Morgan H.Yabar
Poeta que considera el portal su segunda casa
El viejo se quedo admirando de vuelta los estragos del paisaje tan amado y siniestro.
Las hordas que jamás eran rotas sin traer a cambio una victoria.
Nada más insignificante que un hombre, practicando su sano juicio, tan gloriosamente circunstancial, que la demencia baila sobre el precipicio.
Iracundo, germinaba tan inocente, tan inocente como puede ser alguien que solo sueña, que desea.
El viejo ahora sonríe, pero es una mueca lo que se ve.
De rodillas, con adoración, besa las grietas de la roca, una musa de formas sinuosas.
Y su corazón tiembla porque las lágrimas puras y paganas recorren la desnudez del déspota y esclavo que ahora muere a sus pies.
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