Adrian Correa
Poeta que considera el portal su segunda casa
Todo sucedió en un calido día de octubre.
Me encontraba dando mi habitual paseo en horas del mediodía, disfrutando del aire y del paisaje.
Cuando de repente sucedió lo inesperado, ese profundo dolor en el pecho que me sorprendió.
Me detuve, sentándome en una piedra que estaba a la orilla del camino, y sentía como el dolor se agudizaba.
Yo presionaba mi pecho con las manos y ya tenia la certeza de que se trataba de algo realmente grave.
Mi pulso se aceleraba y comencé a sentir un sudor frío por todo el cuerpo que me doblegaba y puse la cabeza contra mis rodillas. Me invadió esa terrible angustia de presentir un trágico final.
Después de unos segundos me pareció sentir un pequeño alivio y trate de incorporarme, en ese momento y para mi asombro, sentí que alguien estaba sentado a mi lado. Al mirarlo, vi que era un hombre muy bien vestido que me miraba atento, con un gesto amable en su rostro.
Enseguida comencé a pedirle ayuda en forma desesperante. Pero para mi asombro, ese hombre ni se inmutaba, solamente me miraba.
Hasta que en un momento me dijo. Yo soy al que llaman la muerte, y vengo a llevarte conmigo.
En ese instante mi sangre se congelo y vi pasar toda mi vida en un segundo, como si fuera una película frente a mis ojos.
Confirme lo que me estaba sucediendo y sin dudarlo le pregunte. Voy a morir en este instante o me quedan todavía unos minutos?
Lo mire fijo a los ojos y note una pizca de piedad en su mirada. En ese momento giro su sin contestar.
Entonces comprendí que sin palabras, me estaba regalando unos minutos mas de vida.
Inmediatamente y a pesar del dolor, emprendí el camino de regreso a casa. Rezando por que el tiempo me alcanzara para ver a mi familia y estar mis últimos minutos cerca de mis seres queridos.
En el camino me encontré con muchas personas, conocidos, amigos y hasta algún enemigo. Y de todos ellos me despedí con un saludo que seguro no entendieron en ese momento.
Al llegar a pocos metros de mi casa el dolor era prácticamente insoportable y ya me costaba respirar.
Pero sacando mis ultimas fuerzas, disimule mi dolor y entre en mi casa como todos los días.
La primera en recibirme fue mi mujer, que a pesar de mi esfuerzo, enseguida noto que algo me sucedía.
Pude convencerla de que solo se trataba de un fuerte malestar estomacal, que no se preocupara.
Pero yo sabia que mi cuadro estaba empeorando y que la cuenta regresiva era implacable, si acaso me quedaban unos pocos minutos.
Estaba totalmente cubierto de sudor y sentí que en cualquier momento el cuerpo ya no me respondería y seguramente no podría mantenerme en pie. Entonces entre en el baño, refresque mi cara con agua bien fría, me mire al espejo y me peine para estar presentable frente a mi familia, sabiendo que ese seria el ultimo momento juntos.
Salí del baño con mi mejor sonrisa, mire a cada uno de mis hijos y a mi mujer, sin poder evitar que se me llenaran lo ojos de lagrimas. Seguramente por la impotencia de no poder decirles en tan poco tiempo todo lo que los amaba y lo importante que fue cada uno de ellos en mi vida.
En ese momento el dolor de mi pecho se hizo mucho mas fuerte y decidí recostarme sobre mi cama.
Estaba conciente de que este momento seria muy triste y doloroso para todos, pero me alentaba el haber podido llegar a casa y estar todos juntos por ultima vez.
Apoye la cabeza sobre mi almohada preferida, le pedí a mis hijos que fueran a jugar afuera y a mi mujer una taza de te. Asegurándome de quedar solo.
Cerré los ojos e inmediatamente sentí la voz de ese hombre que me decía, Ahora si, ya es hora de partir.
Nunca se lo pude decir, pero el sabe que le debo un gran favor, por haberme regalado esos invalorables últimos minutos de vida, que hicieron que me fuera con una sonrisa en mis labios.
Y me siento realmente afortunado, porque en la vida muchos pueden elegir como vivirla. Pero muy pocos pueden elegir donde y como morir.
Me encontraba dando mi habitual paseo en horas del mediodía, disfrutando del aire y del paisaje.
Cuando de repente sucedió lo inesperado, ese profundo dolor en el pecho que me sorprendió.
Me detuve, sentándome en una piedra que estaba a la orilla del camino, y sentía como el dolor se agudizaba.
Yo presionaba mi pecho con las manos y ya tenia la certeza de que se trataba de algo realmente grave.
Mi pulso se aceleraba y comencé a sentir un sudor frío por todo el cuerpo que me doblegaba y puse la cabeza contra mis rodillas. Me invadió esa terrible angustia de presentir un trágico final.
Después de unos segundos me pareció sentir un pequeño alivio y trate de incorporarme, en ese momento y para mi asombro, sentí que alguien estaba sentado a mi lado. Al mirarlo, vi que era un hombre muy bien vestido que me miraba atento, con un gesto amable en su rostro.
Enseguida comencé a pedirle ayuda en forma desesperante. Pero para mi asombro, ese hombre ni se inmutaba, solamente me miraba.
Hasta que en un momento me dijo. Yo soy al que llaman la muerte, y vengo a llevarte conmigo.
En ese instante mi sangre se congelo y vi pasar toda mi vida en un segundo, como si fuera una película frente a mis ojos.
Confirme lo que me estaba sucediendo y sin dudarlo le pregunte. Voy a morir en este instante o me quedan todavía unos minutos?
Lo mire fijo a los ojos y note una pizca de piedad en su mirada. En ese momento giro su sin contestar.
Entonces comprendí que sin palabras, me estaba regalando unos minutos mas de vida.
Inmediatamente y a pesar del dolor, emprendí el camino de regreso a casa. Rezando por que el tiempo me alcanzara para ver a mi familia y estar mis últimos minutos cerca de mis seres queridos.
En el camino me encontré con muchas personas, conocidos, amigos y hasta algún enemigo. Y de todos ellos me despedí con un saludo que seguro no entendieron en ese momento.
Al llegar a pocos metros de mi casa el dolor era prácticamente insoportable y ya me costaba respirar.
Pero sacando mis ultimas fuerzas, disimule mi dolor y entre en mi casa como todos los días.
La primera en recibirme fue mi mujer, que a pesar de mi esfuerzo, enseguida noto que algo me sucedía.
Pude convencerla de que solo se trataba de un fuerte malestar estomacal, que no se preocupara.
Pero yo sabia que mi cuadro estaba empeorando y que la cuenta regresiva era implacable, si acaso me quedaban unos pocos minutos.
Estaba totalmente cubierto de sudor y sentí que en cualquier momento el cuerpo ya no me respondería y seguramente no podría mantenerme en pie. Entonces entre en el baño, refresque mi cara con agua bien fría, me mire al espejo y me peine para estar presentable frente a mi familia, sabiendo que ese seria el ultimo momento juntos.
Salí del baño con mi mejor sonrisa, mire a cada uno de mis hijos y a mi mujer, sin poder evitar que se me llenaran lo ojos de lagrimas. Seguramente por la impotencia de no poder decirles en tan poco tiempo todo lo que los amaba y lo importante que fue cada uno de ellos en mi vida.
En ese momento el dolor de mi pecho se hizo mucho mas fuerte y decidí recostarme sobre mi cama.
Estaba conciente de que este momento seria muy triste y doloroso para todos, pero me alentaba el haber podido llegar a casa y estar todos juntos por ultima vez.
Apoye la cabeza sobre mi almohada preferida, le pedí a mis hijos que fueran a jugar afuera y a mi mujer una taza de te. Asegurándome de quedar solo.
Cerré los ojos e inmediatamente sentí la voz de ese hombre que me decía, Ahora si, ya es hora de partir.
Nunca se lo pude decir, pero el sabe que le debo un gran favor, por haberme regalado esos invalorables últimos minutos de vida, que hicieron que me fuera con una sonrisa en mis labios.
Y me siento realmente afortunado, porque en la vida muchos pueden elegir como vivirla. Pero muy pocos pueden elegir donde y como morir.