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Cosas que nunca diré.

Revolta

Poeta recién llegado
Y en este cruce incesado de miradas pretendidas
uno quiere para sí todos los amaneceres
como si de polvo y no de agua se tratase.


Sigue la realidad devorándose a sí misma,
y aquí fuera, casi de espanto, ya agonizan nuevas historias posibles,
el eco silencioso que solo entiende de vaivenes.


Quedan dados por jugar, o tal vez nada más lluvia
(soñar un día con nieve, nieve azul, nieve en días perfectos),
pero no es la hora, no es la hora que se quisiera, siempre, siempre es otra.


Siempre demasiado tarde. Siempre demasiado siempre.
Siempre la misma respuesta a ninguna pregunta,
y el horror cotidiano abriéndose paso a llamaradas.


Seguimos caminando hacia el olvido a ritmo de promesas incumplibles,
con el firme augurio de que al final solo sea el tiempo quien nos devore,
artífices de las señales que se limitan, embarradas, a anunciar el ocaso.


A lo mejor se podría agarrar al destino con las manos, mirarlo cara a cara,
una única moneda rodando en el aire, ahora o nunca, todas esas cosas,
sentir, saber acaso, que no es nada más eso, que no puede ser nada más eso.


Y arrancarse de un tajo las vidas posibles, todas esas que se dibujan en el aire por las noches,
ese saber que no se sabe nada sabiendo que ya se sabe todo y sin embargo no saberlo.
Dejar caer por fin las máscaras, derrotar a todos esos monstruos y asumir otra vez las derrotas.


Vivir como si fuera posible volver a hacerlo,
borrar la infinita certeza de que hubiera sido posible, que habría bastado romperse,
que habría bastado con ser nada o ese silencio que ya no se anhela.


Pero es demasiado tarde para prácticamente todo, queda poco más
que dejar que todo se disuelva como siempre, ir acostumbrándose a que lo demás es sólo ésto:
callar, morir un poco más cada día, esperar que la magia regrese como si fuera cierta.


Y que el espejo vomite otra vez esa turbia mirada del pasado imposible que encadenaba las nostalgias
de aquello que ni siquiera pudimos ser, un instante, un momento, algo.
La perfecta imposibilidad de que el todo se equivocara y por un momento, por un sencillo momento...
 
Y en este cruce incesado de miradas pretendidas
uno quiere para sí todos los amaneceres
como si de polvo y no de agua se tratase.


Sigue la realidad devorándose a sí misma,
y aquí fuera, casi de espanto, ya agonizan nuevas historias posibles,
el eco silencioso que solo entiende de vaivenes.


Quedan dados por jugar, o tal vez nada más lluvia
(soñar un día con nieve, nieve azul, nieve en días perfectos),
pero no es la hora, no es la hora que se quisiera, siempre, siempre es otra.


Siempre demasiado tarde. Siempre demasiado siempre.
Siempre la misma respuesta a ninguna pregunta,
y el horror cotidiano abriéndose paso a llamaradas.


Seguimos caminando hacia el olvido a ritmo de promesas incumplibles,
con el firme augurio de que al final solo sea el tiempo quien nos devore,
artífices de las señales que se limitan, embarradas, a anunciar el ocaso.


A lo mejor se podría agarrar al destino con las manos, mirarlo cara a cara,
una única moneda rodando en el aire, ahora o nunca, todas esas cosas,
sentir, saber acaso, que no es nada más eso, que no puede ser nada más eso.


Y arrancarse de un tajo las vidas posibles, todas esas que se dibujan en el aire por las noches,
ese saber que no se sabe nada sabiendo que ya se sabe todo y sin embargo no saberlo.
Dejar caer por fin las máscaras, derrotar a todos esos monstruos y asumir otra vez las derrotas.


Vivir como si fuera posible volver a hacerlo,
borrar la infinita certeza de que hubiera sido posible, que habría bastado romperse,
que habría bastado con ser nada o ese silencio que ya no se anhela.


Pero es demasiado tarde para prácticamente todo, queda poco más
que dejar que todo se disuelva como siempre, ir acostumbrándose a que lo demás es sólo ésto:
callar, morir un poco más cada día, esperar que la magia regrese como si fuera cierta.


Y que el espejo vomite otra vez esa turbia mirada del pasado imposible que encadenaba las nostalgias
de aquello que ni siquiera pudimos ser, un instante, un momento, algo.
La perfecta imposibilidad de que el todo se equivocara y por un momento, por un sencillo momento...


Lo echo a volar y que disfrute del vuelo...
Un placer,saludos
 
Dejar caer por fin las máscaras, derrotar a todos esos monstruos y asumir otra vez las derrotas.

en esa frase resumiría todo...

en vencer los miedos y volver a empezar...
 
rebuscando como siempre en este gran baúl virtual, me encontré con estas letras que no entiendo como no tienen más comentarios.. una buena reflexión, con un lenguaje limpio, pausado... un ritmo excelente.... muchas veces el tiempo pasa descompensado ante nosotros.... demasiado acelerado o demasiado despacio... esperando siempre que ni sea corto ni largo, sino lo justo y necesario para poder saborear cada momento de la vida. letras en las que se percibe cierta resignación, el dolor del pasado sigue latente, y cierto que muchas veces necesitamos desprendernos de esas máscaras que ocultan verdades, sentires, emociones...
siempre nos queda como en el cierre.... un hilo de esperanza a hacer esos momentos esperados que jamás llegan nuestros. Letras para releer, y sacar mucho más de ellas.
saludos.
 
creo que esto debe ser lo que más me ha impactado en el tiempo que llevo leyendo en estos foros. Una cálida sensación de palabras que parecieran ser una caricia, pero que terminan por demostrar la profundidad de nuestra existencia, que al ser un todo a veces nos parece la nada. Muchas gracias
 

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