Imara Horvath siempre fue una niña peculiar; egoísta y engreída, su afán de posesión era insaciable. De carácter propenso a la cólera, solía tener grandes arrebatos de ira por los motivos más triviales. Eso es lo que le pasó un día de octubre que se encontraba con su tía Ildikó en una espaciosa sala de la mansión familiar. Imara era una gran amante de los cuentos; le gustaban sobre todo los de terror, aunque su tía, consciente de su personalidad irascible y de la debilidad de sus nervios, se negaba muchas veces a leérselos. Sin embargo, Imara insistía con tal fuerza y perseverancia, que a su tía le era imposible negarse a sus deseos, así que ese día de octubre su tía Ildikó fue a la biblioteca a por un libro y le leyó un cuento cuya protagonista era una niña que por su egoísmo era encarcelada en una prisión inescrutable y oscura y de la que nunca consiguió salir. Al terminar la lectura, Imara comenzó a insultar a su tía y a gritarle que no le había gustado el cuento.
-¿No te ha gustado, querida?- preguntó la tía.
-No, me ha parecido muy flojo y poco creíble- contestó Imara.
-Entonces, quizás esto te parezca más creíble- dijo la tía, desapareciendo al terminar la frase.
-No te creas que solo tú puedes desaparecer- gritó Imara con un brillo de fuego en los ojos al ver que su cuerpo continuaba siendo visible.
Deseó con todas sus fuerzas volverse también invisible, y al no conseguirlo, empezó a romper todo lo que había en la sala. En un acceso de ira le dio un cabezazo a uno de los espejos. Sorprendentemente, el cristal no se rompió, sino que se tragó su cuerpo, y allí continúa, detrás del espejo desde hace más de cien años. Quien ha osado entrar en la espaciosa pieza, dice haber visto reflejado en el cristal el cuerpo diminuto y arrugado de una niña. Y llora, siempre está llorando; pero también se oyen risas en la sala, una mujer ríe con una risa ensordecedora. La misma voz que ríe, pregunta después: ¿Te gusta más este cuento, querida?
Eladio Parreño Elías
15-Febrero-2012