sara0305
Poeta fiel al portal
Era una señora detestable
Ahorrando para el plazo de
Su entierro, quería vestirse
Con corona y al sonido de la
Armónica, sentarse
Junto al trono del Padre eterno.
Era tan detestable y santurrona
Que tapaba con cinta adhesiva
La boca de los novios, apremiados
Por lujuria censurada, en las
Aulas de los colegios.
Reviraba los hígados cuando hablaba
Fingiendo pletórica erudición,
A sus vocales siempre les añadía
El jadeo incesante de las víboras.
A sus hijos les escogió las esposas
A su hija la vistió de monja
A los niños dejaba en mazmorra
Y al cura abofeteaba por blasfemo,
Afilaba sus dientes en los festines
A pesar que nunca pagó cuota.
Se encandilaba y brillaba su dicha
Al escuchar de las desgracias ajenas
Fingía lamentos y se retorcía
Cuando las victorias ameritaban de cortesía.
A su esposo viejo y enfermo
Jadeando por el dolor de sus arterias
Reprochaba histérica e indolente
la suma inmensa que malgastaban
en las medicinas que al pobre diablo
Ahuyentaban un poco de esa suerte.
El día de su muerte tan anunciado
Y preparado con justa antelación,
El cielo inundó de terrible calor
Los cuervos cantaron,
Y hasta aseguraron ver salir
A los muertos,
Advirtiendo huelga de hambre;
Temerosos de que semejante
Desgracia vaya a caer en los infiernos,
Nadie dijo cielo.
Ahorrando para el plazo de
Su entierro, quería vestirse
Con corona y al sonido de la
Armónica, sentarse
Junto al trono del Padre eterno.
Era tan detestable y santurrona
Que tapaba con cinta adhesiva
La boca de los novios, apremiados
Por lujuria censurada, en las
Aulas de los colegios.
Reviraba los hígados cuando hablaba
Fingiendo pletórica erudición,
A sus vocales siempre les añadía
El jadeo incesante de las víboras.
A sus hijos les escogió las esposas
A su hija la vistió de monja
A los niños dejaba en mazmorra
Y al cura abofeteaba por blasfemo,
Afilaba sus dientes en los festines
A pesar que nunca pagó cuota.
Se encandilaba y brillaba su dicha
Al escuchar de las desgracias ajenas
Fingía lamentos y se retorcía
Cuando las victorias ameritaban de cortesía.
A su esposo viejo y enfermo
Jadeando por el dolor de sus arterias
Reprochaba histérica e indolente
la suma inmensa que malgastaban
en las medicinas que al pobre diablo
Ahuyentaban un poco de esa suerte.
El día de su muerte tan anunciado
Y preparado con justa antelación,
El cielo inundó de terrible calor
Los cuervos cantaron,
Y hasta aseguraron ver salir
A los muertos,
Advirtiendo huelga de hambre;
Temerosos de que semejante
Desgracia vaya a caer en los infiernos,
Nadie dijo cielo.