gabynog
Poeta asiduo al portal
Tropezando con el ayer
Ella se lo cruzó por casualidad una tarde. Una tarde como cualquier otra, haciendo algunas compras y apurando el paso, deseosa de volver a su casa. Ensimismada en sus pensamientos, se cruzó con él, sin verlo, sin registrarlo. Sintió su mano en el hombro.
-¡Hola Lore!
Se frenó de golpe. Conocía esa voz. Era la del hombre que hace muchos años atrás (¿cuántos eran 19, 20?) se había convertido en su primer amor, y por quién había sufrido su primera decepción.
-¿Cómo estás? ¿Te acordás de mí?
Se acordaba, claro que se acordaba. Para él también habían pasado los años, se notaba en su rostro, en el cuerpo, en algunos cabellos blanquecinos , pero persistía la misma sonrisa seductora provocada por esos labios que ella tan bien conocía, los mismos ojos celestes que ahora estaban fijos en los suyos. Tardó un poco en reaccionar, en devolver el saludo. La tomó de sorpresa encontrarse con esa parte de su historia que tan profundo había guardado, que tan bien había aprendido a olvidar.
-Hola Miguel.
- ¡Qué bueno encontrarte! ¿vamos a tomar un café, charlamos un rato?
-La verdad, estoy apurada.
-Sólo unos minutos, dale!. Quedaron muchas conversaciones pendientes entre nosotros...
Lo sabía. En su momento no tenía sentido escucharlas.
-No puedo, lo dejamos para la próxima?
-Bueno te paso mi número, escribime así nos ponemos al día, ¿querés?
-Bueno, dale.
Un número y su nombre escritos de apuro en un papel en un papel cualquiera. No pudo evitar seguir cada movimiento de sus manos mientras él escribía, tan varoniles. Esas manos que alguna vez habían surcado su piel.
-Nos hablamos entonces.
-Dale.
Tomó el papel, aunque estaba casi segura de que no quería volver a saber de él. Le había costado mucho esfuerzo enterrar esos recuerdos que aún le dolían.
Volvió a su casa, besó a sus dos hijas, sus dos soles, su vida misma. La misma rutina, ver cuadernos, jugar un rato, pensar en que hacer para cenar, ordenar un poco. Esperar a su marido, que hoy viene tarde del trabajo, como tantos otros días. Pero no era un día como cualquier otro. Encontrarse con Miguel la había inquietado bastante.
Buscó en el último cajón de su mesa de luz una vieja agenda. Sabía que estaba ahí, pero hacía bastante tiempo que no la hojeaba. Muchas cartas, recuerdos. Cartas que se habían escrito con su marido, la mayoría mientras estaban de novios. Sólo cuando estaban de novios, ¿siempre es así, no?
Al fin, apareció. Una hoja de la agenda. Suelta, doblada. Escondida. Un poema.
Ella evocó el momento en que había escrito esos versos. Recordó que su mundo se desmoronaba en ese instante, las lágrimas acompañando cada una de esas letras, motivadas por la desesperación de perderlo, por la rabia que le había provocado sus mentiras.
Todos los recuerdos que había tratado de ignorar, súbitamente emergieron. Sintió deseos de llorar. No había sido solo un amor de su juventud, había sido mucho más que eso.
Empezó a revivir los sucesos, recordar otra vez cada momento de esa historia. Se acordó de la primera vez que lo vió, cuando fue a comprar una revista en el quiosco en que él trabajaba. Pensó que era muy simpático, y muy interesante físicamente; alto, rubio, sus ojos... lo primero que le llamó la atención fueron esos ojos celestes profundos, increíbles. Había creído notar que él insinuaba un cierto interés en ella. Pero no estaba segura.
Al poco tiempo volvió, y esta vez estuvo segura, sí estaba interesado. El era 5 años mayor. Sobrevino el tiempo de las visitas al quiosco con cualquier excusa, de las charlas cortadas por los clientes, de las llegadas tardes al trabajo. Entonces por fin, Miguel la invitó a salir.
El día de la cita estaba muy nerviosa, eso lo recordaba bien. Era su primera salida a solas con un hombre. Pasó mucho tiempo eligiendo la ropa -los recuerdos seguían apareciendo, fluyendo, y esta vez no hizo nada para reprimirlos-. Increíble. Tantos detalles, como podía ser que se acordara con tanta precisión? Al final eligió una mini de jean, sandalias beige y una musculosa blanca.
Fueron a tomar algo a un barcito, frente al río. Después caminaron por la arena, charlando, riendo. El era todo un seductor, sabía que hacer y decir para agradarle. Ahí, con el río de fondo, fue su primer beso. Nunca, en toda su vida, volvió a experimentar un momento tan perfectamente romántico. Comenzaron un noviazgo que duró 9 meses. Lo pasaban muy bien juntos, imaginaban su futuro, tenían proyectos. Parecía que estaban hechos el uno para el otro . Conoció a sus amigos, a su hermana, a sus padres, quienes la querían como si fuera una hija más. Él a su vez, también fue aceptado en la familia de ella, quizás con un poco más de recelo por sus padres, pero al final se volvió usual su presencia en la casa.
Los recuerdos seguían sucediéndose, sin control, y revivió el día en que todo su mundo se desmoronó. Esa mañana iba a trabajar. Era tarde, así que decidió no bajar a saludarlo, ya no tenía más excusas para disculparse con su jefe. El colectivo frenó, el semáforo estaba en rojo. Ahí lo vió. No estaba solo, estaba hablando con una mujer. En realidad, era evidente que estaban sosteniendo una discusión, aunque eso es lo que menos captó su atención. Entre ellos, había un nene, unos dos años. No podía dejar de observarlo, era la viva imagen de Miguel. Podría ser su hijo? Rubiecito, ojos claros, el mismo corte de cara, la misma nariz. El colectivo retomó su marcha, quitándole de sus ojos esa imagen inquietante. Ese día ya no pudo concentrarse en otra cosa que no fuera la imagen del nene, y de su novio discutiendo con esa mujer.
Después del trabajo lo llamó, le pidió verse en algún lado, tenía que hablar con él de algo, urgente. Miguel la escuchaba extrañado, la notaba nerviosa, pero no logró que le adelantara nada, por lo cual aceptó verla más tarde.
La pasó a buscar esa tarde por su casa, y la conversación que pondría fin a su relación se inició y terminó en el auto de Miguel. Ella le comentó lo que había visto esa mañana, y aunque todavía abrigaba alguna ínfima esperanza, la respuesta de él iba a confirmar sus sospechas. Le explicó que sí, que era su hijo. Que la mujer que estaba hablando con él era una ex novia. Que generalmente se llevaban muy bien, pero esa mañana estaban discutiendo porque le pedía más dinero para mantener al chico. Que los veía todos los domingos. ¡Los domingos! Se sintió la persona más estúpida de la Tierra. Los domingos, eran los días que no se veían. Al principio del noviazgo él fué muy claro al respecto, y le pidió ese día para "descansar". El quiosco de diarios y revistas le exigía levantarse muy temprano en la mañana, más su otro trabajo de técnico, llegaba muy tarde a su casa. Ella nunca lo había dudado, trabajaba tanto, tenía derecho a tomarse un día libre. Se sintió asfixiada. La bronca le nublaba todos los sentidos. Tantas veces había llamado a su casa los domingos para aunque sea cruzar unas palabras con él, y las respuestas siempre las mismas: Está durmiendo la siesta, se fue a jugar al fútbol, etc. etc. Desconsolada, se dió cuenta que no sólo él le había mentido, sino toda su familia, encubriéndolo.
Se bajó del auto, haciendo resonar un portazo. Él bajó detrás, la siguió, quiso seguir dando explicaciones, pero ella ya no podía escuchar ni decir una palabra, las lágrimas caían y no era capaz de retenerlas. Al final, aceptó que la llevara hasta su casa, estaban lejos y era de noche, no tenía otra opción. El viaje se hizo eterno. Iba pensando que iba a ser la última vez que estaba con él, no podía entender una sola palabra de las justificaciones que estaba tratando de darle. Al llegar a su casa, tenía la firme decisión de no verlo más.
Comenzó la difícil tarea de intentar olvidarlo por todos los medios posibles. Trató de odiarlo, así sería más fácil. Pensó en los encuentros con su ex novia y su hijo, los domingos. Las palabras de él resonaron en su cabeza generalmente nos llevamos muy bien ¿qué era lo que eso significaba? ¿Todavía sentía algo por ella? era muy probable, era la madre de su hijo. Bien, ahí tenía una buena razón para alejarse. También estaba el tema del hijo. Se veía muy joven para encarar la crianza compartida de ese chico, no creía ser capaz. Otra razón para convencerse de que lo mejor era dejarlo.
Él intentó hablarle varias veces, la llamaba, la esperaba a la salida del trabajo, pero ella lo evitaba. La mentira, lo que le había ocultado la había lastimado demasiado como para olvidarse, como para perdonarlo. Lo extrañaba, lo amaba, estaba segura, pero no podía volver con él.
Poco a poco lo fue logrando. El tiempo ayudó muchísimo en esa tarea y al final pudo esconder todos esos sentimientos en un rincón de su corazón, los recuerdos en un lugar apartado de su mente.
Salió con otros hombres, sólo para tratar de quitárselo de la cabeza. Eran una alternativa a la soledad, pero después de haber probado el amor verdadero, nada era suficiente. Tuvo que terminar la relación con uno de ellos porque la situación se le estaba yendo de las manos, el pobre se había enamorado de ella, hasta el punto de imaginar un futuro juntos. Se sintió culpable por eso. Pensó que aunque no lo había hecho conscientemente, lo había usado. Había sido su tabla de salvación, cuando sentía que casi no tenía fuerzas para no regresar a los brazos de Miguel.
Ella se lo cruzó por casualidad una tarde. Una tarde como cualquier otra, haciendo algunas compras y apurando el paso, deseosa de volver a su casa. Ensimismada en sus pensamientos, se cruzó con él, sin verlo, sin registrarlo. Sintió su mano en el hombro.
-¡Hola Lore!
Se frenó de golpe. Conocía esa voz. Era la del hombre que hace muchos años atrás (¿cuántos eran 19, 20?) se había convertido en su primer amor, y por quién había sufrido su primera decepción.
-¿Cómo estás? ¿Te acordás de mí?
Se acordaba, claro que se acordaba. Para él también habían pasado los años, se notaba en su rostro, en el cuerpo, en algunos cabellos blanquecinos , pero persistía la misma sonrisa seductora provocada por esos labios que ella tan bien conocía, los mismos ojos celestes que ahora estaban fijos en los suyos. Tardó un poco en reaccionar, en devolver el saludo. La tomó de sorpresa encontrarse con esa parte de su historia que tan profundo había guardado, que tan bien había aprendido a olvidar.
-Hola Miguel.
- ¡Qué bueno encontrarte! ¿vamos a tomar un café, charlamos un rato?
-La verdad, estoy apurada.
-Sólo unos minutos, dale!. Quedaron muchas conversaciones pendientes entre nosotros...
Lo sabía. En su momento no tenía sentido escucharlas.
-No puedo, lo dejamos para la próxima?
-Bueno te paso mi número, escribime así nos ponemos al día, ¿querés?
-Bueno, dale.
Un número y su nombre escritos de apuro en un papel en un papel cualquiera. No pudo evitar seguir cada movimiento de sus manos mientras él escribía, tan varoniles. Esas manos que alguna vez habían surcado su piel.
-Nos hablamos entonces.
-Dale.
Tomó el papel, aunque estaba casi segura de que no quería volver a saber de él. Le había costado mucho esfuerzo enterrar esos recuerdos que aún le dolían.
Volvió a su casa, besó a sus dos hijas, sus dos soles, su vida misma. La misma rutina, ver cuadernos, jugar un rato, pensar en que hacer para cenar, ordenar un poco. Esperar a su marido, que hoy viene tarde del trabajo, como tantos otros días. Pero no era un día como cualquier otro. Encontrarse con Miguel la había inquietado bastante.
Buscó en el último cajón de su mesa de luz una vieja agenda. Sabía que estaba ahí, pero hacía bastante tiempo que no la hojeaba. Muchas cartas, recuerdos. Cartas que se habían escrito con su marido, la mayoría mientras estaban de novios. Sólo cuando estaban de novios, ¿siempre es así, no?
Al fin, apareció. Una hoja de la agenda. Suelta, doblada. Escondida. Un poema.
Ella evocó el momento en que había escrito esos versos. Recordó que su mundo se desmoronaba en ese instante, las lágrimas acompañando cada una de esas letras, motivadas por la desesperación de perderlo, por la rabia que le había provocado sus mentiras.
Todos los recuerdos que había tratado de ignorar, súbitamente emergieron. Sintió deseos de llorar. No había sido solo un amor de su juventud, había sido mucho más que eso.
Empezó a revivir los sucesos, recordar otra vez cada momento de esa historia. Se acordó de la primera vez que lo vió, cuando fue a comprar una revista en el quiosco en que él trabajaba. Pensó que era muy simpático, y muy interesante físicamente; alto, rubio, sus ojos... lo primero que le llamó la atención fueron esos ojos celestes profundos, increíbles. Había creído notar que él insinuaba un cierto interés en ella. Pero no estaba segura.
Al poco tiempo volvió, y esta vez estuvo segura, sí estaba interesado. El era 5 años mayor. Sobrevino el tiempo de las visitas al quiosco con cualquier excusa, de las charlas cortadas por los clientes, de las llegadas tardes al trabajo. Entonces por fin, Miguel la invitó a salir.
El día de la cita estaba muy nerviosa, eso lo recordaba bien. Era su primera salida a solas con un hombre. Pasó mucho tiempo eligiendo la ropa -los recuerdos seguían apareciendo, fluyendo, y esta vez no hizo nada para reprimirlos-. Increíble. Tantos detalles, como podía ser que se acordara con tanta precisión? Al final eligió una mini de jean, sandalias beige y una musculosa blanca.
Fueron a tomar algo a un barcito, frente al río. Después caminaron por la arena, charlando, riendo. El era todo un seductor, sabía que hacer y decir para agradarle. Ahí, con el río de fondo, fue su primer beso. Nunca, en toda su vida, volvió a experimentar un momento tan perfectamente romántico. Comenzaron un noviazgo que duró 9 meses. Lo pasaban muy bien juntos, imaginaban su futuro, tenían proyectos. Parecía que estaban hechos el uno para el otro . Conoció a sus amigos, a su hermana, a sus padres, quienes la querían como si fuera una hija más. Él a su vez, también fue aceptado en la familia de ella, quizás con un poco más de recelo por sus padres, pero al final se volvió usual su presencia en la casa.
Los recuerdos seguían sucediéndose, sin control, y revivió el día en que todo su mundo se desmoronó. Esa mañana iba a trabajar. Era tarde, así que decidió no bajar a saludarlo, ya no tenía más excusas para disculparse con su jefe. El colectivo frenó, el semáforo estaba en rojo. Ahí lo vió. No estaba solo, estaba hablando con una mujer. En realidad, era evidente que estaban sosteniendo una discusión, aunque eso es lo que menos captó su atención. Entre ellos, había un nene, unos dos años. No podía dejar de observarlo, era la viva imagen de Miguel. Podría ser su hijo? Rubiecito, ojos claros, el mismo corte de cara, la misma nariz. El colectivo retomó su marcha, quitándole de sus ojos esa imagen inquietante. Ese día ya no pudo concentrarse en otra cosa que no fuera la imagen del nene, y de su novio discutiendo con esa mujer.
Después del trabajo lo llamó, le pidió verse en algún lado, tenía que hablar con él de algo, urgente. Miguel la escuchaba extrañado, la notaba nerviosa, pero no logró que le adelantara nada, por lo cual aceptó verla más tarde.
La pasó a buscar esa tarde por su casa, y la conversación que pondría fin a su relación se inició y terminó en el auto de Miguel. Ella le comentó lo que había visto esa mañana, y aunque todavía abrigaba alguna ínfima esperanza, la respuesta de él iba a confirmar sus sospechas. Le explicó que sí, que era su hijo. Que la mujer que estaba hablando con él era una ex novia. Que generalmente se llevaban muy bien, pero esa mañana estaban discutiendo porque le pedía más dinero para mantener al chico. Que los veía todos los domingos. ¡Los domingos! Se sintió la persona más estúpida de la Tierra. Los domingos, eran los días que no se veían. Al principio del noviazgo él fué muy claro al respecto, y le pidió ese día para "descansar". El quiosco de diarios y revistas le exigía levantarse muy temprano en la mañana, más su otro trabajo de técnico, llegaba muy tarde a su casa. Ella nunca lo había dudado, trabajaba tanto, tenía derecho a tomarse un día libre. Se sintió asfixiada. La bronca le nublaba todos los sentidos. Tantas veces había llamado a su casa los domingos para aunque sea cruzar unas palabras con él, y las respuestas siempre las mismas: Está durmiendo la siesta, se fue a jugar al fútbol, etc. etc. Desconsolada, se dió cuenta que no sólo él le había mentido, sino toda su familia, encubriéndolo.
Se bajó del auto, haciendo resonar un portazo. Él bajó detrás, la siguió, quiso seguir dando explicaciones, pero ella ya no podía escuchar ni decir una palabra, las lágrimas caían y no era capaz de retenerlas. Al final, aceptó que la llevara hasta su casa, estaban lejos y era de noche, no tenía otra opción. El viaje se hizo eterno. Iba pensando que iba a ser la última vez que estaba con él, no podía entender una sola palabra de las justificaciones que estaba tratando de darle. Al llegar a su casa, tenía la firme decisión de no verlo más.
Comenzó la difícil tarea de intentar olvidarlo por todos los medios posibles. Trató de odiarlo, así sería más fácil. Pensó en los encuentros con su ex novia y su hijo, los domingos. Las palabras de él resonaron en su cabeza generalmente nos llevamos muy bien ¿qué era lo que eso significaba? ¿Todavía sentía algo por ella? era muy probable, era la madre de su hijo. Bien, ahí tenía una buena razón para alejarse. También estaba el tema del hijo. Se veía muy joven para encarar la crianza compartida de ese chico, no creía ser capaz. Otra razón para convencerse de que lo mejor era dejarlo.
Él intentó hablarle varias veces, la llamaba, la esperaba a la salida del trabajo, pero ella lo evitaba. La mentira, lo que le había ocultado la había lastimado demasiado como para olvidarse, como para perdonarlo. Lo extrañaba, lo amaba, estaba segura, pero no podía volver con él.
Poco a poco lo fue logrando. El tiempo ayudó muchísimo en esa tarea y al final pudo esconder todos esos sentimientos en un rincón de su corazón, los recuerdos en un lugar apartado de su mente.
Salió con otros hombres, sólo para tratar de quitárselo de la cabeza. Eran una alternativa a la soledad, pero después de haber probado el amor verdadero, nada era suficiente. Tuvo que terminar la relación con uno de ellos porque la situación se le estaba yendo de las manos, el pobre se había enamorado de ella, hasta el punto de imaginar un futuro juntos. Se sintió culpable por eso. Pensó que aunque no lo había hecho conscientemente, lo había usado. Había sido su tabla de salvación, cuando sentía que casi no tenía fuerzas para no regresar a los brazos de Miguel.
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