Carlito Gil
Poeta recién llegado
~Roja~
No siempre fui solitario, como ahora;
matamos algunos cinco meses juntos.
Era, faltando mejor nombre, mi novia;
sin compromiso, obligación ni insultos.
Formidable y firme pulso juvenil
vistió de plan improvisada velada.
Sudé mis versos con lectura viril
para que desnude la más enojada.
Desfilé arrogancia y determinación
preparado para enfrentar voluntades.
«¡Borre besos pasados del corazón;
ahora seré quien dicte las verdades!»
Era casual; no poseía vestidos.
Reputación e inocencia en negativo.
Tratada como igual por hombres y amigos
cuando se hablaba de ron, tequila o vino.
Alegraba almas y fiestas con tonterías
caminando con tal gracia entre los cuervos.
«¿Cómo a ella, la comandante de jaurías,
la puede cazar una liebre y sus verbos?»
Cayó la noche, pero no el interés.
Giraban las horas sin llegar mi coche.
Su mano falta de copa y yo de fe,
pero jurando morir en sus derroches.
Cuando llegué pedí sin galantería:
Baja y el silencio un sí me respondió.
Aquel día, su enojo más me valió
que el castigo que subiendo encontraría.
Bajó, con ceño fruncido y decidido.
Fiel saludo salpicó alivio en su cara,
pues asumió de mí explicar lo ocurrido
a esa boca que me dio un beso y más nada.
La vi herida soñando de amor despierta
y ofreció, en trueque, su sueño indiscreto.
Soberbia se mostraría hasta ser muerta,
pero le descubrió mi mano un secreto.
Acercando a su cuerpo una rosa pálida:
Blanca le dije con tono delictivo;
por encontrar, perdidos en esta barca,
lo nuestro tan puro, hermoso y divino.
Dibujó su rostro en color seriedad,
pero sus labios delataron sonrisa;
que por flor no me habría de perdonar
ni revancha ni el rigor de su pesquisa.
Una rosada dije en voz descarada;
porque lo nuestro es verdadero y sincero.
Aunque juego y te hiero estás atrapada
porque no tengo miedo al decir: te quiero.
Ahora se pierde su nombre en mi mente;
mas, como de quien derrotada es valiente
fue su semblante, quedando permanente;
y hoy embriaga mi lujuria solamente.
Amarilla respiró orgásmica pausa;
por ser amiga que escucha y no castiga
si darte placer es juramento y causa;
si puedo dar cada beso que consiga.
Íntima mezcla de alientos respiró
mientras sus ojos me brindaban enfoque;
ahogando aquella deuda de perdón,
de tardanzas nacía apenas la noche.
Entablé en un largo duelo su mirada
y saqué calmo la rosa que quedaba.
Esperé, y se volvió mía por siempre;
entregó su cuerpo, su vida y mi muerte.
Un pensamiento no me pudo ocultar:
ya poco importante le pertenecía,
y ahora el silencio iba a sacrificar
matando a ese arcano que no se moría.
«¿Por qué roja?»,
preguntó como si no existiera el diablo.
«Me moja», tramé sin temor a reproche.
Abarco su espacio. Pienso; rezo; y hablo:
Roja; por lo que te haré esta noche.
Carlos Antonio Gil
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