Darío Nervo
Poeta que considera el portal su segunda casa
Aprendí que en la vida del saber nadie es dueño,
que los pájaros vuelan porque es ese su oficio,
que el silencio no es solo una luz del resquicio
que se extiende en el cielo de mi patria de ensueño.
Aprendí que el salpique de la lluvia en el suelo
de los campos oníricos no es tan solo un estado,
que los surcos campestres no lo son sin arado,
y los ruegos no surgen sin oído en el cielo.
Que los besos son mudos ante el fresco retrato,
que el laurel oloroso es muy noble y certero
en las gráciles manos de un hábil carpintero,
que con diestro martillo evidencia su ornato.
Que los hilos del tiempo no remiendan ausencias,
que los pianos no tocan los teclados sin manos,
que la guerra es el fruto de los seres humanos,
y del árbol de envidia se maduran pendencias.
Que los pueblos no nacen sin la sangre inocente,
porque nadie promueve los abrazos tempranos,
cada quien sobrevive sin la ayuda de hermanos,
mientras sigo soñando en un mundo congruente.
Aprendí que mi rostro en su lado más triste
aunque duerme confiado, el dolor es latente,
no hay consuelo que valga ni alegría que cuente,
solo sé que te extraño, solo sé que te fuiste.
Solo sé que no entiendo el misterio profundo
que aprisiona en sus manos con silencio la vida,
cuando amamos a alguien y de pronto la herida
que nos deja al marcharse por completo del mundo.
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