Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Lo que se versa en este poema podría haberle ocurrido a cualquiera, aunque sus protagonistas posiblemente no sepan nunca que les escribí un poema.
Somos un suicidio permanente
de ideas, una rosa con puñales
en la razón promiscua de la mente
capaz de asesinarnos los cabales.
Somos los temerarios con pañales
que asustan con quitarse el atavío
que esconde sus miserias más banales
en medio de la plaza y el gentío.
Eres una venganza en quien confío
cuando no quiero en nadie confiar
y encuentro tu calor, también tu frío,
sin saber qué decir ni qué callar.
Eres, con pan, el hambre de cenar,
eres la sed que arrastro y he bebido,
el ansia del ahogo al naufragar,
una herida sangrante de Cupido.
Soy para ti el rival que no has tenido,
ese amor que al final no es suficiente,
esa presencia que al llegar se ha ido,
el silencio que grita de repente.
Se exilió el astro rey de nuestra frente,
qué mal nos sienta, corazón, la luna,
qué lástima que ya no esté en creciente
ni refleje su cara luz alguna.
Cuánta ausencia, el uno con la una,
y, entre ambos, cuánto amor a la deriva
dejándose llevar como una duna
por el desierto cruel de la saliva.
Somos un suicidio permanente
de ideas, una rosa con puñales
en la razón promiscua de la mente
capaz de asesinarnos los cabales.
Somos los temerarios con pañales
que asustan con quitarse el atavío
que esconde sus miserias más banales
en medio de la plaza y el gentío.
Eres una venganza en quien confío
cuando no quiero en nadie confiar
y encuentro tu calor, también tu frío,
sin saber qué decir ni qué callar.
Eres, con pan, el hambre de cenar,
eres la sed que arrastro y he bebido,
el ansia del ahogo al naufragar,
una herida sangrante de Cupido.
Soy para ti el rival que no has tenido,
ese amor que al final no es suficiente,
esa presencia que al llegar se ha ido,
el silencio que grita de repente.
Se exilió el astro rey de nuestra frente,
qué mal nos sienta, corazón, la luna,
qué lástima que ya no esté en creciente
ni refleje su cara luz alguna.
Cuánta ausencia, el uno con la una,
y, entre ambos, cuánto amor a la deriva
dejándose llevar como una duna
por el desierto cruel de la saliva.