ropittella
Poeta veterana en el Portal
Por el campo anduvimos descalzas y celestes, duras, ante la fiera indignación de los pies al rozar las espinas hasta que las llagas fósiles, se hicieron cosquillas sonrientes que se lavaron en el río, aquél río que era tuyo y mío en todas sus esquinas.
Las dos cantábamos el peso de los bolsillos vacíos en las alteradas enaguas, con recuerdos de puntillas rosas, nunca verdes, jamás rojas, negras menos...
Perdimos varias nociones: luz y oscuridad, dividir y multiplicar, vivir y jugar, soñar y velar, resistir y perdurar...
Como los gatos, que duermen de día; como agosto, que a veces es un verano auténtico cuando en realidad -si hubiera una sola- es invierno.
¿Perdimos o ganamos? ¿Cuándo tuvimos algo? Es vano todo pronunciamiento, efímeros los paseos ingratos, las tardes tibias, los umbrales de los cementerios que nunca nos cobijaron del tiempo que pasaba tan cerca del filo de la muerte; cuando como una muestra de lo único posible le plagiábamos el silencio a una tumba sin flores y con gesto alado le dábamos de comer a las pétreas palomas de su adorno, sin un árbol.
Penas ¡Tuvimos tantas! Con hambre las consumimos seguidas por varios años. Llegamos de sus manos asidas al semental de edificios, mirando al frente. Riendo en las sólidas periferias de la ciudad que paría otro infierno, más frío todavía -más indigno- a pesar del fuego, de las luces, del asfalto y sus transeúntes transitados, todos falsos, por treinta monedas comprados.
Así nos vieron, no hubo nadie que no acudiera a dar su testimonio fidedigno, éramos brujas malas, pésimamente vestidas, rotas andrajosas, pero... bellas por debajo...
Y nos lavaron, nos disfrazaron, nos pulieron el destino con altos tacones y faldas con tajo.
Hoy somos estas sombras caras: las dos mejores putas de un prostíbulo.
Las dos cantábamos el peso de los bolsillos vacíos en las alteradas enaguas, con recuerdos de puntillas rosas, nunca verdes, jamás rojas, negras menos...
Perdimos varias nociones: luz y oscuridad, dividir y multiplicar, vivir y jugar, soñar y velar, resistir y perdurar...
Como los gatos, que duermen de día; como agosto, que a veces es un verano auténtico cuando en realidad -si hubiera una sola- es invierno.
¿Perdimos o ganamos? ¿Cuándo tuvimos algo? Es vano todo pronunciamiento, efímeros los paseos ingratos, las tardes tibias, los umbrales de los cementerios que nunca nos cobijaron del tiempo que pasaba tan cerca del filo de la muerte; cuando como una muestra de lo único posible le plagiábamos el silencio a una tumba sin flores y con gesto alado le dábamos de comer a las pétreas palomas de su adorno, sin un árbol.
Penas ¡Tuvimos tantas! Con hambre las consumimos seguidas por varios años. Llegamos de sus manos asidas al semental de edificios, mirando al frente. Riendo en las sólidas periferias de la ciudad que paría otro infierno, más frío todavía -más indigno- a pesar del fuego, de las luces, del asfalto y sus transeúntes transitados, todos falsos, por treinta monedas comprados.
Así nos vieron, no hubo nadie que no acudiera a dar su testimonio fidedigno, éramos brujas malas, pésimamente vestidas, rotas andrajosas, pero... bellas por debajo...
Y nos lavaron, nos disfrazaron, nos pulieron el destino con altos tacones y faldas con tajo.
Hoy somos estas sombras caras: las dos mejores putas de un prostíbulo.
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