Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
Anoche,
-a eso de la una y media de la mañana-
me tocaron timbre. Cuando pregunté quien era,
el visitante me respondió: ¡La policía! Atiné
a escabullir botella y copa por espirituosos avíos,
(es conveniente demostrar en estos casos,
acatamiento y gran respeto por la ley) y abrí.
No era la policía... era Lucifer ¡Bah!
El estúpido, de tanto en tanto me hace la misma
estúpida broma -de la cual, solamente él se ríe
diabólica y estúpidamente durante, por lo menos,
seis minutos seis segundos seis décimas.-
Dale, vestite... ¡Vamos, vamos! -me instó
entre risotadas, desencajado y enrojecido.-
¿Y con qué? -le dije yo- Si mi último traje,
ya es propiedad de las polillas
Entonces, por un par de pases demoníacos
que hizo, me vi puesto lo último de Armani,
y abrazados; nos fuimos de parranda; mientras
él, enfáticamente me afirmaba: Vos, sabés
muy bien que yo te aprecio, granuja...
Y no sé por qué, no me correspondés en afecto
y pleitesía... Bueno, ¡no importa! Vení
¡Vas a ver qué de hembras hay aquí! -auguró-
De momento, aparentemente desentendido
de mi alma -hasta mejor oportunidad, lo sé.-
Dale, mandémosle ficha que esto está que arde.
-afirmó- ya recalando en un sofisticado antro
de la calle: Vesubio 666.
...
-a eso de la una y media de la mañana-
me tocaron timbre. Cuando pregunté quien era,
el visitante me respondió: ¡La policía! Atiné
a escabullir botella y copa por espirituosos avíos,
(es conveniente demostrar en estos casos,
acatamiento y gran respeto por la ley) y abrí.
No era la policía... era Lucifer ¡Bah!
El estúpido, de tanto en tanto me hace la misma
estúpida broma -de la cual, solamente él se ríe
diabólica y estúpidamente durante, por lo menos,
seis minutos seis segundos seis décimas.-
Dale, vestite... ¡Vamos, vamos! -me instó
entre risotadas, desencajado y enrojecido.-
¿Y con qué? -le dije yo- Si mi último traje,
ya es propiedad de las polillas
Entonces, por un par de pases demoníacos
que hizo, me vi puesto lo último de Armani,
y abrazados; nos fuimos de parranda; mientras
él, enfáticamente me afirmaba: Vos, sabés
muy bien que yo te aprecio, granuja...
Y no sé por qué, no me correspondés en afecto
y pleitesía... Bueno, ¡no importa! Vení
¡Vas a ver qué de hembras hay aquí! -auguró-
De momento, aparentemente desentendido
de mi alma -hasta mejor oportunidad, lo sé.-
Dale, mandémosle ficha que esto está que arde.
-afirmó- ya recalando en un sofisticado antro
de la calle: Vesubio 666.
...
::
::