Azul Dean
Poeta fiel al portal
Los Generales,
no maman ya las tetas de la luna.
Los Cardenales, los Presidentes, algunos Diputados,
las Piadosas Damas de las Obras Pías, no aman ya, las tetas de la luna.
Pero las putas de los viejos burdeles de la Isla de Csepel,
alimentan con sus pechos
la blanca leche del esperma de los cirios
que amamanta a un tropel de angelotes con alas de topacio.
Los fieles pederastas ya saben de que hablo:
de las niñas magenta
de la Estación Keleti.
 
Bebamos, pues la noche se termina.
Tras de un río de rayas de polvo de estrellas
sangra tu nariz
de podrido banquero, mientras las manos de un novicio enfermo masajea tus muslos macilentos.
Voy a escribir, justamente, hasta las diez y media.
Después me espera el mármol húmedo del los Baños Kiraly
repleto de viejos andróginos.
Un breve paseo por la orilla izquierda del Río
a la sombra del Parlamento, entre los olmos y los chaperos madrugadores.
 
 
Arruinado cerrare mi casa de la Avenida Kerepesi.
Ni la luna, ni las putas, ni las manos del novicio enfermo,
pueden ya salvarnos.
Bebamos, pues, la noche se termina
en los sótanos malditos de la Avenida Rákóczi.
no maman ya las tetas de la luna.
Los Cardenales, los Presidentes, algunos Diputados,
las Piadosas Damas de las Obras Pías, no aman ya, las tetas de la luna.
Pero las putas de los viejos burdeles de la Isla de Csepel,
alimentan con sus pechos
la blanca leche del esperma de los cirios
que amamanta a un tropel de angelotes con alas de topacio.
Los fieles pederastas ya saben de que hablo:
de las niñas magenta
de la Estación Keleti.
 
Bebamos, pues la noche se termina.
Tras de un río de rayas de polvo de estrellas
sangra tu nariz
de podrido banquero, mientras las manos de un novicio enfermo masajea tus muslos macilentos.
Voy a escribir, justamente, hasta las diez y media.
Después me espera el mármol húmedo del los Baños Kiraly
repleto de viejos andróginos.
Un breve paseo por la orilla izquierda del Río
a la sombra del Parlamento, entre los olmos y los chaperos madrugadores.
 
 
Arruinado cerrare mi casa de la Avenida Kerepesi.
Ni la luna, ni las putas, ni las manos del novicio enfermo,
pueden ya salvarnos.
Bebamos, pues, la noche se termina
en los sótanos malditos de la Avenida Rákóczi.
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