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Poeta recién llegado
Suerte de necrofilia,
de ascos y náuseas;
un cadáver inmutable
de voluptuosa figura
es el objeto de obscuros deseos.
Lascivos instintos, disponen
las ondas de su cabellera.
Inertes las delicadas manos
cubriendo sus pechos
Sin preámbulo alguno,
un hombre vierte en sus entrañas
la putrefacta esencia
de su masculina osadía.
De la execrable polución,
el repugnante olor masculino,
inunda la habitación
Al final, un cadáver que llora,
unas lagrimitas se ven brotar,
un nudo en su garganta,
un alma agazapada
entre sábanas y gélidas frazadas,
un corazón latiendo quedito
que clama a voces para sus adentros:
¡No me toques nunca más!
Karina Dávila Moncayo
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