Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
SOMOS
Incertidumbres, riesgos.
Osadas maneras para inculpar
jubiladas sobras por el polvo y su desquiciado reglamento,
fieras despavoridas huyendo
de las edades del siglo,
cazadores de los indómitos malabares del tiempo.
Hachas tal vez, lámparas o auroras errantes vendimiando el día,
malquerientes grescas ostentando sus filos,
los rojos estandartes que eluden la prisa
porque ya reinicia
la funesta batalla por el día interminable.
Levantamos estas manos de raza incólume.
Somos el dolor cauterizando el círculo,
penetramos con resquemor la hermética muralla.
Sangres masivas, huesos probos,
envilecidas herramientas
para predecir el temporal,
ese lavar frenéticos inútiles ventanales
por donde la visión es agüero y perspicacia,
incisiones en los dorsos que pretenden
el labrador silencio aborreciendo la sinfonía.
Travesía heredada, hemos navegado siempre,
el universo fugitivo nos mira
desde sus antros de cosmo virgen;
y respondemos
no con las palabras ya usufructuadas
sino con los ademanes más castos,
somos convocados al delito
pero la culpa será siempre de los otros.
Una sonrisa nos inunda,
los abrazos atizan y mantienen el fuego imperceptible.
Tejidos y brocados de euforias y tristezas
lanas de amargura, jugos de lágrimas.
Artes labradas para la precisión y el decoro
así como la desidia, el simbólico ostracismo,
las ceremonias que perfilan el desvelo en las vigilias.
Serviles noches que jamás terminan
con la esclavitud del plomo y la desdicha.
Criaturas de Dios a secas,
de pírricas y prosaicas pretensiones.
Incertidumbres, riesgos.
Osadas maneras para inculpar
jubiladas sobras por el polvo y su desquiciado reglamento,
fieras despavoridas huyendo
de las edades del siglo,
cazadores de los indómitos malabares del tiempo.
Hachas tal vez, lámparas o auroras errantes vendimiando el día,
malquerientes grescas ostentando sus filos,
los rojos estandartes que eluden la prisa
porque ya reinicia
la funesta batalla por el día interminable.
Levantamos estas manos de raza incólume.
Somos el dolor cauterizando el círculo,
penetramos con resquemor la hermética muralla.
Sangres masivas, huesos probos,
envilecidas herramientas
para predecir el temporal,
ese lavar frenéticos inútiles ventanales
por donde la visión es agüero y perspicacia,
incisiones en los dorsos que pretenden
el labrador silencio aborreciendo la sinfonía.
Travesía heredada, hemos navegado siempre,
el universo fugitivo nos mira
desde sus antros de cosmo virgen;
y respondemos
no con las palabras ya usufructuadas
sino con los ademanes más castos,
somos convocados al delito
pero la culpa será siempre de los otros.
Una sonrisa nos inunda,
los abrazos atizan y mantienen el fuego imperceptible.
Tejidos y brocados de euforias y tristezas
lanas de amargura, jugos de lágrimas.
Artes labradas para la precisión y el decoro
así como la desidia, el simbólico ostracismo,
las ceremonias que perfilan el desvelo en las vigilias.
Serviles noches que jamás terminan
con la esclavitud del plomo y la desdicha.
Criaturas de Dios a secas,
de pírricas y prosaicas pretensiones.