
La veo tan callada que me detiene la esperanza de no despertarla. En sus ojos se descubre la paz que brinda el sueño y en su respiración un leve ronroneo dice que está satisfecha.
No recuerdo el instante de nuestro primer encuentro, más sí retengo el momento en que nuestros ojos se toparon. Fue como si la respiración pasara a un segundo plano al tiempo que el equilibrio y coordinación se iban de paseo. Su sonrisa ante mi tropiezo y el sonrojo evidente de sus mejillas al verse causante de mi trastabilleo me hicieron olvidar de la concurrencia y concentrarme en sus ojos.
Hoy, después de tantos inviernos, aún me pierdo en contemplar su espalda y respiración después de nuestros encuentros.
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