas me tendían sus manos donde me gustaba reposar los sueños boca arriba, balanceándome en su falda de verde esperanza, para contemplar el paso de las nubes que caprichosamente cambiaban de forma.
Mientras el murmullo del agua creaba tirabuzones de oro y plata en mis ojos que entusiasmados contemplaban su canción de vida.
Me sentía grande, muy grande, pues volaba con el milano en las alturas y bajaba en picado con el halcón peregrino ¡Que guay! Sentía el vértigo en el mismísimo ombligo de mi vida.
Allí aprendí a volar con los sueños, porque, ¿Qué son las mariposas? Si no, que gusanos soñadores, que se encierran en sí mismos para crear hermosas alas de fantasía
De esa manera dejaba de ser yo, para ser naturaleza misma, pues si pasaba a mi lado una rana saltando, ya éramos dos ranas, o una veloz libélula, o la pequeña luciérnaga que me permitía sentir la magia al tocar su hermosa luz de estrella en la Tierra, iluminando así la ingenua oscuridad de mi infante noche.
Siempre vi en la naturaleza mi casa. Allí me sentía libre. Me sentía conocido, aceptado, amado, es así que conocí la felicidad del sentir el momento presente como el más bello tesoro.
Cuando suspendido en el orden me despertaban unos estrepitosos gritos, eran los niños que estaban otra vez peleando, siempre había disculpas nuevas para hacerlo, y como siempre perdía el más débil, no el que le faltaba razón. Sentía la injusticia humana ya en la niñez, y siempre me hacia amigo de los marginados en las orillas de las grandes corrientes humanas
Aún hoy me siento en casa en medio de la naturaleza, pero es muy distinto, ahora sé que la naturaleza a mí siempre me ha reconocido y respetado, amándome con altruista entrega y bondadosa mirada. Ahora entiendo que esas vibraciones de amor que siempre notaba es la forma de hablarle a sus hijos de tierra, a sus hijos de agua, a sus hijos de luz.
En cada trino, cada molécula que sacia nuestra sed, cada alimento multicolor que sacia nuestra hambre, hay alimento de amor. En su bondad infinita nos ama en el mismo aire que nos hilvana con cada respiración a la vida
Sí somos materia inseparable suya y pequeños soles que alineados en el amor tenemos su mismo mensaje de vida impreso en cada átomo, en cada molécula que en el universo se expande con un único mensaje:
¡AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO!
¡DIOS MISMO EN MI OS AMA CON EL AMOR COMO LUZ Y GUÍA!
Cuando aún era niño, siempre que salía al campo de excursión sentía algo extraordinario.
Mientras los demás niños tan solo miraban al balón y se pasaban toda la mañana como hipnotizados detrás de él. ¡Yo contemplaba la llamada! Sí en mi interior sentía una conocida voz. Y en mis fronteras de piel las caricias del viento y el arrullo al tocar el piano de las hojas hacían bailar mis sentidos al más allá. Poco a poco entraba como en trance. Dejándome elevar en el hermoso canto de los pajarillos que coronaban el cielo de mí mirada.
Las montañas me tendían sus manos donde me gustaba reposar los sueños boca arriba, balanceándome en su falda de verde esperanza, para contemplar el paso de las nubes que caprichosamente cambiaban de forma.
Mientras el murmullo del agua creaba tirabuzones de oro y plata en mis ojos que entusiasmados contemplaban su canción de vida.
Me sentía grande, muy grande, pues volaba con el milano en las alturas y bajaba en picado con el halcón peregrino ¡Que guay! Sentía el vértigo en el mismísimo ombligo de mi vida.
Allí aprendí a volar con los sueños, porque, ¿Qué son las mariposas? Si no, que gusanos soñadores, que se encierran en sí mismos para crear hermosas alas de fantasía
De esa manera dejaba de ser yo, para ser naturaleza misma, pues si pasaba a mi lado una rana saltando, ya éramos dos ranas, o una veloz libélula, o la pequeña luciérnaga que me permitía sentir la magia al tocar su hermosa luz de estrella en la Tierra, iluminando así la ingenua oscuridad de mi infante noche.
Siempre vi en la naturaleza mi casa. Allí me sentía libre. Me sentía conocido, aceptado, amado, es así que conocí la felicidad del sentir el momento presente como el más bello tesoro.
Cuando suspendido en el orden me despertaban unos estrepitosos gritos, eran los niños que estaban otra vez peleando, siempre había disculpas nuevas para hacerlo, y como siempre perdía el más débil, no el que le faltaba razón. Sentía la injusticia humana ya en la niñez, y siempre me hacia amigo de los marginados en las orillas de las grandes corrientes humanas
Aún hoy me siento en casa en medio de la naturaleza, pero es muy distinto, ahora sé que la naturaleza a mí siempre me ha reconocido y respetado, amándome con altruista entrega y bondadosa mirada. Ahora entiendo que esas vibraciones de amor que siempre notaba es la forma de hablarle a sus hijos de tierra, a sus hijos de agua, a sus hijos de luz.
En cada trino, cada molécula que sacia nuestra sed, cada alimento multicolor que sacia nuestra hambre, hay alimento de amor. En su bondad infinita nos ama en el mismo aire que nos hilvana con cada respiración a la vida
Sí somos materia inseparable suya y pequeños soles que alineados en el amor tenemos su mismo mensaje de vida impreso en cada átomo, en cada molécula que en el universo se expande con un único mensaje:
¡AMAOS LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO!
¡DIOS MISMO EN MI OS AMA CON EL AMOR COMO LUZ Y GUÍA!
