La mira pasar, la observa con ávido detalle. Sabe con toda exactitud el número de pasos que le toma recorrer la calle cuando lleva zapatos de tacón y cuando trae sandalias. Percibe el golpeteo de las suelas por encima del bullicio de la calle y el ruido tempestivo del tráfico incesante.
Está seguro de notar la perfecta entonación del roce de su falda en el acompasado vaivén en su andar. Encantado… más bien extasiado, con el delicado movimiento de sus delicados dedos para apartarse el cabello de los ojos. Siente que pierde el ritmo de su corazón cuando ella sonríe saludando a quienes cruzan a su lado. Suspirando, gira el cuello siguiéndola, mirándola desde abajo.
Escapa de su encantamiento al percibir el refunfuñar del dueño del zapato que está lustrando. Respirando regresa sus ojos a su labor, empezando la cuenta regresiva para verla de nuevo cuando ella regrese de trabajar.
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