prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando te encontré fue como si pisara una mina
camuflada
en los campos donde la soledad se hace cuerpo de mujer,
me detuvo la inminente rana de acero debajo de los pies,
la pertinaz falacia de la materia alborotada,
esos intestinos de trigo que poblaron los interiores de la sombra
de canastas de lluvia, de cantos improcedentes
como si supiéramos que nos íbamos a extinguir
por un capricho de horas o un golpe de caballo.
Allí, estáticos como la morada del hambre por los siglos,
quedamos en conjurar los basaltos, fuimos testigos
de la abducción de cera de los deltoides de la noche,
fuimos arañas caídas en el vientre de una guitarra
y la mano de la ira hizo romper las cuerdas del destino,
y nos manchamos con el polen de las tardes amarillas,
infartados por la memoria del árbol de las guillotinas
cuyos sangrantes cabezas de horizonte
cayeron frutos
sobre los brazos de un día recién nacido
que no pudieron alcanzar su chupete de luz...
Si pudieras poner un caudal de broches de luna sobre la música
ahora que escucho el latente vibrar de la inercia,
su único movimiento indefinible de horas
y remover los tobillos de lo perplejo,
quitarle a la muerte un poco de maquillaje
para que busque la sangre de una ballena
y no sea la tinta del alma el contorno de sus labios.
camuflada
en los campos donde la soledad se hace cuerpo de mujer,
me detuvo la inminente rana de acero debajo de los pies,
la pertinaz falacia de la materia alborotada,
esos intestinos de trigo que poblaron los interiores de la sombra
de canastas de lluvia, de cantos improcedentes
como si supiéramos que nos íbamos a extinguir
por un capricho de horas o un golpe de caballo.
Allí, estáticos como la morada del hambre por los siglos,
quedamos en conjurar los basaltos, fuimos testigos
de la abducción de cera de los deltoides de la noche,
fuimos arañas caídas en el vientre de una guitarra
y la mano de la ira hizo romper las cuerdas del destino,
y nos manchamos con el polen de las tardes amarillas,
infartados por la memoria del árbol de las guillotinas
cuyos sangrantes cabezas de horizonte
cayeron frutos
sobre los brazos de un día recién nacido
que no pudieron alcanzar su chupete de luz...
Si pudieras poner un caudal de broches de luna sobre la música
ahora que escucho el latente vibrar de la inercia,
su único movimiento indefinible de horas
y remover los tobillos de lo perplejo,
quitarle a la muerte un poco de maquillaje
para que busque la sangre de una ballena
y no sea la tinta del alma el contorno de sus labios.
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