Boddah
Poeta recién llegado
Colgaste el reloj a la hora de hacer el amor
y dijiste: tienes cinco minutos para amarme.
No se puede tocar el corazón, sólo tripas y deseo.
Cada pétalo de rosa guardado,
no me alcanza para secar tanta lágrima desangrada.
Vamos a mirar al mundo en su vanidad y horripilante imagen.
Seamos dos amantes callados, que se lastiman para amarse
en un ser y vivir cotidiano, donde la palabra amor me sabe a plomo,
y estalla y envenena la sangre hasta convertirse dentro de mí:
en odio, en pena, en muerte, holocausto interminable.
Dijiste que el amor desmedido agotó nuestra sed de amar.
Quedaste abandonado sin nada que ofrecerte por no medir tus ansias
al enamorar, te perdiste en mi veneno y me diste todo el odio que archivaste
de otros quereres, de otras heridas, de otros despojos.
Amor mío, la tristeza no se contagia, a la tristeza se le hace compañía.
¿Cuándo sanará esta mi mente turbulenta y de pensamientos horrísonos?
Si me has puesto el candado para no seguirte hasta donde tus pasos te lleven.
Sigo intentando cortar la cadena que me impusiste con los dientes.
Intento no ahogarme por serruchar la cerradura con mis manos ya tan débiles.
Yo quiero amarte con toda mi virulencia, con toda mi insanidad,
Amarte hasta el odio, quererte con el ansia que mata,
acariciarte con mis pesadillas,
hacerte el amor con mis fantasmas alrededor de la cama.
Pero tú decidiste alejarme, y ahora sólo veo a lo lejos
una figura mezquina que se asemeja a mi caballero siempre valiente y humilde
Más no es más que el Lanzarote que prometió amar a Ginebra hasta la muerte
y no lo hizo. Miedo turbó su corazón, sus armaduras flaquearon y huyó al amor.
No se pueden poner reglas a un amor enfermo.
Prefiero sufrir la agonía de mi corazón desvencijado en el olvido.
No le atemos más cadenas a ése pobre órgano que ya no siente.
Ahora vengo desnuda y con él en mis manos
Te entrego mi corazón, mi amor y mi vida, mi mente.
Tuyos son, de ti sólo viven, a ti pertenecen.
Puedes tirarlo donde más te guste, al olvido, al odio, al viejo amor
Ahora desaparezco, no sé seguir tus reglas, mi cuerpo inerte no responde a ellas.
Ya no quiero ferias, ya no creo en caballeros, ni en rosas ni en eternidades
¡Buen día, buen viaje, hasta siempre!
y dijiste: tienes cinco minutos para amarme.
No se puede tocar el corazón, sólo tripas y deseo.
Cada pétalo de rosa guardado,
no me alcanza para secar tanta lágrima desangrada.
Vamos a mirar al mundo en su vanidad y horripilante imagen.
Seamos dos amantes callados, que se lastiman para amarse
en un ser y vivir cotidiano, donde la palabra amor me sabe a plomo,
y estalla y envenena la sangre hasta convertirse dentro de mí:
en odio, en pena, en muerte, holocausto interminable.
Dijiste que el amor desmedido agotó nuestra sed de amar.
Quedaste abandonado sin nada que ofrecerte por no medir tus ansias
al enamorar, te perdiste en mi veneno y me diste todo el odio que archivaste
de otros quereres, de otras heridas, de otros despojos.
Amor mío, la tristeza no se contagia, a la tristeza se le hace compañía.
¿Cuándo sanará esta mi mente turbulenta y de pensamientos horrísonos?
Si me has puesto el candado para no seguirte hasta donde tus pasos te lleven.
Sigo intentando cortar la cadena que me impusiste con los dientes.
Intento no ahogarme por serruchar la cerradura con mis manos ya tan débiles.
Yo quiero amarte con toda mi virulencia, con toda mi insanidad,
Amarte hasta el odio, quererte con el ansia que mata,
acariciarte con mis pesadillas,
hacerte el amor con mis fantasmas alrededor de la cama.
Pero tú decidiste alejarme, y ahora sólo veo a lo lejos
una figura mezquina que se asemeja a mi caballero siempre valiente y humilde
Más no es más que el Lanzarote que prometió amar a Ginebra hasta la muerte
y no lo hizo. Miedo turbó su corazón, sus armaduras flaquearon y huyó al amor.
No se pueden poner reglas a un amor enfermo.
Prefiero sufrir la agonía de mi corazón desvencijado en el olvido.
No le atemos más cadenas a ése pobre órgano que ya no siente.
Ahora vengo desnuda y con él en mis manos
Te entrego mi corazón, mi amor y mi vida, mi mente.
Tuyos son, de ti sólo viven, a ti pertenecen.
Puedes tirarlo donde más te guste, al olvido, al odio, al viejo amor
Ahora desaparezco, no sé seguir tus reglas, mi cuerpo inerte no responde a ellas.
Ya no quiero ferias, ya no creo en caballeros, ni en rosas ni en eternidades
¡Buen día, buen viaje, hasta siempre!
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