Alizée
⊙ Humαlıen ⊙ ༻✦༺ ♡ WɩꙆt Aᖾωᥲ ♡ ∞ ֎
A partir de ese día, el vacío dejó de existir...
Amor dulce,
que transfigurado se manifiesta
como un inquieto haz de luz;
transitas por complejos laberintos
de nuevos mundos como el necesitado,
el invocado, el trastocado.
Simplemente, el de la dimensión exacta
si se pudiese medir.
Eres el que atraído por la oscuridad
de su gozo, su llanto, su soledad,
su compañía, su noche eterna, su noche ardiente,
su mañana que no ilumina; de su canto en el aciago
ocaso de las horas, su tortura, su sonrisa inconclusa,
de su falsa alegría y, en medio de la gente, su mejor vestidura;
de su plenitud bajo la lluvia y su efímero solaz sobre la nieve,
de su herida inicua, de lo irreversible, del carisma de su alma
y la vastedad de sus sueños, se acercó demasiado.
Ayer, cual etérea falena, iluminabas
sobrevolando su mundo con caricias.
De ala rota hoy, caminas a su encuentro,
despojado ya del velo de lo incierto y recorres
el sendero de la vida con todos sus matices,
amor esquivo, a veces asustado,
y otras, decidido.
Sin ojos, sin aire, trastabillas a contraluz tu viaje
buscando la simetría entre el índigo aura
de un guerrero atormentado y su incertidumbre
de ser y no querer ser, brumoso
pensamiento y denso sentimiento.
Un angustiado, admirado Hamlet de claroscuros,
de pleamar y retroceso en constante evolución,
que avanza portando la armadura
resplandeciente y vacua del blanco que congela,
o que puebla abrasador con la tinta que da fuerza
a su inexplorado corazón, quien como gigante
detenido en el eterno instante presente,
erige o destruye.
Ese guerrero de insignia noble, cuya
bien hechura es el orgullo que le distingue,
canta en silencio elevando la vista al cielo
para honrar al universo e, inalterable,
permanece en el otro extremo:
Abrázame ahora, haz de luz,
no me confundas, consúmeme.
Sereno al fin y desafiante,
extiende su mano para proteger
y defender el interminable amor indestructible,
porque comprende que el equilibrio
del que nunca se rinde
no reclama vencedor.
que transfigurado se manifiesta
como un inquieto haz de luz;
transitas por complejos laberintos
de nuevos mundos como el necesitado,
el invocado, el trastocado.
Simplemente, el de la dimensión exacta
si se pudiese medir.
Eres el que atraído por la oscuridad
de su gozo, su llanto, su soledad,
su compañía, su noche eterna, su noche ardiente,
su mañana que no ilumina; de su canto en el aciago
ocaso de las horas, su tortura, su sonrisa inconclusa,
de su falsa alegría y, en medio de la gente, su mejor vestidura;
de su plenitud bajo la lluvia y su efímero solaz sobre la nieve,
de su herida inicua, de lo irreversible, del carisma de su alma
y la vastedad de sus sueños, se acercó demasiado.
Ayer, cual etérea falena, iluminabas
sobrevolando su mundo con caricias.
De ala rota hoy, caminas a su encuentro,
despojado ya del velo de lo incierto y recorres
el sendero de la vida con todos sus matices,
amor esquivo, a veces asustado,
y otras, decidido.
Sin ojos, sin aire, trastabillas a contraluz tu viaje
buscando la simetría entre el índigo aura
de un guerrero atormentado y su incertidumbre
de ser y no querer ser, brumoso
pensamiento y denso sentimiento.
Un angustiado, admirado Hamlet de claroscuros,
de pleamar y retroceso en constante evolución,
que avanza portando la armadura
resplandeciente y vacua del blanco que congela,
o que puebla abrasador con la tinta que da fuerza
a su inexplorado corazón, quien como gigante
detenido en el eterno instante presente,
erige o destruye.
Ese guerrero de insignia noble, cuya
bien hechura es el orgullo que le distingue,
canta en silencio elevando la vista al cielo
para honrar al universo e, inalterable,
permanece en el otro extremo:
Abrázame ahora, haz de luz,
no me confundas, consúmeme.
Sereno al fin y desafiante,
extiende su mano para proteger
y defender el interminable amor indestructible,
porque comprende que el equilibrio
del que nunca se rinde
no reclama vencedor.
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