cesar curiel
Poeta que considera el portal su segunda casa
Fue una sorpresa que me dio la vida
el verte tan altiva, desafiando a la belleza;
tu mirada de crisolita, penetrando así mis huesos
haciendo de esa tarde, la más sublime estadía.
Llegaste sonriente y magistral por el tiempo
a sabiendas que nunca te he olvidado,
y ahora, a los 40, justo ahora que mi madurez asecha
la corriente de cualquier verso embravecido
llegas segura, para colmarme de vino
y hacer de mis sueños tu conquista.
Te vi, cual diosa entrando a mi vida
con esos aires de diva y tus ojos cual destello.
Segura, presumiendo tu hermosura
para hacer del tiempo un suceso, un pasado que fue funesto.
El viento resoplo en tu cara
cómplice a mis caricias, porque aun con la mirada,
te besaba y con pasión te envolvía,
tú, a mis caprichos te entregabas
y con soltura caminabas, casquivana a mis deseos.
Fue un fuego el que consumió tanto deseo,
después de horas interminadas,
y entre copas y superfluas risas
aquella alcoba fue la dicha,
de amarte con frenesí, para volver después en mi
y despertar añorando los momentos aquellos,
en los que cual musa, con mis ojos te envolví.
el verte tan altiva, desafiando a la belleza;
tu mirada de crisolita, penetrando así mis huesos
haciendo de esa tarde, la más sublime estadía.
Llegaste sonriente y magistral por el tiempo
a sabiendas que nunca te he olvidado,
y ahora, a los 40, justo ahora que mi madurez asecha
la corriente de cualquier verso embravecido
llegas segura, para colmarme de vino
y hacer de mis sueños tu conquista.
Te vi, cual diosa entrando a mi vida
con esos aires de diva y tus ojos cual destello.
Segura, presumiendo tu hermosura
para hacer del tiempo un suceso, un pasado que fue funesto.
El viento resoplo en tu cara
cómplice a mis caricias, porque aun con la mirada,
te besaba y con pasión te envolvía,
tú, a mis caprichos te entregabas
y con soltura caminabas, casquivana a mis deseos.
Fue un fuego el que consumió tanto deseo,
después de horas interminadas,
y entre copas y superfluas risas
aquella alcoba fue la dicha,
de amarte con frenesí, para volver después en mi
y despertar añorando los momentos aquellos,
en los que cual musa, con mis ojos te envolví.