viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Rezo a tus ojos
una oración desesperada.
Yo ... que soy ateo
y jamás me había arrepentido.
Te hago canoa blandita
para recorrer en tu vientre
el río de los deseos,
ese que cruza nuestra selva
de sábanas mojadas.
Otras veces sólo te miro,
escondido en tu ángulo ciego,
agazapado en un rincón
de tu cuerpo dormido.
Pero el reloj se diluye
y se escurre como arena
entre mis torpes dedos.
Y vuela, gira,
revuelve, te envuelve,
no vuelve y resuelve
desde su cogote huidizo,
desde su estela de fuego.
El tiempo es Aquileo,
El de los pies alados,
guerrero invencible
de corazón frío.
Estúpida consecución de segundos
en formación militar
de números periódicos.
Cuando nosotros sucumbamos
en nuestra liviandad inacabada,
él seguirá lamiendo impasible
la faz de la eternidad.
Tú, amor mío,
no cierres nunca los ojos,
que el mar no tendría sentido,
ni destino el latir de las estrellas.
No tendría precio la mentira,
y la soledad se haría dueña
de mis venas de piedra.
Si tus párpados
se derramaran desfallecidos
clausurarían mi mirada
por demolición.
Sólo me quedan dos oportunidades,
Alba y Elisa, para vencer a Aquiles.
Alguien puede decirme:
¿Dónde está su maldito talón?
De momento sólo sé que el ombligo
de mis hijas, rima contigo,
y por la regla del tres,
aunque seamos cuatro, conmigo.
una oración desesperada.
Yo ... que soy ateo
y jamás me había arrepentido.
Te hago canoa blandita
para recorrer en tu vientre
el río de los deseos,
ese que cruza nuestra selva
de sábanas mojadas.
Otras veces sólo te miro,
escondido en tu ángulo ciego,
agazapado en un rincón
de tu cuerpo dormido.
Pero el reloj se diluye
y se escurre como arena
entre mis torpes dedos.
Y vuela, gira,
revuelve, te envuelve,
no vuelve y resuelve
desde su cogote huidizo,
desde su estela de fuego.
El tiempo es Aquileo,
El de los pies alados,
guerrero invencible
de corazón frío.
Estúpida consecución de segundos
en formación militar
de números periódicos.
Cuando nosotros sucumbamos
en nuestra liviandad inacabada,
él seguirá lamiendo impasible
la faz de la eternidad.
Tú, amor mío,
no cierres nunca los ojos,
que el mar no tendría sentido,
ni destino el latir de las estrellas.
No tendría precio la mentira,
y la soledad se haría dueña
de mis venas de piedra.
Si tus párpados
se derramaran desfallecidos
clausurarían mi mirada
por demolición.
Sólo me quedan dos oportunidades,
Alba y Elisa, para vencer a Aquiles.
Alguien puede decirme:
¿Dónde está su maldito talón?
De momento sólo sé que el ombligo
de mis hijas, rima contigo,
y por la regla del tres,
aunque seamos cuatro, conmigo.