Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Capítulo I.
En San Antonio no tienen santo patrono
En San Antonio no tienen santo patrono
En San Antonio no hay santo patrono. En Santa María del Refugio los hacendados dejaron una virgen italiana con costosas vestiduras, traídas también desde allá.
San Antonio queda a algunas leguas, montañas de por medio, de Santa María, tierra de peones de la antigua hacienda de nuestra señora del Refugio, que fue propiedad de unos italianos. La hacienda ya no existe, sus tierras han sido repartidas entre los campesinos tras la revolución pero quedan los estigmas: la pobreza arrinconada, aislada entre cerros y cañadas, por donde no pasa nadie porque ha dejado de tener interés para todo mundo.
Allá, en el pueblo de los peones no hay santo patrono ni hay iglesia, a los amos italianos se les ocurrió llamarle San Antonio a ese grupo de casuchas donde dormían los peones que trabajaban lejos del casco de la hacienda y así se le quedó.
Ellos escogieron algo como una troje para rezar: muros de adobe y techo de tejas. Soñaban que esa sería su capilla algún día, pero el cura de Santa María es un anciano y ya no puede subir a lomo de mula a la montaña para ir a dar la misa los domingos ni para comulgar y confesar a los sanantonienses. Los curas jóvenes, adjuntos a la parroquia de Santa María, tampoco quieren subir, para qué dicen- son tan pobres que ni el infierno codicia sus almas; cuando han ido nunca vuelven con buenas limosnas.
La vida está en Santa María, ahí las buenas limosnas, ahí las fiestas patronales, los comercios de todo, donde bajan de todas las comunidades los indios para venir a vender sus animales y a comprar azúcar, café, y el aguardiente para fugarse de sus crudas realidades.
Los niños de Santa María no quieren a los de San Antonio. Cuando sus padres los mandan a lomo de burro para comprar canela, azúcar, petróleo y café, los del pueblo los bajan del burro y los golpean, les rompen la de por sí derruida ropa, y les gusta dejarles los ojos morados. Cuando pueden les quitan el dinero del mandado; luego los hacen huir a pedradas.
Antes, los habitantes de San Antonio iban a quejarse con las autoridades del pueblo, mostraban los golpes en el rostro de sus niños y sus ropas viejas desgarradas, reclamaban el dinero que les habían robado, ese dinero tan difícil de ganar en lugares donde solo hay piedras y cerros, donde solo Dios sabe con qué tantos esfuerzos se juntaban unos centavos para venir hasta Santa María a comprar algo, a ver al doctor para los enfermos que no se curan con hierbas, o a venir a bautizar a los recién nacidos para que no fueran llevados por el diablo cuando se mueren, como dicen los curas.
El Señor Autoridad nada más se frotaba el bigote con la mano, según él para disimular la risa. Le gustaba oír los lloriqueos de esos parias cuando acudían a él para reclamar justicia. Se divertía, él también los despreciaba como todos los despreciaban sin saber por qué; bueno, sí sabían por qué, solo era porque eran de San Antonio y nada más. Para los de San Antonio no existía justicia. Se quejaban ante la autoridad y no pasaba nada; nunca pasaba nada.
El anciano cura los oía en confesión y cuando escuchaba sus llantos les decía:
-¿Tú eres de San Antonio, verdad?
¡Cuántas veces les he dicho que las penas se las vayan a contar a La Virgen.
A ella pídanle los milagros! "Aquí conmigo solo los pecados, la confesión de los secretos que hacen que se pierda el alma, todo eso que necesita ser perdonado, todo lo que reclama la penitencia". "
La justicia y todo lo demás es cosa de Dios".
El buen sacerdote usaba el sermón para buscar atenuar esa agresividad inexplicable con la que algunos pobladores de Santa María trataban a los habitantes de San Antonio: nada más por ser de ahí decía-, por ser tan pobres, por depender para todo de Santa María del Refugio.
Con los más pobres, Dios reclama caridad.
Nada, la religión era para los pueblerinos un ritual de domingo donde muchos iban a dormitar, o por hábito, por aquello de no irse al infierno.
Cumplían con todos los rituales pero, los sermones del anciano sacerdote, eran para sus oídos palabras al viento.
***
Los de San Antonio ya no querían ir a Santa María, detestaban ese pueblo.
Iban porque no les quedaba de otra, estaban encerrados allá tras el fondo del valle donde mediaba la sierra hacia el otro extremo de lo que había sido propiedad de la hacienda; la única puerta al resto del mundo era ese pueblo, y por desgracia, había cosas que necesitaban y que solo las podían conseguir ahí.
-¡Ay! -se decían unos a otros-: "Cómo vinimos a vivir aquí"; pero, sería la voluntad de Dios y contra ella... qué se puede hacer.
Todo lo de Santa María les parecía malo. Y para ellos realmente era malo.
Ese y otros sentimientos estaban en los pensamientos cotidianos de los sanantonienses:
La virgen de ahí tampoco nos quiere.
Nunca nos ha hecho ningún milagro y eso que presumen que es muy milagrosa.
Vienen desde lejos a pedirle, le hacen mandas, peregrinaciones.
A nosotros no, nada, ningún milagro nos ha hecho.
"Somos pobres, quizá por eso, qué limosna le podemos dar, no tenemos ni para nosotros, y con lo caro que están los milagros que le ponen".
"Una vez le regalamos uno, de un milagro inventado, para ver si así se contentaba con nosotros; pero no, no se contentó, no nos hace nunca un milagro".
Nunca nos ha hecho ningún milagro y eso que presumen que es muy milagrosa.
Vienen desde lejos a pedirle, le hacen mandas, peregrinaciones.
A nosotros no, nada, ningún milagro nos ha hecho.
"Somos pobres, quizá por eso, qué limosna le podemos dar, no tenemos ni para nosotros, y con lo caro que están los milagros que le ponen".
"Una vez le regalamos uno, de un milagro inventado, para ver si así se contentaba con nosotros; pero no, no se contentó, no nos hace nunca un milagro".
¡Y tan importantes que son los milagros cuando se es tan pobre!
Un suceso muy extraño
Un día, todo San Antonio se quedó asombrado por lo que vio.
Montado en un burro pardo llegó un joven muy blanco y de ojos azules. Tenía un acento raro, hablaba español pero nadie le entendía, parecía decir las palabras con coraje, parecía que al hablar ronroneaba como los gatos.
Los sanantonienses le miraban a la boca para ver si así le entendían; él también tenía problemas para comprender el español de los indios, con ese sonsonete del Nahuatl que lo hacía tan musical.
Este joven se quedó a dormir en la troje que funcionaba como capilla para rezar y al cabo de los días aquello tomó forma. Ya nadie metió ahí el zacate para sus animales, nadie llevó ahí las chivas y borregas que estaban para parir. La gente le ayudó. Fueron a buscar los encinos caídos en las montañas, los trajeron y tallaron toscamente para que sirvieran como bancas. Las mujeres sacaron polvo de la calera cercana y la mezclaron con jugo de nopal para que se pegara bien al adobe y no se desprendiera de la pared; la troje quedó pintada de blanco.
Don Refugio, que era el más viejo del pueblo le regaló al joven una campana vieja y pequeña que un día se encontró por la vereda que cruza la Sierra Negra y llega, yéndose por los rumbos del Sauzal, lejos, bien lejos. La campana no tenía badajo, ese se lo hicieron con el sobrante de la cabeza de un martillo que a Crescencio Rojas, que hacia las veces de herrero, se le quedó tirado por ahí.
Un día domingo sonó la campana y todos fueron a ver qué pasaba.
El joven aquel estaba vestido de cura, había puesto unos mantelitos muy blancos y brillosos, y otras cosas que traía en una cajita que vieron en los lomos de la mula que cargaba sus maletas.
Ese día hubo misa. Él dijo que a nombre del obispo, que no podía venir por estar muy lejos, consagraba esa troje como capilla.
Hubo confesión y comunión.
Los niños y mayores que no habían sido bautizados lo fueron ese día. Luego les dijo que ese día era el día de San Antonio, de sus pertenencias sacó una pequeña imagen para que todos conocieran al Santo Patrono del Pueblo.
Como pudo, les trató de hacer entender que él era sacerdote, que venía de Italia y que era un misionero con votos de pobreza.
Un poco de todo entendieron los sanantonienses, pero lo que sí les quedó muy claro fue que era un Padrecito; lo demás no lo comprendieron por el acento tan difícil del joven, y también por el poco hábito que ellos tenían de usar el castellano. De todos modos lo abrazaron y se sintieron muy felices porque ya tenían su padrecito y su iglesia, y ya no tendrían que ir a oír misa y a otras cosas de la religión, hasta Santa María.
Pero los de San Antonio no estaban muy felices porque descubrieron que la imagen de su Santo Patrono era pequeñita. Apenas si se miraba desde el primer tronco que hacia las veces de banca. No, no estaban conformes pero no tenían dinero para ir más allá de Santa María para ir a comprar un santo de tamaño mediano.
El Padrecito les repetía y repetía que la imagen no era tan importante como la devoción, los votos, las buenas obras, el amor a Dios a través del prójimo. No. Los sanantonienses no entendían bien a su párroco, y aunque le hubieran comprendido, tampoco hubieran comprendido eso de que un santo chiquito pudiera ser poderoso.
No. Eso no cuadraba con su percepción de las cosas. Tenían que encontrar un remedio.
Pedrito Nacahuaca
Pedro Nacahuaca era un tallador de piedra bofa. Hacía metates de piedra, molcajetes, y una especie de lavaderos para ropa con las piedras grandes. Era un oficio que tenía por herencia de los abuelos. Cambiaba los metates por gallinas, guajolotes; y cuando la cosa andaba mal, hasta por unos huevos. A él le llevaron la imagen para que la viera y calculara si la podía hacer.
Pedro Nacahuaca se rascaba la cabeza con nerviosismo para disimular su impotencia. Todos se lo quedaban mirando con ansiedad. Luego, haciendo un gesto de indefinición, seguido de una mirada permanente al suelo de tierra de su casa, dijo:
-Yo solo sé hacer molcajetes y metates; figuras de tatasno sé hacer.
Su mujer, Amanda Prieto, que estaba escuchando la plática dentro de la casa, vino y le habló a su marido en el oído. Regresó a la casa y volvió con varias figuras de aves y animales hechas de piedra porosa y cantera. Tras ella apareció un muchachito como de unos diez o doce años: Pedrito Nacahuaca.
Pedro Nacahuaca le mostró la imagen del santo a su hijo y le preguntó en Nahuatl si lo podría hacer como había hecho las aves y ese armadillo hermoso con la cantera rosa.
El niño, sin ver a los ojos a su padre, asintió con un movimiento de cabeza.
En una semana San Antonio de Padua cobró forma en una piedra mediana, del tamaño de un metate.
Trajeron al padrecito. Cuando lo vio se quedó sorprendido.
Le preguntó al indígena si él la había hecho pero este no le entendió.
El parecido era asombroso, muy detallado. Un poco errática la espalda. Al no contar con esos detalles en la foto, se notaba extrañamente desproporcionada, casi plana. Le señaló al fabricante de molcajetes el error y este, por toda respuesta silbó, y de inmediato acudió su hijo. El molcajetero hizo un gesto con la mano al sacerdote para que le dijera al niño lo que estaba mal. El niño fue corriendo a la casa por la imagen y le señaló con sus deditos puestos en la estampa, que esta, no tenía espalda.
La madre salió de la casa y el sacerdote le sugirió a ella que el pequeño usara la espalda de su padre como modelo para la escultura de piedra.
Al segundo día llevaron la estatuilla a la troje improvisada como iglesia. Ese domingo, la misa estuvo presidida por el santo patrono consagrado y santificado ese mismo día.
San Antonio el Grande y San Antonio el Chico
Eran ocho hombres los que llevaron a la casa de Pedro Nacahuaca un enorme bloque de piedra color verde jade. Otros cuatro traían piedras pequeñas de diferentes colores: obsidianas, cuarzos, ónices. Las dejaron ahí para que el pequeño hiciera un San Antonio más grande, más bonito; el otro todavía les parecía mucho más pequeño que Santa María del Refugio, la santa patrona del pueblo rival.
Maravilloso mundo infantil. Como quien juega con lodo o barro, como quien juega a imitar a su padre desgajando los tejos de la piedra para darle forma. Pero el padre tiene sus limitaciones: un mismo molde, una sola forma, antigua, rutinaria, sin otro arte que el evitar la ruptura de la piedra. El niño no. Él juega, mira los luceros y compara sus destellos con las sombras. Ve las sombras y adivina los efectos que esta opera en los perfiles, pese a su juventud comprende que una y otro son parte de lo mismo. El tiempo pasa y su juego termina. San Antonio ahora es de un color verde. Tan grueso como el tronco de un árbol de encino, con el ancho del cuerpo de hombre. Alto como un hombre. Tiene los ojos formados con incrustaciones de otras piedras. Un rostro verde y los ojos de cuarzo blanco con el iris negro. Igual las perforaciones de la nariz, igual la boca: labios de color negro.
El sacerdote no da crédito a lo que ve. Le sorprende la habilidad del niño.
La gente lleva al improvisado templo la nueva imagen y sustituye a la otra que ha sido cuadruplicada en tamaño.
-¿Dónde pondrán la otra imagen ya consagrada?
A los tatas no se les tira aunque ya haya otra más grande.
-Allá para los rumbos de Santa María, para que nos proteja de sus demonios, de sus malvados.
Y allá la llevaron.
La dejaron al inicio del camino rumbo a Santa María, mirando al valle que se abre plenamente a la vista para ese rumbo.
Desde entonces llamaron, al santo y al lugar, "San Antonio el Chico".
Al siguiente domingo se consagró la nueva imagen.
Los de San Antonio no saben cantar como los de Santa María, sus cantos son en la lengua antigua, la de sus ancestros. Los bailes no son como los de los de Santa María, son danzas antiguas que estuvieron guardadas en el subconsciente.
Fiesta, mucha fiesta con pulque que ellos mismos hacen del maguey, y nopales asados con tortilla.
San Antonio ya tiene Capilla, Cura, y un Santo Patrono más grande y más bonito que la patrona de Santa María.
Solo hacían falta los milagros, y estos, pronto empezaron a llegar.
Los Primeros Milagros
Un día, por el lado sur del pueblo, salieron de entre la serranía unos hombres que preguntaban por el "Presidente Municipal". Llamaron al más viejo de los Jueces, que así llamaban a los 7 ancianos que atendían y resolvían todos los conflictos entre ellos.
-Necesitamos hombres para trabajar y mujeres que hagan y nos vendan comida.
Necesitamos una galera con camas para que duerman nuestros trabajadores.
Necesitamos que nos digan cuánto quieren por un pedazo de tierra comunal por donde va a pasar la carretera que cruzará por acá.
Necesitamos una galera con camas para que duerman nuestros trabajadores.
Necesitamos que nos digan cuánto quieren por un pedazo de tierra comunal por donde va a pasar la carretera que cruzará por acá.
Los hombres se fueron y los siete jueces se pasaron toda la noche discutiendo el asunto en la troje de San Antonio . Ahí también estuvo el padre, escuchando e intentando dormir, porque la capilla era también su casa.
Los hombres volvieron al día siguiente. Trajeron un papel y redactaron un acuerdo con la huella digital de los jueces. El padre fue el que revisó el documento por la parte del pueblo, pues era el único que sabía leer. Fueron doscientos mil pesos los que les pagaron por pasar por sus tierras. Se tomó como fondo colectivo.
Cortaron árboles y construyeron las barracas. Las mujeres del pueblo acondicionaron los comederos, y el padre le pidió ayuda al ingeniero encargado de la obra para llevar en sus camiones a las mujeres, por el rumbo de la nueva carretera a un pueblo cercano que no era Santa María, para comprar las reses y cerdos para hacer la comida. Nunca antes habían salido de sus rumbos. El mundo conocido era Santa María del Refugio, que era para ellos, también era el infierno.
Las vacas les costaron 50 pesos y los cerdos 5 pesos. Compraron muchas gallinas y grandes ollas de peltre. Mucho café, petroleo y azúcar.
El padrecito les sugirió comprar una radio, pero en ese tiempo eran de bulbos y aún no pasaban por ahí los postes de la luz eléctrica, aunque la luz eléctrica ya venía en camino por la nueva carretera.
El Ingeniero conoció de sus deseos y por las noches, cuando ya no la necesitaban para las obras, les prestó una planta de luz, de esas con motor de gasolina.
Todo el pueblo se reunía por las noches junto a la capilla para escuchar la radio antes de irse a dormir.
Muchos de los hombres del pueblo trabajaron en la carretera; otros, los que vivían en la sierra, cazaban venados para que sus mujeres bajaran a San Antonio a vender comida a los trabajadores.
Los Ingenieros estaban felices, en todo el trayecto no se habían encontrado mejores personas, tan amables, tan serviciales, tan atentas.
Luego sucedió el otro milagro.
Un soldador, enfermo de diabetes, fue atropellado por una pala mecánica. La máquina le lesionó gravemente en brazos y piernas, se desangraba. El médico del campamento lo llevó de inmediato a la troje de San Antonio para que se repusiera de las heridas. Las heridas eran mortales, había según él- poco qué hacer. El hospital más cercano estaba como a seis horas de camino pero dadas las condiciones del obrero, no serviría de nada el traslado, se había desangrado mucho. Lo entendió lo mejor que pudieron y lo dejó descansar sobre el tablón que hacia las veces de cama para el sacerdote. Dos mujeres del pueblo lo velarían para que no se quedara solo. Estas cortaron ciertos yerbajos que conocían y con ellos le cubrieron las heridas; le hicieron tés y cada poco le aplicaban unciones de las mismas hierbas en las lesiones.
Por la mañana el hombre se levantó por su propio pie y anduvo algunos días entre cuidados y remedios para reincorporarse más tarde a labores más ligeras, como si nada le hubiera pasado.
-San Antonio".
-Fue un milagro de San Antonio.
-De quién más -decían todos-.
Se corrió la voz entre los trabajadores, y el rumor se extendió hasta los pueblos vecinos. Vinieron a ver al santo milagroso.
Traían sus mandas y sus enfermos. Venían y pedían el milagro: una chiva extraviada; una hija o una nuera con el chamaco atravesado; niños perdidos, niños enfermos, mujeres estériles, hombres borrachos o desaparecidos; de todo.
Venían y pedían por sus penas; y cualquiera que fuera el resultado se sentían aliviados, se sentían protegidos y confortados; luego se marchaban agradecidos y propagaban los milagros a diestra y siniestra.
***
Por Santa María pronto se enteraron de la existencia de un santo muy milagroso en San Antonio.
-Por ahí ni el diablo anda decían-; y luego explotaban en risas burlonas.
Las mujeres de Santa María no hicieron caso y se fueron a pedir un milagro.
Volvieron, y sanaron: quedaban embarazadas, los maridos volvían, las vacas se volvían muy buenas para dar leche. Se organizaron en peregrinación y fueron a llevarle sus ofrendas a San Antonio.
Allá en San Antonio las vieron salir de entre las montañas.
Primero se escuchaban los cohetes, luego se veía a la peregrinación de hombres y mujeres con sus vestidos verdes en honor del santo; ya de cerca se escuchaban los cánticos y rezos de alabanza.
Entraron en la troje y le pidieron humildemente a las mujeres de San Antonio que colocaran los "milagros" de latón que traían al pie de la imagen.
Una vez trajeron como ofrenda un ropón verde decorado con flores hechas con hilos de oro y otros ornamentos para cubrir al santo, pero los de San Antonio les dijeron que no, que su santo no usaba ropa.
Las peregrinas de Santa María dormían en las barracas, al pie de las camas de los peones de la carretera porque no tenían una sola amistad en San Antonio y el cura no las dejaba dormir dentro de la troje.
Si eran muchas dormían a la intemperie.
Ni ellas ni los peones dormían por las animadas pláticas que duraban toda la noche.
Las mujeres de Santa María ademas de hermosas eran muy graciosas.
***
Cuando la compañía terminó de construir el tramo que lindaba con el pueblo se prepararon para marcharse. Antes de levantar por completo el campamento, el jefe de la obra y otros ingenieros se empeñaron en construir con los materiales sobrantes una iglesia completa y grande para ese pueblo tan hospitalario.
La gente de San Antonio aceptó. Tiraron la troje de madera.
Usaron componentes prefabricados para carreteras, y así la iglesia fue construida de inmediato.
Cuentan que un año después el Ingeniero en Jefe volvió a dar gracias a San Antonio porque algo falló en la ladera de una montaña. Al explotar la dinamita se desgajó todo el costado de un cerro y se vino sobre el sitio donde él estaba. La avalancha de tierra y roca lo cubrió por completo. Una pequeña burbuja de aire entre dos rocas le permitió sobrevivir. Pidió un milagro, se acordó del rostro pétreo de San Antonio y cuenta que lo vio venir entre la tierra desprendida.
El rescate duró cuatro horas. Esperaban encontrar un cadáver y encontraron un hombre que aún respiraba y musitaba: "¡Gracias! ¡Gracias San Antonio!
Luego del suceso, Pedro Nacahuaca puso a su pequeño hijo a fabricar San Antonios con piedra porosa y a venderlos en lo que él consideraba mucho dinero. El Ingeniero fue uno de los primeros en comprar una, luego vinieron otros marchantes de la naciente fe. Los Jueces del pueblo le pusieron como única condición al molcajetero que ningún santo para los de Santa María.
No faltó gente de las comunidades más cercanas que también se pusiera a fabricar San Antonios, pero a ninguno le tenían la fe que le tenían a los del creador del santo original.
Las manos del niño compartían de alguna forma las bondades del tata patrono del Pueblito.
El pueblo creció. Su fama se extendió.
El comercio prosperó, las leyes comunales prohibían que extraños compraran o se establecieran en el poblado.
Solo los sanantonienses se beneficiaron con los cambios operados en su pueblo.
Los visitantes buscaban a un tal Pedro Nacahuaca, que se esforzaba en vender sus metates y molcajetes; pero la gente buscaba imágenes de San Antonio, de las que hacia su pequeño hijo.
Capítulo II
Las Fiestas de Santa María del Refugio.
Desde lejos se miran las nubecillas que dejan los truenos de los cohetes de vara al explotar en medio de un cielo azul celeste que parece reposar sobre el valle amarillento.
¡Sssshhhh Peckkk!... El tronido.
Luego del primero siguen los demás.
Es la fiesta del pueblo que ha empezado.
Luego siguen las campanas con su voz suavecita y armoniosa que vuela y vuela sobre las inmensas montañas, que rebota en las faldas de la Sierra Negra y luego se regresa sobre la laguna; y ahí se hace voz de cántaro, echando a volar espantadas a las garzas.
Las lomas se ven doradas cuando cae la tarde. El sol amarillento encuentra formas para rebotar destellos mentirosos por aquí y por allá sobre la panza de la cordillera. Algún tonto aventurero pensó alguna vez que todo eso estaba lleno de oro, pero nunca nadie ha hallado oro por ese lomerío.
Espinas, abrojos, tierras pelonas, peñas partidas de todo eso hay, pero nada de oro. Sin embargo, la aridez y la pobreza no fueron siempre el rostro del Valle de Santa María. Tiempos hubo en que desde los cerros se podían contemplar más de quinientas yuntas trazar largas líneas de surcos sobre el lecho de la tierra, como si fueran hormigas. Todo de un solo dueño.
Luego de las lluvias todo aquello se pone verde como un mantel del raso de una mesa de billar.
Después de la cosecha todo se vuelve amarillo de nuevo, por los tallos y las hojas del maíz regados en espera de ser juntados para servir en los tiempos fríos como bagazo para alimentar a los animales.
Entre los abrojos: los conejos, las ratas de monte, las gallinas y las gaviotas, esmerados entresacando alimento de todo lo que queda regado después de la cosecha.
Cuando llega la fiesta de Santa María del Refugio el pueblo se viste de luces y colores. La feria, los juegos, las cantinas, la iglesia, llenas todos los días.
Vuelven los que se han ido, y a veces se llevan a las muchachas que quieren cambiar de mundo, hartas de una vida rutinaria y pueblerina.
Algunas regresan con sus chamacos, abandonadas; y de las otras nunca se vuelve ha saber nada.
Quince días dura la fiesta de la Santa Patrona. El mero día de la Virgen la bajan de su altar y la llevan en procesión por las calles del pueblo. Las misas y rosarios parecen interminables. Huele a santidad en el entorno de la iglesia; allá fuera, el placer mundano tiene el mayor espacio: las cantinas atestadas de parroquianos, las calles llenas de puestos de antojitos y comidas; desde lejos vienen los vendedores de feria; y desde lejos, los juegos mecánicos le dan al pueblo un aspecto de un luminoso carrusel musical, como esos juguetes de cuerda.
Todo es alegría, es tiempo de olvidar las penas, es la fiesta de la patrona del pueblo. Desde lejos vienen los devotos a pagar las mandas por los milagros cumplidos y a pedir otras para tener motivos para venir el próximo año.
Luego que pasan la fiesta, el pueblo se muere. Nada hay que lo reviva hasta el siguiente año. Pese a todo, los habitantes son orgullosos, y no les falta razón. La mayoría de ellos son gente blanca y muchos tienen ojos azules.
Se nota la mezcla europea en su mestizaje.
Cuentan los viejos que los amos de la Hacienda tuvieron hijos regados por dondequiera. Las madres llevaban a sus hijas para que sirvieran en los quehaceres domésticos en la casa grande, muchas de ellas salían preñadas de los patrones, y esto, más que enojo era motivo de alegría.
Los nietos güeritos eran motivo de orgullo, por eso los sanmarianos eran tan vanidosos, se sentían superiores a todos los de los demás pueblos: decían que por sus venas corría sangre europea.
Uno que sube y otro que baja.
Cuando empezó el progreso de San Antonio también inició el declive de Santa María.
Con la carretera nueva se abrieron tiendas comunales en San Antonio, apegadas a sus costumbres ancestrales. Luego que se fueron los que abrieron la carretera que pasaba por el pueblo empezaron a llegar las peregrinaciones. Los habitantes aprendieron el oficio de la construcción y muchos de ellos aprendieron también a manejar automóviles, con el uso cotidiano del castellano ya lo hablaban bien y también lo comprendían.
Las barracas de madera pronto fueron sustituidas por las de concreto. La compañía olvidó mucho material de construcción en el campamento abandonado: varillas, arena, cientos de bultos de cemento, cal, y mucha grava. Como solo aprendieron a hacer ligaduras y colados para puentes, sus construcciones eran de gran fortaleza.
Con la ayuda del padrecito fueron modificando la forma de hacer sus trabajos para ahorrar material y hacer casas en lugar de bunkers.
Los pocos sanantonienses que se fueron enrolados con la compañía volvían los fines de semana. De vez en cuando, el Ingeniero les mandaba un camión de grava, de varilla o de cemento para apoyarlos en sus obras pueblerinas.
Así hicieron sus primeras aulas y su casa popular.
Siempre había peregrinaciones, las barracas se volvieron hoteles. La iglesia estaba todo el tiempo llena de fieles. De las rancherías vecinas la gente bajaba a comprar sus mercancías en San Antonio, que eran más baratas que en Santa María; además, la gente de San Antonio era muy sencilla, no tenían que soportar pobladores groseros y desdeñosos como los sanmarianos; de paso escuchaban misa y se confesaban.
San Miguel se fue quedando solo; y al paso del tiempo, muerto el comercio, lo único de que se mantenían era de su ganado, que gracias al enorme valle ligado a la vida del pueblo, era el mejor de la región.
Por el año 1957, llegaron al rumbo unos funcionarios del Gobierno Federal para hacer una revisión de todo el ganado. Decían que había aparecido la "fiebre aftosa" en el ganado. Los de los poblados cercanos decían que a diario les sacrificaban alrededor de 50 animales y que no había forma de evitar la masacre. Cuando los inspectores del gobierno llegaron a Santa María del Refugio la gente estaba muy preocupada, y con razón. Los inspectores les dijeron que todos los animales del pueblo estaban enfermos y que había que matarlos a todos. Entonces pensaron que solo un milagro podría salvarlos de lo que se avecinaba. Pensaron en San Antonio que tantos milagros había hecho con el miserable pueblucho que hoy les competía y ganaba en todo. Pero cómo ir para allá después de tantos resentimientos. Fueron a proponerle a su párroco que suavizara las cosas con los sanantonienses para poder ir a pedir un milagro a su santo patrono.
El anciano sacerdote de San Miguel los sermoneó por enésima vez desde el púlpito:
Esta es una señal de Dios para todos nosotros. Ahora piensan en ir a San Antonio en peregrinación para pedirle un milagro cuando antes eran los verdugos de esa pobre gente.
Los sanmarianos escuchaban cabizbajos.
-Cuántas veces les dije desde este mismo púlpito que debían practicar la caridad con los más humildes y jamás me escucharon.
Cuántas veces les dije que Dios repudia la soberbia y por eso escogió una familia sencilla y bondadosa para venir a este mundo.
Cuántas veces les dije que quién ofende a un desvalido ofende a Dios.
Cuántas veces les dije que todas esas joyas que traen para poner en la corona de la Virgen no valen nada, si antes lastimaron y humillaron a un menesteroso.
El viejo sacerdote se emocionó:
¿A quién creen que hacen pendejo, a Dios?
¿Creen que él no conoce lo que llevan dentro?
El favor de Dios no se compra. Si no abren el corazón a sus palabras están perdidos.
Cuando terminó la misa se hizo una reunión para nombrar una comisión de ciudadanos que acompañarían al párroco a hablar con la gente de San Antonio para que permitieran la peregrinación.
El padre les dijo: esperen al mes que viene, es la fiesta de San Antonio.
Iré allá y le comunicaré al párroco del lugar que nos gustaría mucho que la virgen visite a San Antonio en sus fiestas patronales, así juntaremos a los dos santos patronos, y la divina gracia del señor permitirá que todo quede también en santa paz entre nuestros pueblos.
Para fortuna, dando un largo rodeo, ya se podía acceder por una muy moderna carretera al pueblo de San Antonio, así que el viejo cura pudo ir varias veces a platicar con su colega. Los dos sacerdotes hablaron y acordaron que las cosas se harían tal como estaban planeadas.
Las mujeres de San Miguel que habían sido favorecidas con la maternidad por intercesión de San Antonio tuvieron una mejor idea:
-Pidamos perdón, vayamos con regalos para los del pueblo y llevemos un estandarte con la imagen de su santo patrono para que allá la bendigan.
"No son gente mala, luego de un rato ya ni se acuerdan de los que les hacíamos".
"Hay que hablarles con el corazón y pedirles perdón por las agresiones y las ofensas; luego ya entramos a ver a San Antonio, y segurito que él nos escucha".
Cuando el padrecito les comunicó a los santanonienses que desde Santa María vendría el pueblo entero en procesión trayendo a la virgen para pasar las fiestas como invitada de San Antonio, se caldearon los ánimos. Los más enojados eran los ahora adolescentes que en esos tiempos eran niños, los que fueron golpeados y robados y luego corridos bajo una lluvia de piedras.
La habilidad del cura se impuso, y al final obtuvo el poderoso mandato de los 7 Jueces de acatar el consejo de su párroco.
Contentos o no, todos aceptaron.
Mientras tanto allá en Santa María los inspectores de sanidad animal ya habían empezado con la matanza de las reses. Como ya les habían contado sus vecinos, nada se podía argumentar, veían a los animales y con la pura vista decían: esta está enferma, y así sentenciaban a todas al sacrificio.
En acuerdo secreto, los sanmarianos decidieron expulsar a los inspectores del gobierno por la fuerza. En eso eran expertos, tras una lluvia de rocas, con los parabrisas de los vehículos oficiales astillados, los veterinarios y otros burócratas abandonaron el pueblo. Se marcharon enfurecidos, amenazaron con volver, ahora con el ejército, para aplicar la disposición del gobierno de sacrificar a todas las reses enfermas del lugar. Santa María del Refugio vivía a partir de entonces en constante zozobra. En cualquier momento llegarían los soldados y a culatazo limpio los meterían al orden; luego todos los animales serían sacrificados. Lo sabían.
Así estaban las cosas en Santa María para cuando llegó el tiempo de las fiestas de San Antonio.
A las cinco de la mañana se escucharon los primeros cohetones de vara reventar en el cielo. Bajaron la imagen de la virgen de su pedestal y la colocaron en una litera para ocho manos. La sujetaron bien con unos cordeles muy blancos, talvez de seda, y salieron rumbo a las montañas en un ambiente de cantos y rezos.
Ocho horas de camino a pie entre veredas montañas les esperaban para llegar a San Antonio.
¡Oh Maríiiia
Madre mía
Oh consuelo
de bondad!
Alabarte y
Los cánticos .
¡Shhhh Peeekkkk!
Los cohetones de vara, irrumpiendo en el cielo abierto, dejando su nube oscura tras el destello como huella del festejo, y a lo lejos, esa voz del trueno que se quiebra como en mil pedacitos de eco.
Casi al atardecer los habitantes de San Antonio escucharon el tronido del primer cohete. Todo el pueblo salió hasta la ermita del otro San Antonio, el primero; apostado como dijimos rumbo al Pueblo de Santa María del Refugio.
Allá a lo lejos una mota verde se dejaba ver por los costados de la montaña. Luego parecía un gusano ciempiés. Jamás pensaron que un día, una peregrinación de todo el pueblo de Santa María llegaría por esos rumbo.
Después de un rato los cánticos se empezaron a escuchar.
Cuando el pueblo de Santa María ya estuvo a la vista en su totalidad, los sanatonienses y los peregrinos visitantes formaron una larga valla para que por en medio pasaran sus otrora acérrimos enemigos.
No lo podían creer. Los vanidosos y groseros sanmarianos entraban cabizbajos al pueblo, llevando en sus espaldas unos pesados fardos. Seguían a las mujeres que ya conocían el pueblo, así se fueron directo al templo de San Antonio.
Allá estaban ya los dos párrocos.
Habían dispuesto dos nichos para colocar las dos estatuas, una junto a la otra.
Una vez ubicados en su lugar, dio inicio la misa.
Los de San Antonio notaron que su santo patrono era enorme; a su lado, la virgen se miraba como una niña. Esto les llenó de satisfacción. Se pusieron muy alegres pues para ellos el tamaño era muy importante. Esto también lo notaron los de Santa María, a ellos no les pareció nada bien pero no dijeron nada, venían en paz y humildes como nunca.
Luego de la misa los dos párrocos apuraron a su respectiva grey para que se abrazaran. Los sanmarianos sacaron de los fardos los presentes del desagravio. Pidieron perdón uno por uno, hablando al círculo de santantonienses que les escuchaba atentos; y estos, sencillos como eran, les abrieron el corazón y los perdonaron.
Se abrazaron y departieron amistosamente durante la celebración.
Al día siguiente, que era el día principal de la fiesta, el "Señor Justicia" de Santa María del Refugio tomó la palabra antes de la misa y pidió a San Antonio, con una voz emotiva y a veces sollozante, a nombre de todos los de su pueblo el milagro de alejar a los del gobierno, y que no sacrificaran a su ganado.
El espectáculo fue conmovedor. Había lágrimas en la gente de ambos pueblos.
Los unos pedían por sus hijos, en medio de la necesidad en que se habían quedado; los otros miraban cómo, de ser un pueblo acosado por los sanmarianos, su santo patrono había traído hasta aquí a sus ofensores para suplicar a través de él, la ayuda del cielo.
Bueno, hay que decir que San Antonio ya no era aquel pueblito empobrecido.
Hoy tenía sus calles de asfalto, casi todas sus casas eran de concreto, tenían su escuelita y la organización comunal les había traído a todos una mejor calidad de vida; en cambio el pueblo de Santa María del Refugio tenía sus calles en muy mal estado; la gente de los ranchos ya no iba para allá, ahora de todo se surtían en San Antonio sin importar que a algunos de ellos les quedara más lejos; todo era más barato y más nuevo. Ahora tenían tres pequeños autobuses que los llevaban y traían a las ciudades más cercanas. Todos los días venían peregrinos a pedir favores a su santo patrono, eso mantenía vivo el comercio. Había mucho dinero y todo se repartía equitativamente, según sus ancestrales tradiciones comunales.
Al día siguiente la peregrinación sanmariana partió rumbo a su lugar de origen.
Los cohetes, los cánticos de alabanzas, los rostros compungidos y suplicantes acompañaron a los pedimentos lanzados al paso, a sus otrora rivales:
-No dejen de orar por nosotros, que no nos maten a nuestros animales, es todo lo que nos queda.
"Pidan por nosotros".
Al despuntar el alba todavía se alcanzaban a ver las minúsculas siluetas de la gente de Santa María del Refugio que volvía a su pueblo llevando a su delicada virgen sobre sus hombros.
Los soldados.
Cuando llegaron los soldados al pueblo de Santa María del Refugio se sorprendieron al encontrar todo cerrado. Solo los perros salieron a ladrar. Las calles solitarias. Ni un alma por ningún lado. Al comandante de la fuerza todo eso le pareció muy extraño. Los de sanidad animal, que estaban ardidos por la agresión recibida de parte de los habitantes del pueblo, aconsejaron aprovechar la ausencia para matar a los animales que en ese momento estaban solos en los corrales; pero el mílite les dijo que no, que todo esto era muy extraño, que pediría instrucciones a la Zona Militar por medio de la radio.
Se escuchó el sonido característico de los radiotransmisores:
-Con la novedad que el pueblo ha sido abandonado mi general
-Cómo Ya buscó bien Póngase en contacto con la autoridad municipal
-Ya lo hicimos mi general, pero no hay nadie, el pueblo está solo, ya mandé un pelotón de soldados para hacer un rondín por los alrededores y no hay una sola alma!
-Espere en el lugar, pediré órdenes a la Secretaría de la Defensa
-Aquí espero mi general.
-Dígale al señor Presidente que las cosas se están poniendo difíciles en la zona de Santa María del Refugio. Me reportan que todo el pueblo ha abandonado sus casas. Dejaron sus casas cerradas con todas sus pertenencias dentro.
A lo mejor es el principio de un levantamiento popular.
-Que dice el señor presidente que salgan del pueblo.
Que dejen las cosas así como están hasta que se calme todo. No sea que la inconformidad se extienda por los demás pueblos y eso se nos vuelva un polvorín.
-Enterado señor.
-Coronel Magallón. De orden del mando superior, que abandonen de inmediato la zona, que les comunique a los inspectores de sanidad animal que por el momento cesan en sus funciones y que se concentren en la capital de la entidad hasta nueva orden.
-Enterado señor, se cumple de inmediato la orden.
Pero el pueblo no se ha quedado solo.
Hay ojos que ven y esperan a ver qué pasa.
Es la hora media del día, los del pueblo ya deben venir de regreso por la sierra.
Los soldados se marchan
Apenas escuchan los cohetes salen de sus escondites los dos únicos moradores que quedaron ocultos en el campanario por si cualquier cosa.
Pegan la carrera para ir al encuentro de sus vecinos. Les platican todo lo que escucharon decir por la radio.
Se fueron y por ahora no volverán.
Esa tarde es de devoción.
Pese a los pies desechos por los guijarros y abrojos del camino y al tremendo cansancio, inician un maratón de oración dando gracias a San Antonio por el milagro realizado.
El ganado, único patrimonio que les queda para medianamente vivir, ha sido salvado.
San Antonio nos ha perdonado, nos ha hecho el milagro.
El párroco quiere explicar pero mejor se calla, es inútil hablar con esta gente -piensa-, todo tiene que ser a su modo, hasta el actuar de Dios.
Amanece. Con las luces del alba se dan por terminados los rezos.
La gente se siente en paz. Se sienten protegidos y escuchados. Dios, por San Antonio, ha movido lo necesario para que no queden sumidos en la miseria.
Cada uno se marcha a su casa. Dormirán un rato para recuperar fuerzas y luego seguirán con sus vidas de siempre.
Meses después escuchan por la radio que la fiebre aftosa ha sido erradicada por completo en todo el territorio nacional (...). "La campaña ha sido todo un éxito".
En menos de un mes llegan las primeras latas de leche en polvo de una compañía muy reconocida, con nombre de pesebre para pajaritos, que sustituye a la leche dura y peligrosa de los establos tradicionales, para el consumo de la población.
Años después, cuando "el benemerito" ya ha dejado el poder, se da a conocer que es socio de la famosa compañía de leche en polvo.
Capítulo III
Reflexiones sobre el retorno a sus raíces
Reflexiones sobre el retorno a sus raíces
Amanece. La mirada del joven párroco de San Antonio contempla absorto la magia que cotidianamente se repite en la Sierra Negra. Los pinares adheridos a los costados de la sierra van despojándose de las vestiduras sombrías de la noche, y se van tiñendo de verde con las primeras luces del alba. El valle amanece vestido con el maravilloso poncho blanquecino de la neblina. Hay un extraño leit motiv en el ambiente del amanecer que habla con él en el lenguaje sin nombre con que la naturaleza se expresa. Trinos, cantos, vuelos. Las nubes que despiertan de su sueño nocturno y lucen sus blancos cachetes algodonados. Allá a lo lejos, la laguna quiere volverse espejo de las montañas lejanas. Qué ternura hay en la gota de escarcha que besa a la hoja antes de volverse viento invisible sin tener alas de mariposa. Es como mirar el beso más tierno que da la naturaleza a las hojas, solo comprable al de una madre a su hijo recién nacido.
Todo sigue igual en estos montes, pero a él sí la ha sucedido algo, se ha transformado: mira diferente, siente diferente y piensa diferente.
La vereda de tierra roja donde da su paseo matinal le estimula con su quietud para internarse en sus cavilaciones.
Piensa, recuerda, deduce.
¿Quién soy? ¿De dónde vengo?...
Las preguntas surgen planteándose como siempre una respuesta dual.
Para lo místico solo tiene como respuesta su propia fe. Pero los confines de su fe han sido trastocados por todos los sucesos de los últimos tiempos. Tantos hechos abruptos que suceden y suceden y no dan tiempo para escudriñarlos en busca de respuestas. Se mira a sí mismo como persona y se compara con los habitantes de San Antonio. Para ellos la explicación no reclama ni meditaciones ni respuestas. Suceden y ya. Asumen la desventura con la misma capacidad que tienen para experimentar la alegría. Para ellos no hay preguntas complejas: se nace y se muere, mientras tanto se ríe y se llora. Hay noche y hay día; hay tiempo de lluvias como lo hay de estío. Hay vivos y son muchos; hay muertos y también son muchos, tantos como vivos ha habido. Nacer es como el amanecer y morir es como los ocasos, cosas ambas, que ocurren todos los días casi de la misma forma y que nunca dejan de suceder.
En el terreno físico cree tener todas las respuestas.
Ahora, lejos de su familia, ha tenido tiempo para meditar y dejar de huir de sus fantasmas. Quién es de dónde viene, nadie del pueblo lo sabe; y quizá no lo sabrán nunca.
Mira la sierra y sus valles, los rostros de la gente que le rodea y luego se responde a sí mismo: No vengo de ningún lugar lejano. Soy de aquí, he vuelto.
Afloran los recuerdos de su niñez. Galopa siguiendo a su padre por estos mismos valles. Mira al gigante que siempre está vestido de Sierra y siente su misterioso llamado.
¿Qué habrá en ese azul brumoso que cubre las montañas?
Su poderosa imaginación infantil lo vuelve un águila que sobrevuela los lugares ocultos a la presencia de los hombres. Cascadas, valles floridos, cabañas, hombres extraños, todo irrumpe desde el suelo hasta la imaginaria visión aguileña que se sublima al contemplarlo todo desde las alturas.
También le ha preguntado a Felipe, el caporal mayor de su padre:
-Felipe, ¿qué hay en esas montañas?...
El hombre, ya en la mayoría de edad, se queda viendo el rostro del niño tratando de entender el origen de sus inquietudes, luego vuelve su vista hacia esos montes y responde:
-No sé, árboles, pumas, venados, piedras no sé, nunca he ido por ahí.
Nada, lo más probable es que no haya nada.
Por ahí no hay ningún cristiano, eso sí que es seguro.
La respuesta de Felipe lo asombra. Él, que lo sabe todo, ha dicho algo que no esperaba:
-No sé Nada, no hay nada.
Felipe, el que le explica a su padre todo cuanto quiere saber sobre su propiedad ha dicho que no sabe qué hay por esos rumbos.
Si su padre le oyera
Sonríe al recordar retablos de su niñez.
Los siguientes recuerdos son del momento de su partida.
El llanto de su madre y el rostro inexpresivo de su padre.
De esa imagen va a otra: sus años escolares en Italia. La vida vacía de sus padres, que se consume entre los muros fríos de su nuevo lugar de residencia, y la permanente indiferencia a todo cuanto les rodea.
Su madre se aburre; y su padre se siente vacío, ha dejado de ser como un dios: amo y señor de vidas y hacienda. Ahora es un hombre común como tantos que se cruzan por los cafés y las plazas de su nueva residencia. Gracias a su holgada situación financiera no tiene de qué preocuparse, pero siente, anhela y precisa de tener en qué ocuparse, en qué ser de nuevo la persona más importante.
Ambos se han vuelto introvertidos. Ajenos a cuanto les rodea.
El amor de sus padres se limita a proporcionarle los mejores internados y todo cuanto se le antoje. La vida se vuelve monótona, vacía. La ostentación es lo único que da un poco de sentido a sus vidas. Todas sus charlas van al mismo sitio, a su época de grandeza: Santa María del Refugio, su feudo añorado, su paraíso perdido.
Cuando ya es adulto se niega a consumirse en la misma agonía de sus padres, busca respuestas para su vida en la religión y trastoca los entornos bíblicos con los parajes agrestes de su niñez: Yo también quiero poseer únicamente una roca para posar mi cabeza cuando duermo", "y tener el cielo abierto como único techo. ¿Dónde hay un lugar así?
Sus pensamientos siempre vuelan al mismo sitio: La Sierra Negra.
Asume los hábitos religiosos y solicita un lugar de su país de origen para consumar sus votos de pobreza.
Hay un lugar donde no me gustaría vivir, es San Antonio.
Es la loma de la sierra al fondo del valle.
Ahí solo mandan a los indios, ellos están acostumbrados a no tener nada.
Está tan lejos del casco de la hacienda que da pereza llevarles los bastimentos, a ellos no les importa, están acostumbrados a sufrir carencias: así nacieron y así mueren.
Es la voz de Felipe, el viejo caporal mayor que aún revolotea fantasmagóricamente en sus recuerdos infantiles.
Donde para unos está la muerte, quizá encuentre yo razones para la vida, piensa.
***
-¿"Cómo dice se llama el lugar a donde quiere ir, Padre"?...
-A México, a San Antonio.
-¿Y dónde queda eso?
-Usted disponga de mi destino, ya le iré diciendo a quien corresponda cómo he de llegar.
Y llegó.
Primero llegó a Santa María del Refugio y ahí el padre le facilitó dos borricos para que atravesara la tierra con sus pequeñas maletas rumbo al lugar escogido.
-Es un sitio sin alma hijo, ahí no vas a encontrar nada.
-Lo sé padre, eso es lo que busco para mi misión.
Ahora estaba aquí y nada era igual. El pueblo había sufrido transformaciones casi mágicas desde su llegada. De la pobreza extrema a la opulencia colectiva. Solo sus principios comunitarios les habían salvado de la corrupción humana que sobreviene de la abundancia. Lo que les ayudó a estas gentes a sobrellevar la miseria también les permitía ahora compartir la abundancia.
Cuando la abundancia llegó al pueblito, él se apartó de todo aquello.
Tiene tiempo viviendo en una pequeña ermita que construyó con la ayuda de la gente del pueblo, que todo lo hacen de manera colectiva. Es ahí, donde los pobladores decidieron que dejarían a San Antonio El Chico, como llaman ahora al primer icono creado por las mágicas manos del niño Pedrito Nacahuaca.
Ha sido necesario mucho esfuerzo para poder rechazar lo que le corresponde según las normas de una comunidad que lo ha adoptado como parte de ella. Es el único personaje ajeno que tiene permitido morar entre ellos. Juntos han recorrido el camino de transformación de ser un pueblo menesteroso a una comunidad tan afortunada.
¿Será eso un milagro?, no lo sabe, las cosas solo ocurrieron así.
En una de las tantas ocasiones que conversó con los 7 Jueces para saber lo que pensaban de todo lo que estaba pasando, ellos le dijeron que el pueblo tenía tres símbolos a los que atribuían su fortuna: uno era él, el otro el niño Pedrito Nacahuaca; y el último, su santo patrono. Pensaban que cuando uno de los tres símbolos desapareciera de sus vidas el encanto también desaparecería porque nada es eterno, todo es como el día y la noche, como el nacimiento y la muerte.
Estamos listos para cuando algo así suceda le habían dicho-, la vida es así, a todo se acostumbra uno mientras se está con vida, eso es la vida.
Una visita inesperada
El último milagro de San Antonio se propagó más allá de los pueblos cercanos.
El Santo había retirado con su gran poder a las fuerzas del gobierno, se decía por todas partes. Cómo se lamentaron los pueblos que perdieron su ganado a manos de los inspectores por no haber sabido a tiempo de la existencia de ese ícono de cantera verde.
Unos por curiosidad y otros por fe movieron sus existencias para ir por la carretera nueva a conocer al milagroso San Antonio. Las calles del pueblo se volvieron intransitables todos los fines de semana que sucedieron al último gran milagro. Cuando la euforia se atenuó, la parroquia de San Antonio tuvo una visita inesperada.
Un flamante vehículo se estacionó frente a la entrada de la parroquia. El conductor se bajó apresuradamente para abrir la puerta a uno de los dos personaje que viajaba en el asiento trasero.
Un hombre gordo, con elegante indumentaria de clérigo se apeó.
Ordenó a su asistente, que también viajaba con él en la parte trasera del vehículo, que fuera dentro del templo y lo anunciara.
-El Señor Obispo está aquí le dijo el asistente al párroco de San Antonio-, está haciendo un recorrido por la nave.
Parado frente a la imagen verde de San Antonio, el obispo observaba detenidamente cada uno de sus detalles.
-Así que esta representación de San Antonio la hizo un niño.
-Sí señor Obispo.
-Es increíble. Bueno, sagrado desde su transformación de burda roca a imagen de culto. Las manos de los niños son santas.
-Sí señor Obispo.
-Sabe Hay algo que no está bien en lo que está usted haciendo. Si no es por el párroco de Santa María del Refugio no me entero de que aquí ya se construyó un templo, ni me entero de que toda nuestra feligresía está volcada en devoción a este intercesor nuestro ante El Padre.
Otra cosa que veo muy mal es que no hay una urna para las limosnas de los fieles. Hay mucha devoción desperdiciada.
-Su ilustrísima, yo guardo el voto de pobreza, esa es la razón por la que vine aquí.
-Usted, padre, pero usted no es la Iglesia, ni sus necesidades son las suyas. La Iglesia tiene misiones y obras cristianas por todo el mundo. Además de los milagros -que bienvenidos sean- se requieren fondos, muchos fondos para su universal obra evangelizadora.
El párroco de San Antonio enmudeció. Despertó del sueño infantil que estaba viviendo. Ahí, frente a él, estaba el otro rostro de la religiosidad, que ya se apuraba a organizar financieramente sus dominios.
-Antes de que pasen las fiestas de Santa María del Refugio, de las cuales me ha puesto ya al tanto el párroco de allá, le nombraré un coadjutor que sirva de enlace entre usted y yo, ya que usted no ha tenido la atención de mantenerme al tanto de cuanto aquí sucede. Usted me hará el favor de introducirlo en la confianza plena de la feligresía, no le será difícil, él es un sacerdote muy hábil para esos menesteres, está muy bien preparado y tiene mucha experiencia para tratar a este tipo de gente.
A eso había ido. Cuando concluyó el propósito de su visita se marchó y dejó al sacerdote inmerso en un mar de reflexiones, no todas gratas, por cierto.
De los justos equilibrios
El coadjutor hizo acto de presencia tal y como el Obispo lo había ofrecido. Era un hombre joven de ademanes muy estudiados. Con él llegaron las urnas doradas para ponerlas al pie de la imagen del venerable y milagroso San Antonio. También colocaron otras al pie de las nuevas imágenes que el señor Obispo sugería como indispensables para la tardía catequización de la comunidad.
Vírgenes y Ánimas Benditas del Purgatorio.
Cuando se encontraba solo con su auxiliar parroquial, el gesto de este era muy aprensivo para todo cuanto era organizar económicamente el culto, muy indiferente en el trato personal. Hablaba siempre con mucha autoridad, como buscando volver un hábito ser obedecido en todo.
Pero todo cambiaba cuando había feligreses presentes. Entonces suavizaba las facciones de su rostro, el cual se tornaba de una dulzura asombrosa. Le brotaba piedad y amor hasta por su mirada y su voz se volvía de una suavidad exquisita; parecía que cada palabra brotaba envuelta de invisibles perfumes. Juntaba las palmas de las manos frente al pecho uniéndolas delicadamente bajo la barbilla, siempre con una leve genuflexión, tan estudiada que parecía andar por la navecilla del templo en permanente reverencia.
No tardó mucho en disponer que las autoridades de la comunidad se reunieran con él en la nave de la iglesia para tratar cuestiones sobre los justos equilibrios que debían existir entre los párrocos y las autoridades.
Los 7 ancianos acudieron y lo escucharon con mucha atención.
-"Necesitamos una donación de terreno junto a la iglesia para construir ahí la residencia parroquial, un dispensario y también un pequeño atrio para las celebraciones".
"Todo será propiedad de la Iglesia". "Dios vería con buenos ojos la donación externa de un amplio terreno para construir albergues adecuados para los peregrinos". Nos van a apoyar personas muy distinguidas, cercanas a nuestra fe, que invertirán en la construcción y de paso les darán empleos a todos ustedes.
"Aquí al lado, tenemos planeado un pequeño centro comercial donde se venderán artículos religiosos para el culto": estampas, velas, rosarios, milagros en fin todo eso que falta aquí.
Los 7 Jueces lo escucharon. Nada dijeron. Así como llegaron se marcharon.
Cuando se quedaron solos coadjutor y párroco, el primero le indicó al último que se ocupara en los días siguientes, en mirar que aceptaran todas las solicitudes que les había hecho.
-No van a aceptar respondió el párroco-, sus leyes son rígidas.
-Para eso estamos nosotros, para hacer el trabajo de Dios y de la Iglesia.
***
-¿Qué está usted haciendo padre?
-Preparándome, me marcho.
La noticia se corrió como reguero de pólvora. Los 7 ancianos fueron hasta la ermita para platicar con él.
Lo escucharon.
Una vez que se enteraron de las razones de su partida le dijeron:
-Ya ve que las cosas son como le dijimos padre, todo tiene un principio y un fin, pero espérese un poquito más, váyase después de las fiestas de Santa María del Refugio, hay cosas que todavía están por cumplirse. Luego ya se va.
Al coadjutor le extrañó la inesperada ausencia del padre.
Le mandó llamar con una de las mujeres del pueblo, y por toda respuesta recibió en una caja los hábitos sacerdotales.
Acudió a la ermita para hablar personalmente con él.
-Espérese al menos para las Fiestas de Santa María del Refugio.
Encabece a todo el pueblo en la peregrinación. Yo no soy para esos andares.
Lo necesito por esta última vez. Luego se marcha.
Hágalo por el amor de Dios.
Está bien, lo haré por el pueblo, al que le tengo tanto cariño.
Capítulo IV
Las Fiestas de Santa María del Refugio con San Antonio de Invitado
Las Fiestas de Santa María del Refugio con San Antonio de Invitado
Bajaron los de San Antonio con su santo a cuestas.
A las puertas de Santa María del Refugio se había formado una larga valla.
Una comisión de mujeres vestidas con ropajes verdes los alcanzó antes de llegar al pueblo. Cantos de alabanzas, cohetes, cirios, velas e incensarios de carbón alimentados con copales blancos formaron parte de la bienvenida.
Por la carretera llegaron los que traían todos los presentes: pozole, birria, carnitas y tamales muy picantes llegaron todavía tibios.
Otro vehículo llegó cargado con cartones de botellas de vino y cervezas. Trajeron hasta mariachis. Gran ostentación mostraron los de san Antonio. Ahí en el atrio de la iglesia de Santa María ya estaban dispuestas largas mesas para recibir a los invitados. Les dieron a todos los de San Antonio unos listones verdes que eran como un pase especial para tener derecho a todo el banquete preparado en su honor.
Los peregrinos de otros rumbos se contentaban mirando desde afuera del atrio. Para ellos estaban los puestos de comida y bebida de los vendedores.
Hubo mucho descontento silencioso por parte de algunos sanmarianos al ver tantas distinciones para sus anteriores dependientes económicos; y sobre todo la ostentación que hacían con tantas viandas y bebidas que habían traído y que ahora ellos no podían pagar.
Una cuarta parte del banquete fue puesto por los de Santa María, las otras tres cuartas partes por los de San Antonio; y que "si hacía falta irían por más", -dijeron.
Los que traen a San Antonio en hombros lo llevaron hasta el altar conjunto que el párroco anfitrión ya había preparado para que ambas imágenes compartieran el mismo sitio principal.
Cuando ya estuvieron colocadas, la gente se dio cuenta otra vez que San Antonio parecía un gigantón y Santa María una muñequita minúscula.
Nadie dijo nada, pero a muchos de los sanmarianos eso no les gustó.
Hubo una misa de bienvenida y luego salieron los padres a bendecir las enormes ollas que contenían el banquete. Luego de esto cerraron bien la iglesia para que ya nadie entrara y toda la fiesta se llevara al cabo en el atrio.
-"Échele el piquete mi amigo, no sea codo" "Póngale alegría a ese ponche, que no se diga que los de San Antonio son agarrados cuando hay fiesta".
Las botellas de vino se vaciaron como cascada de fuego en las ollas de barro que contenían la bebida tradicional a base de frutas y cañas.
-¡"Salud"!...
-¡"Salucita de la buena mi amigo"!
-¡Qué bonito es el placer de estar con amigos tan queridos!
¡Salud!
¡Que vivan los de San Antonio!
¡Siií, que vivan!
Los de san Antonio no se quedaron atrás.
¡Brindo por los mejores amigos del mundo!
¡Que vivan los de Santa María del Refugio!
¡Qué vivan! los coros.
Los cohetones buscaban los cielos con esos ímpetus escandalosos que parecen agitados cascabeles de mil víboras. Allá arriba estallaban vueltos un enorme círculo verde que parecía no querer desvanecerse.
La fiesta fue larga.
Muchos se quedaron recostados sobre las bancas de madera que servían como asiento. Otros tuvieron cuerda para toda la noche, uno de ellos el cohetero.
Algunos no estaban de fiesta.
Unas sombras lograron entrar a la nave del templo y se fueron directamente al altar donde estaban las imágenes de los santos patrones de ambos pueblos.
Iban ebrios.
Consiguieron en el mercado unas cajas hechas con tablas de madera muy débil y quebradiza, de las que llaman cascos, en las que meten la fruta; feas y quebradizas.
Alzaron la imagen de La Virgen y le pusieron debajo tantas como fueron necesarias para que ambos íconos estuvieran a la misma altura. Una vez terminado, observaron su obra. A uno de ellos se le ocurrió que La Virgen debería quedar mucho más alta, pues era la Madre de Dios, y San Antonio era cualquier otro santo del montón.
Les pareció bien la idea, y de nuevo pusieron manos a la obra.
Ahora la base de la virgen quedaba justo sobre la cabeza de San Antonio.
Se sintieron felices por su obra.
Cubrieron con un lienzo dorado las cajas para que nadie notara lo que eran.
Ya para despedirse uno de ellos celebró folclóricamente la ocurrencia.
-Para que sepan estos hijos de la tiznada que en el cielo como en la tierra, siempre estarán muy por debajo de nosotros.
Jajajaaja. Explotaron en carcajadas.
Uno de ellos mostró algo de prudencia:
-Shhh Cállense, bajen la voz. Se van a dar cuenta de lo que hicimos y se nos va a armar la de dios padre
Allá afuera la fiesta continuaba.
Se servía la enésima ronda de vino, ya sin ponche, porque se había terminado:
-¡Hasta que el cuerpo aguante!
-¡"Salucita de la buena!
-¡Salud!
-¡Vivan los de San Antonio!
-¡Vivannnn!
-¡Vivan los de Santa María, que también es pueblo!...
¡Que vivan!
Cuerdas y guitarras del mariachi dejaron sus dulces quejidos impregnados en la noche.
¿Cuántos abrazos hubo?
¿Cuántos romances inesperados?
Solo las sombras saben
Solo el silencio es testigo; y ambos, para fortuna de los hombres, son mudos.
Un cohetón al mediodía
Antes de las luces del alba el campanario del templo de santa María del Refugio anunció con su metálico jolgorio el inicio del día de la Santa Patrona del pueblo.
Vuelan y vuelan los ecos por todos los rumbos para avisar a todos que es el día más importante de la fiesta. El anciano párroco, preso de los tormentos de los insomnios que le han llegado con la edad, da gracias a Dios por tener al fin en qué ocuparse y abandonar el lecho. El sacristán ya ha abierto las puertas de la iglesia de par en par. La gente que madruga acude como todos los días a la primera misa. Los que se la pasaron toda la noche celebrando en el atrio siguen durmiendo la borrachera. Se celebra la misa para los madrugadores, y el cura los despide con la bendición después de un sermón rutinario. Guarda sus mejores reflexiones para la de las doce, la hora de la misa principal.
Una tras otra transcurren las ceremonias religiosas. Al filo de las once de la mañana el sacristán descubre que hay algo raro en el altar. Se lo comunica al cura, este mira la modificación que han operado manos extrañas en el altar. Como el templo ya está siempre lleno por los visitantes que ha venido de todos lados, decide que las cosas ya se queden así.
Está furioso.
-"Esta gente no aprende dice, para sus adentros-".
Suenan las campanadas para la misa principal. Ya todo mundo está despierto.
Dentro del templo no cabe más gente. Allá afuera se escucha la banda de vientos que han traído los pescadores de Santa Fe de los Rosarios para que le toquen las mañanitas a la virgen, una ranchería de las orillas de la laguna del mismo nombre.
La presencia del cohetero se hace notar con los lanzamientos consecutivos de las humeantes varas que desafían a la gravedad en busca del cielo.
¡Shhhh Peckkk!
Una y otra vez.
La gente se ríe de él porque anda bamboleándose de ebrio a causa de los últimos tragos de la mañana.
Se tambalea, da traspiés
Jajajaja,
La gente no desaprovecha la más mínima oportunidad para divertirse. Está de fiesta.
El hombre pierde el equilibrio inesperadamente y una de las varas entra en la parte circular del lado superior de la puerta de la iglesia. Viaja como ráfaga, con tan mala suerte que va a dar justo en los cajones que sirven a la imagen de La Virgen para quedar más alta que San Antonio.
Luego, sobreviene la explosión.
El trueno se encierra en la bóveda y los muros, y ensordece a todos ahí dentro.
Hay gritos de espanto, llantos de niños, confusión; mucha confusión.
La imagen de la virgen da un giro extraño.
Pierde la vertical y ante la atónita mirada de todos los peregrinos va a caer sobre la cabeza de la otra estatua. Se escucha un extraño sonido, como el de un jarro hueco que se rompe. Es el sonido de la porcelana al fragmentarse.
Luego de chocar, todavía entera, la imagen se precipita al suelo y ahí termina hecha añicos.
El lienzo de tela dorada que cubría su improvisado pedestal es arrastrado en la caída.
Quedan al descubierto las rejas de madera que "alguien" puso ahí durante la noche.
Se escucha el griterío. Dentro del templo se ha generalizado el caos. Hay gente que busca desesperadamente la salida.
El sacerdote no sabe qué hacer. No lo puede creer. Se siente culpable por no haber ordenado, cuando estuvo a tiempo de hacerlo, que se retiraran las cajas.
Todo por protegerse del "qué dirán".
Se agacha y lo único que acierta a hacer es recolectar uno por uno los fragmentos de la imagen, desperdigados por todos lados.
La gente actúa instintivamente. La única idea que tienen es la de salir y avisar a todo mundo lo que ha pasado. Pronto se extiende la noticia. Es impactante lo que ha ocurrido. Para las mentes pueblerinas resulta complejo explicar "cuál es el significado divino" de lo que acaban de presenciar.
Hay otras mentes heridas por la culpa que se miran entre sí y reaccionan como si fueran uno solo para desviar la ira religiosa a otro sitio.
Quién mejor que los de San Antonio para pagar las culpas.
Malditos indios. Ellos son los culpables, siempre lo fueron.
Fueron y siguen siendo una maldición para todo Santa María del Refugio.
Su virgen ya no existe. En cambio, el monigote de piedra, sigue en pie como si nada.
-¡Santo por Santa!, gritan
Luego surgen otros gritos:
-¡Sangre por sangre!
Desaparecen, van por cuanto metal encuentren: cuchillos puñales, machetes, martillos, mazos de herrero, todo sirve. Muchos que no saben qué hacer siguen por instinto la intención de los otros. Los hombres dejan de ser hombre y se vuelven masa, rebaño desbocado que actúa por instinto, el peor de los instintos: el fanatismo religioso.
Las mujeres corren a avisar al párroco de lo que está a punto de suceder.
El hombre sigue perplejo por lo sucedido, a su consciencia la hiere el sentimiento de culpa.
El párroco de San Antonio reacciona más rápidamente.
-¡"Cierren el atrio de la iglesia y saquen a todos los que no son de San Antonio"!
La gente que viene de otros pueblos no sabe cómo reaccionar y muchos optan por quedarse dentro del atrio.
Los enardecidos ya han vuelto.
Vienen armados con objetos de metal: "El metal vence a la roca": piensan, saben, recuerdan. Se enfurecen cuando encuentran las puertas de hierro del atrio cerradas.
Desahogan su furia estrellando escandalosamente machetes y varillas contra los barrotes de hierro de la puerta sacando chispas al hacerlo.
Allá dentro los de San Antonio los escuchan y se preparan.
Los siete ancianos jueces no se inmutan.
Recuentan a sus gobernados para que estén ahí todos los que han venido invitados a la fiesta, y los organizan.
Las mujeres y los niños se agrupan al centro del grupo.
El sacerdote de San Antonio pregunta qué piensan hacer.
Los viejos lo miran con mucho amor.
-Toeonoschkia -Le dice el más anciano de todos ellos modulando los sonidos del lenguaje a la manera del Nahuatl-.
Cuando era joven soñaba que un día, la piel que me lastima, me devolvería todas sus afrentas con amor. Todos estos días había pensado que esta hermandad con este pueblo era el más grande milagro de nuestro santo patrono, pero estaba equivocado.
Su más grande milagro eres tú que nos has traído tiempos mejores y todo tu cariño desde que apareciste como fantasma que surge de las montañas.
Ahora él nos ha traído aquí porque quizá quiere nuestro sacrificio. No lo sabemos. ¿Quién sabe cuál es la voluntad de los dioses? Pero mis hermanos y yo estamos felices por haberte conocido y por ver tantas cosas que vinieron contigo.
Todos los del pueblo de San Antonio se esmeran en escuchar las palabras de su Juez.
Comprenden y miran al joven con amor.
Uno por uno se acercan a abrazarlo.
Lloran.
Es una extraña mezcla de felicidad y tristeza la que los embarga.
El anciano vuelve a tomar la palabra.
Te dije que para mí, todo lo que ha pasado con nosotros tiene que ver con tres símbolos. Los tres están aquí.
Ya han bajado la imagen de San Antonio.
Traen desde el atrio su litera.
Otro de los ancianos les está explicando a los hombres cómo colocar las tablas con que cubrirán a manera de peto, pecho y espalda.
El cura de Santa María les ha dado cuanto objeto de madera tiene a su disposición para que los desarmen: sillas, bancas, mesas delgadas; en fin, todo cuanto pueda servir para cubrir los cuerpos de los "hombres escudo".
El juez vuelve a hablar a su párroco:
No tienes que ir con nosotros al sacrificio. Tú ya eres libre de tu misión, ya no tienes más que hacer entre nosotros, quédate aquí, entre los tuyos.
El cura de Santa María también le dice: quédese aquí padre. Aquí estará a salvo.
El anciano sacerdote ya está más tranquilo. Sale al atrio del templo y va rumbo a las puertas donde esta el grupo de sanmarianos enardecidos. Conoce a su feligresía, sabe que son irascibles e irreflexivos cuando se les mete una idea en la cabeza.
Les intenta hablar pero estos no lo escuchan. Los gritos y las miradas furiosas hablan por sí solas.
Es la bestia que reclama sangre, ciega e iracunda. Irracional. Fanática.
Vuelve dentro y ve que el joven sacerdote ya ha tomado una decisión: irá con su gente.
Todos se ordenan como los viejos jueces les han indicado.
Al frente irán los siete ancianos seguidos por el sacerdote.
Luego cuatro hileras de hombres adultos con los improvisados petos de madera para proteger a las mujeres y a los niños que irán en el centro, rodeando a los que llevan la litera que soporta a San Antonio.
Han pedido al sacristán las llaves de la puerta.
Ellos mismos abrirán a sus asesinos.
Da inicio la marcha
Caminando para abandonar la nave de la iglesia de Santa María, los sanantonienses se transforman. Sus rostros se relajan. No muestran miedo. El conjunto marcha lentamente manteniendo un mismo ritmo. Los cuerpos de todos se mecen de un lado al otro a cada paso. Sobre sus cabezas, la imagen de su santo parece llevar el ritmo. Desposeídos del miedo se dan cuenta que ese día todos, pueblo, sacerdote e imagen, son un solo ser.
Los muros del templo dejan de existir.
Ellos sienten que van por sus veredas entre las montañas de la Sierra Negra.
Son viento, son agua, son canto; son todas esas cosas que llenaron todos los días de su vida.
Son la síntesis de lo que para ellos significa la vida.
Alcanzan el atrio y se dirigen hasta la puerta.
La gente que se quedó ahí los contempla extasiada. El vaivén de la masa tiene un efecto hipnótico, son como un solo cuerpo con el ícono verdoso que los preside.
Algo reacciona en el interior de los espectadores, algo los llama.
Dejan de ser espectadores para volverse parte del cuerpo que marcha al sacrificio.
El padre de San Antonio siente una pequeña mano que sujeta la suya. Voltea a ver y es Pedrito Nacahuaca que se ha colocado a su lado. El rostro del pequeño muestra una solemnidad de hombre maduro.
Allá afuera, los metales esperan para hacer pedazos a la imagen de cantera verde; las otras, las agudas, tomarán la sangre de sus eternamente odiados enemigos.
Abren las puertas y los conjurados forman un círculo alrededor de todos ellos.
La bestia humana enardecida prepara su cobarde acción.
Los sanantonienses no van armados.
Solo sus manos.
Solo sus petos de madera, que intentarán retardar la muerte, para que los pequeños y sus mujeres sean los guardianes de su memoria si sobreviven.
Solo sus almas.
Solo su fe; su extraña fe.
Los Ángeles de San Antonio
Yo me pregunto: si San Antonio realmente existiera en algún lugar del universo, en qué estaría pensando en ese momento.
Todas las culturas del mundo tienen como valor máximo el sacrificio.
Para nuestros ancestros el sacrificio te integraba a la divinidad.
Así los chinos, así los hindúes, así los judíos, los griegos; y así también los romanos creadores institucionales del cristianismo.
Desde la piedra, el Santo cobra vida latente.
Mira y piensa.
Cómo debe premiar la fe. La entrega. La devoción.
Ellos no huyeron para dejar que las barras del metal destruyeran su cuerpo de piedra. No, van ahí, con sus frágiles cuerpos dispuestos a la ofrenda del sacrificio antes de que el enemigo toque a la piedra.
San Antonio no puede permitir eso. No.
Qué contará la humanidad después de la destrucción de su estatua sagrada.
Con qué cara podrá seguir en los altares de las iglesias de todo el mundo si se sabe que fue incapaz de proteger a los suyos. Esos que no tenían nada que ofrecerse ni a sí mismos, pero que no dudaron en ofrecerse en una forma de holocausto para él.
Ya están fuera del atrio todos los habitantes de San Antonio.
¿Cuántos serán los sanantoniences?: