Quizás no es mendigo
ni su felicidad radica en las posesiones materiales,
muchos escogemos el cielo por techo
y un piso desnudo como lecho y abrigo.
También conozco algunos
que siendo personas con grandes aptitudes
y llevando a cuestas muchos cartones
encuentran en la soledad y los adoquines sus amigos,
dan su mano al que va con infortunio
y dejan lecciones de humanismo en nuestros espíritus.
Uno en Bogotá, quien vive bajo las calles
tiene inmensos conocimientos de idiomas y de literatura
a quien acuden letrados y profesores,
publicados libros, aconsejando estudiantes
y viviendo en la paz y la sencillez de los pobres.
Solo como muestra de mi mirada en uno de ellos,
con respeto por su poema, dejo mi poema,
como una extensión al suyo.
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Entornados los párpados en la tregua del retorno
fueron sus notas
caníbales de instantes,
invasivas
temerarias
y en el corral de aquel viaje
en emotiva eufonía
zanjó las sonrisas
encendiendo lucernas
aunando silencios
tornándolos plácidos con su interpretación.
Mis ojos, gacelas de altiplanos
inquieren su presencia
ánfora de acordes
tesitura del arco
trémolos y vibratos…
y en mi corazón quebrantado
(remezón entre sus capas)
acalla la tristeza de su interior.
Peregrino de luz, Quijote de arpegios
Joaquín se le llama,
es su gabán agraviado
alcahuete de la soledad,
anclas son sus manos
en el análogo de un Guarnieri,
herramienta que satisface
el piar del hambre palúdica
pincelada en su exterior.
“La Casa en el Aire”
fue morada calígine
y la “Oda a la Alegría”
cobertor para el espíritu
que a todos abrigó,
su mirada, atravesada por la mía
una oración elevaba
“Alabaré, Alabaré”
alabanza agradecida
a un Dios que le acompaña
en el ascenso de su perfección...,
¡ Arrinconó mi vergüenza
de mis pobres desdichas,
bebiendo de su concierto
su magnánimo
son de amor !