Juan Oriental
Poeta que considera el portal su segunda casa
¿Así que volvió a buscar mi corazón?
¿Aquél terreno poblado de amor, ilusión y proyectos
como el de “envejecer juntos” que usted abandonó?
¿Qué cambió, mejor dicho, por otros intereses
y ciertas adicciones que mentía superadas?
Mire...el corazón está, pero baldío.
A simple vista, puede distinguir lo que ha sido de él.
Vea esos trapos viejos; pañuelos raídos a nostalgia
que el viento de su ausencia enganchó aquí y allá,
en el malezal de mi desengaño.
No, no tema de este poema receloso; es un perro
que mi espíritu amargo, azuza para que le ladre;
por orgullo al menos, ya que es el mismo que otrora
salía a recibirla, feliz de verla llegar y que su dueño
la tuviera, ¿recuerda?
¡Pero cuidado sí, con las culebras de su perjurio!
Aún reptan y son muchas y mortales. No se confíe usted
en que son suyas; pues, inconscientemente les he imbuido
el veneno de mi frustración, y es doblemente letal.
Y sobre todo, que no la confunda esa lucesita que ve
a través de mis ojos, y pareciera provenir de una puerta
abierta de nuevo para usted, en el fondo de mi corazón;
no es una luz, es la rigurosa flama de mi dignidad; y,
de aproximarse, puede usted achicharrar en ella,
las frágiles alas de su inconstancia.
Esa llama vela tan sólo por la salud de mis viejitos;
mismos que la traje a conocer y defraudó también.
Seres cabales a quienes lamento haber sometido
a la fatalidad de su malquerencia.
Vaya, váyase por favor. En lo que a su ego atañe;
(como siempre) vaya tranquila, que en mi yermo corazón,
siquiera germina otra quimera; si por infecundo, creo,
anda por ponerle, cartel de remate la desidia.
En serio; aunque me duela por siempre el hecho
de que no se haya dejado amar con el empeño
que le dediqué, mismo que desechó y hoy requiere,
en mi corazón ya no hay nada para usted.
Si acaso, aquel matorralcito de recuerdos vacilantes
que ni florecen ni mueren del todo, y cualquier día
decido darlo vuelta y dejarlo con la raíz al aire.
¡Qué se la queme el sol del escarmiento!
Ahora, como de parcela privada, salga de mi corazón.
...
¿Aquél terreno poblado de amor, ilusión y proyectos
como el de “envejecer juntos” que usted abandonó?
¿Qué cambió, mejor dicho, por otros intereses
y ciertas adicciones que mentía superadas?
Mire...el corazón está, pero baldío.
A simple vista, puede distinguir lo que ha sido de él.
Vea esos trapos viejos; pañuelos raídos a nostalgia
que el viento de su ausencia enganchó aquí y allá,
en el malezal de mi desengaño.
No, no tema de este poema receloso; es un perro
que mi espíritu amargo, azuza para que le ladre;
por orgullo al menos, ya que es el mismo que otrora
salía a recibirla, feliz de verla llegar y que su dueño
la tuviera, ¿recuerda?
¡Pero cuidado sí, con las culebras de su perjurio!
Aún reptan y son muchas y mortales. No se confíe usted
en que son suyas; pues, inconscientemente les he imbuido
el veneno de mi frustración, y es doblemente letal.
Y sobre todo, que no la confunda esa lucesita que ve
a través de mis ojos, y pareciera provenir de una puerta
abierta de nuevo para usted, en el fondo de mi corazón;
no es una luz, es la rigurosa flama de mi dignidad; y,
de aproximarse, puede usted achicharrar en ella,
las frágiles alas de su inconstancia.
Esa llama vela tan sólo por la salud de mis viejitos;
mismos que la traje a conocer y defraudó también.
Seres cabales a quienes lamento haber sometido
a la fatalidad de su malquerencia.
Vaya, váyase por favor. En lo que a su ego atañe;
(como siempre) vaya tranquila, que en mi yermo corazón,
siquiera germina otra quimera; si por infecundo, creo,
anda por ponerle, cartel de remate la desidia.
En serio; aunque me duela por siempre el hecho
de que no se haya dejado amar con el empeño
que le dediqué, mismo que desechó y hoy requiere,
en mi corazón ya no hay nada para usted.
Si acaso, aquel matorralcito de recuerdos vacilantes
que ni florecen ni mueren del todo, y cualquier día
decido darlo vuelta y dejarlo con la raíz al aire.
¡Qué se la queme el sol del escarmiento!
Ahora, como de parcela privada, salga de mi corazón.
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