Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Se murió “El Sabalero”, José Carbajal,
trovador de infancias, lugares y amigos.
Cronista cantor de las cosas del pueblo.
Dicen que la muerte se tomó venganza
por haberla puteado y sacudido a versos;
pero mentira, cuando la muerte se enteró,
atónita, como todos, hasta se puso a llorar.
José Carbajal se le murió a la muerte,
a la sorpresa, a la próxima actuación.
A la expectativa poética, suya y nuestra.
Es que a fin de perpetuar su ingenio,
así suelen proceder los grandes mitos:
Aún sabiendo que dejan su auténtica gloria
y eternidad en la tierra, ¡arrancan y chau!
¿La fama? Si es que hay peñas arriba,
y bueno, ¡habrá que remarla de nuevo!
O por ahí: “a tres arroyos de distancia,
se vuelca pa la zurda y se la topa acostada”.
¡Es lo más seguro! Entonces sí, en canto
y alma, se queda con nosotros para siempre.
Cómo cambian los tiempos, y no cambian:
José Carbajal se murió creando. Se durmió
sobre una estrofa de vida, tal cual se dormía
allá, en Juan Lacaze, bajo su cobijita mora:
ojos tempranos, febriles, desvelados, meta
lápiz escribiendo versos, cazando metáforas
y quimeras nocturnas como bichitos de luz,
para luego cantarlas con voz de mangangá.
Es que así cantaba, proseaba más bien,
José Carbajal: a pura sangre y espíritu.
Ah, y un poquito, a veces más, de alcohol.
Mismo que le sedó las “te”, le extremó
la ternura, le ahondó la tristeza y el júbilo,
y le ayudó a jalar la ronquerita amable.
Su maestría de palabra y pausa, deleitaba
de veras: cada motivo de su anecdotario,
pocito a pocito nos iba llenando el alma
y nos largaba alegres, tristes, cavilosos
de su esencia nuestra, tarareando algo
corazón adentro. Y siempre, como niños,
siempre con más ganas de oírlo “narrar”.
Y ni que decir los que estábamos lejos:
“¡Viene El Sabalero, viene el Uruguay!”
Divago... y no hay caso, José, no hay caso.
Sos de esos valores duros de perder.
Mirá que escribirnos a los uruguayos:
buenazos, buenazos, pero, ¡tan porfiados!,
tan introvertidos, tan personalistas.
Tan duros de aplauso y de convencimiento.
Y reflotarnos la emoción adormilada
que, apocados, tantos ignorábamos tener.
¡Si habrá sido repecho! Andá a descansar.
Ha, dice la muerte "que es cierto, que es
puta, vieja y fría, pero que lo siente mucho".
©Juan Oriental
trovador de infancias, lugares y amigos.
Cronista cantor de las cosas del pueblo.
Dicen que la muerte se tomó venganza
por haberla puteado y sacudido a versos;
pero mentira, cuando la muerte se enteró,
atónita, como todos, hasta se puso a llorar.
José Carbajal se le murió a la muerte,
a la sorpresa, a la próxima actuación.
A la expectativa poética, suya y nuestra.
Es que a fin de perpetuar su ingenio,
así suelen proceder los grandes mitos:
Aún sabiendo que dejan su auténtica gloria
y eternidad en la tierra, ¡arrancan y chau!
¿La fama? Si es que hay peñas arriba,
y bueno, ¡habrá que remarla de nuevo!
O por ahí: “a tres arroyos de distancia,
se vuelca pa la zurda y se la topa acostada”.
¡Es lo más seguro! Entonces sí, en canto
y alma, se queda con nosotros para siempre.
Cómo cambian los tiempos, y no cambian:
José Carbajal se murió creando. Se durmió
sobre una estrofa de vida, tal cual se dormía
allá, en Juan Lacaze, bajo su cobijita mora:
ojos tempranos, febriles, desvelados, meta
lápiz escribiendo versos, cazando metáforas
y quimeras nocturnas como bichitos de luz,
para luego cantarlas con voz de mangangá.
Es que así cantaba, proseaba más bien,
José Carbajal: a pura sangre y espíritu.
Ah, y un poquito, a veces más, de alcohol.
Mismo que le sedó las “te”, le extremó
la ternura, le ahondó la tristeza y el júbilo,
y le ayudó a jalar la ronquerita amable.
Su maestría de palabra y pausa, deleitaba
de veras: cada motivo de su anecdotario,
pocito a pocito nos iba llenando el alma
y nos largaba alegres, tristes, cavilosos
de su esencia nuestra, tarareando algo
corazón adentro. Y siempre, como niños,
siempre con más ganas de oírlo “narrar”.
Y ni que decir los que estábamos lejos:
“¡Viene El Sabalero, viene el Uruguay!”
Divago... y no hay caso, José, no hay caso.
Sos de esos valores duros de perder.
Mirá que escribirnos a los uruguayos:
buenazos, buenazos, pero, ¡tan porfiados!,
tan introvertidos, tan personalistas.
Tan duros de aplauso y de convencimiento.
Y reflotarnos la emoción adormilada
que, apocados, tantos ignorábamos tener.
¡Si habrá sido repecho! Andá a descansar.
Ha, dice la muerte "que es cierto, que es
puta, vieja y fría, pero que lo siente mucho".
©Juan Oriental
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