elbosco
Poeta fiel al portal
Cuando se trata de calefaccionar la casa puedo llegar a ser un auténtico Nerón quemando Roma. Cuando la leña escasea y el frío arrecia, hecho mano a todo lo que veo con tal de mantener la temperatura de la casa. Yo podría arreglarme abrigándome un poco más, pero están los chicos, y el más pequeño no tiene un año, y mi compañera, a pesar de su sangre nórdica, es muy friolenta. Es en esos momentos en que, en aras del bienestar familiar, he llegado a quemar las cosas más inauditas: apuntes de la facultad, adornos de madera, marcos de cuadros, un sombrero de mimbre, muebles de caña, maderas de machimbre, sillas viejas, la colección completa de novelas de Winston Graham, decenas de números del Readers Digest, las recetas de cocina de Blanca Cota, los diez volúmenes de "Práctica económica y comercial norteamericana", y una bizarra colección llamada "Joyas de la literatura" en formato comic. Pero también he llegado al extremos de quemar otras cosas no tan naturales, como poliestireno expandido o envases plásticos de aceite comestible, de aceite náutico, de bebidas y esos juguetes chinos que se rompen al segundo día. Sí, ya se que esto último no es ecológico, pero la necesidad tiene cara de hereje, y finalmente he también concluido en que es una manera de reciclarlos en calor, el poder calórico del plástico es realmente alto, y los humos que generan no dejan de ser carbonos como los de la leña misma, y quemados a altar temperatura su combustión es perfecta y le emisión de humos reducida. Tengo claro que la misma quema de leña no es beneficiosa para el medio ambiente. De todas manera la quema de plásticos se dio raras veces.
Pero volvamos a lo que quería contar... Ayer consumí los últimos leños de la leñera y me quedé solo con la resaca de abajo, que son leños en estado de descomposición, debido a que están expuestos a la humedad de tierra y a los sucesivos repuntes de marea del río. Se deshacen al manipularlos y normalmente los utilizo para fertilizar la huerta. Pero a diferencia de otras veces, la resaca de ayer estaba mezclada con plásticos rotos, cartones y papeles que fue trayendo la marea y quedaban atascados entre los leños, y con miles de bolitas de poliestireno expandido que quedaron de cuando aislé el cielorraso, todo por lo cual no me parecían apropiados para abono. Fue así que, ya sin leña y en el espíritu de Nerón, me decidí a convertirlos en calorías.
Los junté con el rastrillo formando una pila y con la mano los fui metiendo en una gran caja de cartón. Subí la caja a mi casa y con el calefactor a leña prendido comencé a introducir la resaca, puñado tras puñado, en la cámara de combustión. En eso escucho un grito de mi esposa: "¡Sacá la mano Fer! ¡Una araña!". Retiro mi mano y efectivamente veo una enorme araña de los humedales (tipo tarántula), medía poco menos de diez centímetros y caminaba campante sobre la resaca sin apuro por escapar u ocultarse.
Por norma general no mato a las arañas, considero que me benefician comiendo insectos (principalmente a mis enemigos los mosquitos) y porque creo que podemos convivir con ellas pacíficamente. En casa suelo tolerarlas bastante, y solo una vez al mes me ocupo de cazarlas y sacarlas de la casa vivas. Pero esta especie no vive en las casas sino exclusivamente en zonas sombrías y húmedas. No se si su picadura es peligrosa, pero que asustan, ¡asustan!. De todas formas, no puedo matarlas, así que me armé de coraje y con mi método de caza tradicional, un vaso y un cartón, la atrape, y la liberé afuera lejos de la casa.
Vuelto a mi tarea de Nerón, seguí metiendo la mano en la caja y sacando resaca para quemar, y pronto pude ver aparecer... ¡otra araña! Esta era un poco más chica que la anterior, pero no menos inquietante. Nuevamente, armado de valor, vaso y cartón, la atrapé y la liberé en el exterior.
Regresé a mi casa sintiéndome una especie de Jean Cousteau, respetuoso con la naturaleza y con mi entorno, un entorno en el que sin embargo, mi familia y yo éramos invasores, intrusos que con sus muy humanas actividades interferían en el equilibrio natural del ecosistema, y que estas pobres arañas tenían que soportarnos. Envuelto en estos pensamientos regresé a mi mi tarea de quema de resaca con la caja de cartón ya a punto de vaciarse. Continué despreocupadamente agarrando resaca con la mano y tirándola en el calefactor, que a estas alturas ya marcaba los trescientos grados centígrados. Metía mano y quemaba... metía y quemaba... Mientras hacía esto, de reojo, percibí un movimiento en la caja. Con gran pavor retiré la mano y vi a una tercera araña, más grande que las dos anteriores juntas, que se movía con rapidez e intentaba salir de la caja. En una fracción de segundo experimenté la sensación de que esa araña era un intruso en mi casa. Nada importó que fuera yo mismo el que la había introducido, ni mi reciente identificación con Jean Cousteau, ni mi proverbial respeto a los arácnidos. Instintivamente y con la velocidad de un rayo, cerré la caja, la plegué sobre sí misma y la metí en ese infierno de llamas que era el calefactor cerrando su portezuela vidriada. Con la mirada fija en las llamas ví como la caja empezaba a consumirse e imaginé al pobre bicho quemándose, y me remordió la conciencia... no dude entonces en abrir la puerta y sacar la caja, que se desarmó y desparramó en llamas por el piso... Estaba así yo intentando apagar el fuego esparcido por todo el piso, zapateando sobre los restos de cartón y resaca en llamas, mientras mis hijos gritaban "se quema la casa, se quema la casa". Yo zapateaba entre las llamas a la vez que intentaba ver si aparecía la araña para no pisarla. Cuando estaba a punto de extinguir todo el fuego veo a mi esposa venir corriendo trayendo la olla de caldo del almuerzo y antes de que pudiera evitarlo la vierte sobre el piso. El fuego terminó de extinguirse. No había ningún rastro de la araña, seguramente ya carbonizada.
Quedé inmóvil, pensado en la araña y mirando mis zapatillas y el piso empapados con caldo y verdura, y la mugre de brasas, ceniza y resaca mojada.
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Fernando M. Sassone
www.finisafricae.com.ar
www.fs.singularidad.org
www.elbosco.net
Pero volvamos a lo que quería contar... Ayer consumí los últimos leños de la leñera y me quedé solo con la resaca de abajo, que son leños en estado de descomposición, debido a que están expuestos a la humedad de tierra y a los sucesivos repuntes de marea del río. Se deshacen al manipularlos y normalmente los utilizo para fertilizar la huerta. Pero a diferencia de otras veces, la resaca de ayer estaba mezclada con plásticos rotos, cartones y papeles que fue trayendo la marea y quedaban atascados entre los leños, y con miles de bolitas de poliestireno expandido que quedaron de cuando aislé el cielorraso, todo por lo cual no me parecían apropiados para abono. Fue así que, ya sin leña y en el espíritu de Nerón, me decidí a convertirlos en calorías.
Los junté con el rastrillo formando una pila y con la mano los fui metiendo en una gran caja de cartón. Subí la caja a mi casa y con el calefactor a leña prendido comencé a introducir la resaca, puñado tras puñado, en la cámara de combustión. En eso escucho un grito de mi esposa: "¡Sacá la mano Fer! ¡Una araña!". Retiro mi mano y efectivamente veo una enorme araña de los humedales (tipo tarántula), medía poco menos de diez centímetros y caminaba campante sobre la resaca sin apuro por escapar u ocultarse.
Por norma general no mato a las arañas, considero que me benefician comiendo insectos (principalmente a mis enemigos los mosquitos) y porque creo que podemos convivir con ellas pacíficamente. En casa suelo tolerarlas bastante, y solo una vez al mes me ocupo de cazarlas y sacarlas de la casa vivas. Pero esta especie no vive en las casas sino exclusivamente en zonas sombrías y húmedas. No se si su picadura es peligrosa, pero que asustan, ¡asustan!. De todas formas, no puedo matarlas, así que me armé de coraje y con mi método de caza tradicional, un vaso y un cartón, la atrape, y la liberé afuera lejos de la casa.
Vuelto a mi tarea de Nerón, seguí metiendo la mano en la caja y sacando resaca para quemar, y pronto pude ver aparecer... ¡otra araña! Esta era un poco más chica que la anterior, pero no menos inquietante. Nuevamente, armado de valor, vaso y cartón, la atrapé y la liberé en el exterior.
Regresé a mi casa sintiéndome una especie de Jean Cousteau, respetuoso con la naturaleza y con mi entorno, un entorno en el que sin embargo, mi familia y yo éramos invasores, intrusos que con sus muy humanas actividades interferían en el equilibrio natural del ecosistema, y que estas pobres arañas tenían que soportarnos. Envuelto en estos pensamientos regresé a mi mi tarea de quema de resaca con la caja de cartón ya a punto de vaciarse. Continué despreocupadamente agarrando resaca con la mano y tirándola en el calefactor, que a estas alturas ya marcaba los trescientos grados centígrados. Metía mano y quemaba... metía y quemaba... Mientras hacía esto, de reojo, percibí un movimiento en la caja. Con gran pavor retiré la mano y vi a una tercera araña, más grande que las dos anteriores juntas, que se movía con rapidez e intentaba salir de la caja. En una fracción de segundo experimenté la sensación de que esa araña era un intruso en mi casa. Nada importó que fuera yo mismo el que la había introducido, ni mi reciente identificación con Jean Cousteau, ni mi proverbial respeto a los arácnidos. Instintivamente y con la velocidad de un rayo, cerré la caja, la plegué sobre sí misma y la metí en ese infierno de llamas que era el calefactor cerrando su portezuela vidriada. Con la mirada fija en las llamas ví como la caja empezaba a consumirse e imaginé al pobre bicho quemándose, y me remordió la conciencia... no dude entonces en abrir la puerta y sacar la caja, que se desarmó y desparramó en llamas por el piso... Estaba así yo intentando apagar el fuego esparcido por todo el piso, zapateando sobre los restos de cartón y resaca en llamas, mientras mis hijos gritaban "se quema la casa, se quema la casa". Yo zapateaba entre las llamas a la vez que intentaba ver si aparecía la araña para no pisarla. Cuando estaba a punto de extinguir todo el fuego veo a mi esposa venir corriendo trayendo la olla de caldo del almuerzo y antes de que pudiera evitarlo la vierte sobre el piso. El fuego terminó de extinguirse. No había ningún rastro de la araña, seguramente ya carbonizada.
Quedé inmóvil, pensado en la araña y mirando mis zapatillas y el piso empapados con caldo y verdura, y la mugre de brasas, ceniza y resaca mojada.
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Fernando M. Sassone
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