Atenea Sheresada
Poeta fiel al portal
Las marcas de las batallas perdidas es esta vida,
los engaños perpetuos, las traicioneras mentiras,
los falsos cariños, los besos con sabor a patraña,
hicieron de mi corazón una roca,
y de la confianza un recuerdo de hace tantos años.
Pero como historia de ficción cuando menos lo esperaba,
se cruzó en mi camino, el elixir prohibido que tantos buscan,
el sueño de cada noche, el patriarca de la fe y la esperanza,
un sentimiento tan ingrato, que no avisa cuando llega,
pero deja secuelas cuando se va.
Dulce amor, ¿dónde te habías ocultado?;
apareció en los ojos hermosos de un hombre encantador,
su nombre de príncipe, su voz de faraón, sus labios de tentación,
despertaron mi corazón dormido.
La sangre en mis venas volvió a correr;
mi alma herida fue sanada con dos palabras te quiero.
Eso basta sublime amor, solo eso, para revivir el corazón,
Sanaste las heridas, me regresaste la ilusión.
Gracias por presentarte en la morada de desesperanza,
en la cueva del dolor;
hiciste de eso un hogar cálido, donde habitas con confort,
sabes que eres bienvenido
y ahora que te has venido jamás te marches,
te lo suplico, porque un dolor tan grande como este amor,
no lo soportaría yo.
los engaños perpetuos, las traicioneras mentiras,
los falsos cariños, los besos con sabor a patraña,
hicieron de mi corazón una roca,
y de la confianza un recuerdo de hace tantos años.
Pero como historia de ficción cuando menos lo esperaba,
se cruzó en mi camino, el elixir prohibido que tantos buscan,
el sueño de cada noche, el patriarca de la fe y la esperanza,
un sentimiento tan ingrato, que no avisa cuando llega,
pero deja secuelas cuando se va.
Dulce amor, ¿dónde te habías ocultado?;
apareció en los ojos hermosos de un hombre encantador,
su nombre de príncipe, su voz de faraón, sus labios de tentación,
despertaron mi corazón dormido.
La sangre en mis venas volvió a correr;
mi alma herida fue sanada con dos palabras te quiero.
Eso basta sublime amor, solo eso, para revivir el corazón,
Sanaste las heridas, me regresaste la ilusión.
Gracias por presentarte en la morada de desesperanza,
en la cueva del dolor;
hiciste de eso un hogar cálido, donde habitas con confort,
sabes que eres bienvenido
y ahora que te has venido jamás te marches,
te lo suplico, porque un dolor tan grande como este amor,
no lo soportaría yo.
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