yomboki
Poeta que considera el portal su segunda casa
Sin una salida en apariencia,
se mueren las concubinas afiladas del deseo
y los infiernos de ciudad jubilan las juventudes
revolucionarias de tiempo atrás,
es común lamentarse las arrugas y la ignorancia del corazón
nada saben los besos de la pólvora ilegitima
y el cañón.
Nada se muere conmigo solo mi cuerpo,
pero sobreviven girones de esperanza
como banderas desteñidas, húmedas en un rincón
y la ciudad prosigue con lagrimas de gasolina,
perfume de oscuridad,
cielo abierto, alas enfermas.
Santa Claus este año no viene a la ciudad.
En las praderas del año ochenta y seis
una niña sobrevivía contando flores de piedad
y se dejaba emborrachar con vientos de la perestroika,
viajes a la luna en tren;
hoy esa misma niña se rompe las manos
acunando niños con desdén
y desde su trinchera enseña los dientes,
la piel de sus manos se ha sustituido por las paginas
de un diario de ayer.
A veces abro cajones olvidados,
victimas de la madurez,
entonces un destello me ciega las manos
y pasa por mi frente un tren con ventanas sustitutas
y destino ningún lugar;
a veces, solo a veces tengo el vicio de soñar
en praderas baldías,
elecciones de candidatos perfectos,
renovación moral,
borracheras con vodka de la perestroika,
caminos inermes,
jardines imparciales,
trenes que vuelven de ningún lugar.
Y los años se vuelven puñales,
embozados como criminales,
anticipados y prófugos como cuatreros
compre, viva, viaje
y entierre el futuro en un trago de ron.
El pasado de cualquier modo duerme herido.
se mueren las concubinas afiladas del deseo
y los infiernos de ciudad jubilan las juventudes
revolucionarias de tiempo atrás,
es común lamentarse las arrugas y la ignorancia del corazón
nada saben los besos de la pólvora ilegitima
y el cañón.
Nada se muere conmigo solo mi cuerpo,
pero sobreviven girones de esperanza
como banderas desteñidas, húmedas en un rincón
y la ciudad prosigue con lagrimas de gasolina,
perfume de oscuridad,
cielo abierto, alas enfermas.
Santa Claus este año no viene a la ciudad.
En las praderas del año ochenta y seis
una niña sobrevivía contando flores de piedad
y se dejaba emborrachar con vientos de la perestroika,
viajes a la luna en tren;
hoy esa misma niña se rompe las manos
acunando niños con desdén
y desde su trinchera enseña los dientes,
la piel de sus manos se ha sustituido por las paginas
de un diario de ayer.
A veces abro cajones olvidados,
victimas de la madurez,
entonces un destello me ciega las manos
y pasa por mi frente un tren con ventanas sustitutas
y destino ningún lugar;
a veces, solo a veces tengo el vicio de soñar
en praderas baldías,
elecciones de candidatos perfectos,
renovación moral,
borracheras con vodka de la perestroika,
caminos inermes,
jardines imparciales,
trenes que vuelven de ningún lugar.
Y los años se vuelven puñales,
embozados como criminales,
anticipados y prófugos como cuatreros
compre, viva, viaje
y entierre el futuro en un trago de ron.
El pasado de cualquier modo duerme herido.