Alejandro Gado
Poeta recién llegado
Pájaros lloviendo, tal vez el horizonte no se ha dado cuenta,
quimera prometida por alguien,
llegará el estruendo reventando en un pedazo de pie o en una plaza pública, en los cines,
las escuelas, el campo, las personas que no salen en las fotografías
y en todo lugar que entre parásitos no puede cambiar,
venas de mi país que con balas descansan.
Cuantas jornadas inventadas.
Necesitamos hablar de lo que duele, la memoria del asno como siempre.
Hay injustos cirqueros que visten de bufón a nuestra historia
mientras se llenan de polvo la nariz
y sus damitas que solo piensan en modernizar sus santas cruces en Milán o New York. Sobran firmas y todos duermen.
El hambre en el ADN, hay que decirlo,
el engaño con que las corbatas ponen código de barras a las praderas.
No aceptes de automático los ladridos políticos,
estúpidos discursos que parpadean entre cuentas bancarias de propiedad privada. Rescatemos los puños aplastados por las televisiones.
La ceguera golpea con su cañón de distorsión genética
cuando los tigres se infectan de anestesia,
la furia resucita si otra vez el silencio solo se prostituye.
Necesitamos aullar bajo las piedras y encima de los laser,
agarrar las estatuas desde el cuello, rompernos, hematomas lloviendo en su trinchera.
quimera prometida por alguien,
llegará el estruendo reventando en un pedazo de pie o en una plaza pública, en los cines,
las escuelas, el campo, las personas que no salen en las fotografías
y en todo lugar que entre parásitos no puede cambiar,
venas de mi país que con balas descansan.
Cuantas jornadas inventadas.
Necesitamos hablar de lo que duele, la memoria del asno como siempre.
Hay injustos cirqueros que visten de bufón a nuestra historia
mientras se llenan de polvo la nariz
y sus damitas que solo piensan en modernizar sus santas cruces en Milán o New York. Sobran firmas y todos duermen.
El hambre en el ADN, hay que decirlo,
el engaño con que las corbatas ponen código de barras a las praderas.
No aceptes de automático los ladridos políticos,
estúpidos discursos que parpadean entre cuentas bancarias de propiedad privada. Rescatemos los puños aplastados por las televisiones.
La ceguera golpea con su cañón de distorsión genética
cuando los tigres se infectan de anestesia,
la furia resucita si otra vez el silencio solo se prostituye.
Necesitamos aullar bajo las piedras y encima de los laser,
agarrar las estatuas desde el cuello, rompernos, hematomas lloviendo en su trinchera.