Inventemos una palabra para ser utilizada
de igual forma por el amor
y por el desdén,
desde la luna cuarta y la cuerda quinta,
desde los ecos
de igual forma por el amor
y por el desdén,
desde la luna cuarta y la cuerda quinta,
desde los ecos
- perdóname este anhelo,
pequeña sacerdotisa, nunca sabré qué hacer contigo-
inventemos antiguos ecos, sesos
del rincón magistral de los viernes,
este viernes es el miedo,
vienés escalinata, subida mortuoria,
canción de cuna a la hora del sepelio
- sé que no has muerto,
pero cómo mueres en mi,
cómo matas sin estar consciente,
cómo cantas en notas subversivas,
las de jazz son otras menos tristes-
constantes nostalgias sin nombre,
cuéntame aquél desorden,
y no me dejes caer en él,
ni en preguntas detalles de nuestra vida,
¿Cómo es que la vaca no cacarea?
¿caer en tentación?
¿cuántos deseos caben en un dedo?
-tu frágil escritura, tu imán de recuerdos
y todo aquello que no somos,
jamás ser sido, perecer nombres y dados de oro,
perdóname por todo, sobre todo por la nada,
tan nuestra que lleva lunares y rictus breves-
Tales preguntas, tales de mil incestos,
cacofonía del fracaso y esta cruel decepción,
pues para Heráclito todos los pecados,
todos y cada uno, son originales,
incluso aquél que me obliga a escribir
-bien sabes por qué te escribo,
pequeña no huyas, no me dejes
con estas palabras ausentes y suicidas,
no me dejes-
obligación indecente del verbo previo,
abandono corrupto de la carne
y comezón del ya no nadie en medio miedo.
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