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El lienzo.

Carlos Aristy

Poeta que considera el portal su segunda casa
El lienzo.
Yo me detengo ante la blancura inescrutable del lienzo,
veo como tu lengua plasma el escarlata del deseo
y, como el escribidor ante la avitelada página,
imagino la incrustada palabra en tus ojos.

Esos vacíos que cada día nacemos para llenar,
una obra de creación que solo un ser como tú puede crear.
El canto se eleva con cada movimiento y cada arpegio de tu voz.
Yo recuerdo el roce de tus manos, con sus dedos de peregrina
sobre mi faz, y aún más, recuerdo el ambicioso deseo
cuando ellos se detenían sobre mis labios.

Esa pasión de pintar algo de la nada en los momentos inoportunos.
Yo lo recuerdo vivamente, con amor y aún más con dolor.
Es que no pudimos ser, aunque fuéramos uno.
Los astros no estaban alineados, eras directa como una flecha,
yo, un arco inconsistente de roble joven y con temor.

Por ello, muchos años atrás, te devolví la poesía.
Aquel fajo de amor incomprensible donde el sol quemó
las espaldas de las palabras sobre tu piel de labriega.
Las que yo escribí con las puntas de mis dedos.
Los símbolos del descubrimiento alrededor de tu ombligo.
Nosotros no sabíamos de tatuajes, pintamos el lienzo
de nuestros cuerpos dorados y marcamos nuestras almas
con las cosmogonía de nuestro amor.

¡Ah! ¿Sabes? Aprendí que el tiempo y el espacio se entretejen.
Quizás nos podamos juntar bajo el almendro...
 
y cada cosa que tejes tiene un bella delicadeza de tu persona, abrazos
El lienzo.
Yo me detengo ante la blancura inescrutable del lienzo,
veo como tu lengua plasma el escarlata del deseo
y, como el escribidor ante la avitelada página,
imagino la incrustada palabra en tus ojos.

Esos vacíos que cada día nacemos para llenar,
una obra de creación que solo un ser como tú puede crear.
El canto se eleva con cada movimiento y cada arpegio de tu voz.
Yo recuerdo el roce de tus manos, con sus dedos de peregrina
sobre mi faz, y aún más, recuerdo el ambicioso deseo
cuando ellos se detenían sobre mis labios.

Esa pasión de pintar algo de la nada en los momentos inoportunos.
Yo lo recuerdo vivamente, con amor y aún más con dolor.
Es que no pudimos ser, aunque fuéramos uno.
Los astros no estaban alineados, eras directa como una flecha,
yo, un arco inconsistente de roble joven y con temor.

Por ello, muchos años atrás, te devolví la poesía.
Aquel fajo de amor incomprensible donde el sol quemó
las espaldas de las palabras sobre tu piel de labriega.
Las que yo escribí con las puntas de mis dedos.
Los símbolos del descubrimiento alrededor de tu ombligo.
Nosotros no sabíamos de tatuajes, pintamos el lienzo
de nuestros cuerpos dorados y marcamos nuestras almas
con las cosmogonía de nuestro amor.

¡Ah! ¿Sabes? Aprendí que el tiempo y el espacio se entretejen.
Quizás nos podamos juntar bajo el almendro...
 

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