Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
Iba un día caminando por un hayedo y de pronto, se me cayó un latido al suelo. Lo busqué entre la capa de hojarasca de otoños perpetuos. Miré por si había dado un brinco y estaba bajo los paraguas de los hongos que salpicaban los leños muertos. En las lágrimas de los tréboles de tres hojas, porque los de cuatro los debió arrancar algún paseante con suerte.
Cogí un vidrio roto, verdoso y algo mugriento, que estaba medio enterrado y húmedo a los pies de mis raíces. Lo limpié con la enagua de mi aliento y me agaché con cuidado.
Entre la mala hierba había una pequeña margarita. Me acerqué a ella con mi lupa improvisada y en sus centros amarillos, abrazado a sus minúsculos pólenes; encontré mi pálpito extraviado.