viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
Todo en ti me baña; tus hombros de ola,
tu vientre de madera pulida de saliva.
Tus ojos de humedales pretéritos y sinuosos.
Tus labios lascivos de rocío marino.
Todo en ti me inunda;
tus manos de hierba mojada,
tus brazos sujetando la vida,
tu cuello emergiendo de un lago sin nombre,
tus lágrimas de leche que se hicieron pecho.
Todo en ti me llueve;
tus caderas de marea que van y vuelven del infierno,
como balanzas justicieras pariendo el ritmo del océano.
Tu cabello de algas negras, criaturas de agua lenta.
Y tus lágrimas de amor como canciones de silencio,
como violines de deshielo interpretando un cielo gris.
Acercarme a ti me da miedo, soy incendio
sediento de aire seco y ramas muertas.
Sol de agosto en desierto que incinera
la arena hasta hacerla cristal.
Si me besaras huirías con alas de vapor,
y serías nube errante, tren de humo
que desaparece en el filo
que raja el aire y aplaca mi mirada,
en el insondable concierto
que separa lo bello de lo eterno.
Sólo dánzame a la distancia precisa
que te fermente mujer,
y que a mí me temple
hasta hacerme cálido abrigo.
Ese extraño equilibrio que los dioses
se empeñan en desbaratar por costumbre.
tu vientre de madera pulida de saliva.
Tus ojos de humedales pretéritos y sinuosos.
Tus labios lascivos de rocío marino.
Todo en ti me inunda;
tus manos de hierba mojada,
tus brazos sujetando la vida,
tu cuello emergiendo de un lago sin nombre,
tus lágrimas de leche que se hicieron pecho.
Todo en ti me llueve;
tus caderas de marea que van y vuelven del infierno,
como balanzas justicieras pariendo el ritmo del océano.
Tu cabello de algas negras, criaturas de agua lenta.
Y tus lágrimas de amor como canciones de silencio,
como violines de deshielo interpretando un cielo gris.
Acercarme a ti me da miedo, soy incendio
sediento de aire seco y ramas muertas.
Sol de agosto en desierto que incinera
la arena hasta hacerla cristal.
Si me besaras huirías con alas de vapor,
y serías nube errante, tren de humo
que desaparece en el filo
que raja el aire y aplaca mi mirada,
en el insondable concierto
que separa lo bello de lo eterno.
Sólo dánzame a la distancia precisa
que te fermente mujer,
y que a mí me temple
hasta hacerme cálido abrigo.
Ese extraño equilibrio que los dioses
se empeñan en desbaratar por costumbre.