Huber Cuevas
Poeta recién llegado
I
Decantado borgoña rebalsaba la copa.
El ventus entrechocaba
las cortinas del mirador.
Tyrris de condenados espionajes,
vueltas de llaves
y glóbulos rojos contando 118 días
II
Los jardines.
Sentados
nosotros dos,
sin otro propósito,
tarea, obligación
o preocupación
a la que atender urgentemente.
III
Echo suplica volver
a las montañas,
[ni siquiera las hordas
del invierno hacen un alto
y la oyen
De gritos de ninfa
alucinantes, oraculares,
la realidad se rearma
y vuelve el minutero
a contar los pasos antes
de tu defunción.
Parece no importarnos.
Desde allí,
esas ilusiones en la vera
de la locura,
son menos aún que
el clamor de los astros,
ascendentes, orbitantes,
espectaculares.
IV
A veces los muros
sólo eran horizontes inescrutables,
o el pasto
un decir entre los gajos nubosos
y el haz terrestre.
Como stones
que obtienen proporcionalmente
cada día más moss,
sempiternos, atravesados
por el sosiego,
nosotros.
V
Centurias y decenios,
oculus dentro de oculus,
callados en la fronda
o debajo de los polvos geológicos.
VI
Revive el saludo primero,
pestañeamos.
¿Cuántas cosas han cambiado?
Ninguna.
Las mismas librerías,
el mismo estruendo masivo
de las voces
que son pertrechos incohesivos
al silencio subordinado
que elevamos en ruego
por añadas.
VII
Luego del despertar,
los soñados,
los que no participaron,
no conocen de la existencia
del somnus.
VIII
Desvanecida la morada real,
paraderos del cándido
y el muerto,
aún cautivados en mensa misma.
IX
Cupa de ventus
y rocío de ventura.
Algunos días vuelven,
otros, se encaminan
a su degradación.
Ansío verlos como diapositivas
o, en anabolismos de nuevos
pedazos de karma. Quebrantados.
X
El reflejo e hilos superfluos,
un cariño políticamente correcto
ensanchándose
en la caja toráxica.
Gravitaciones,
medicamentos.
Excusas para escaparle
a los ojos del que descansa
en los míos.
XI
Cupa de ventus,
mensa de sombra
rayada por el
cable del crepusculum.
XII
Dos monedas
juntas en la calle.
[pasos desinteresados
[invisibles.
Decantado borgoña rebalsaba la copa.
El ventus entrechocaba
las cortinas del mirador.
Tyrris de condenados espionajes,
vueltas de llaves
y glóbulos rojos contando 118 días
II
Los jardines.
Sentados
nosotros dos,
sin otro propósito,
tarea, obligación
o preocupación
a la que atender urgentemente.
III
Echo suplica volver
a las montañas,
[ni siquiera las hordas
del invierno hacen un alto
y la oyen
De gritos de ninfa
alucinantes, oraculares,
la realidad se rearma
y vuelve el minutero
a contar los pasos antes
de tu defunción.
Parece no importarnos.
Desde allí,
esas ilusiones en la vera
de la locura,
son menos aún que
el clamor de los astros,
ascendentes, orbitantes,
espectaculares.
IV
A veces los muros
sólo eran horizontes inescrutables,
o el pasto
un decir entre los gajos nubosos
y el haz terrestre.
Como stones
que obtienen proporcionalmente
cada día más moss,
sempiternos, atravesados
por el sosiego,
nosotros.
V
Centurias y decenios,
oculus dentro de oculus,
callados en la fronda
o debajo de los polvos geológicos.
VI
Revive el saludo primero,
pestañeamos.
¿Cuántas cosas han cambiado?
Ninguna.
Las mismas librerías,
el mismo estruendo masivo
de las voces
que son pertrechos incohesivos
al silencio subordinado
que elevamos en ruego
por añadas.
VII
Luego del despertar,
los soñados,
los que no participaron,
no conocen de la existencia
del somnus.
VIII
Desvanecida la morada real,
paraderos del cándido
y el muerto,
aún cautivados en mensa misma.
IX
Cupa de ventus
y rocío de ventura.
Algunos días vuelven,
otros, se encaminan
a su degradación.
Ansío verlos como diapositivas
o, en anabolismos de nuevos
pedazos de karma. Quebrantados.
X
El reflejo e hilos superfluos,
un cariño políticamente correcto
ensanchándose
en la caja toráxica.
Gravitaciones,
medicamentos.
Excusas para escaparle
a los ojos del que descansa
en los míos.
XI
Cupa de ventus,
mensa de sombra
rayada por el
cable del crepusculum.
XII
Dos monedas
juntas en la calle.
[pasos desinteresados
[invisibles.