Domingo Aranda
Poeta recién llegado
Alguna vez,
ante tu puerta oscura,
ante el umbral de tus límites impresos,
estas manos que avanzan en la tierra,
se enlazarán no tanto a tu boca,
como a la sien de tus ojos.
Y entonces,
sin ecos,
sin voraces balas de lo que pasa,
te sentarás en mis brazos,
justo cuando te caiga el cielo en los dientes
y todo el sereno
y todos los grillos.
Justo entonces,
no hablarás de manecillas;
no tendrán tus ojos
una hueca cordillera que me envuelve,
porque ese día,
esa hora y esa lluvia,
ya no me importará que grites,
ni que calles,
ni que te vayas.
ante tu puerta oscura,
ante el umbral de tus límites impresos,
estas manos que avanzan en la tierra,
se enlazarán no tanto a tu boca,
como a la sien de tus ojos.
Y entonces,
sin ecos,
sin voraces balas de lo que pasa,
te sentarás en mis brazos,
justo cuando te caiga el cielo en los dientes
y todo el sereno
y todos los grillos.
Justo entonces,
no hablarás de manecillas;
no tendrán tus ojos
una hueca cordillera que me envuelve,
porque ese día,
esa hora y esa lluvia,
ya no me importará que grites,
ni que calles,
ni que te vayas.