jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
a cierta hora del día
alrededor de las seis de la tarde
cuando el sol empieza apenas a declinar en el cielo
y su luz ya no incide verticalmente sobre las cosas
sino un tanto sesgada y por detrás
yo camino de vuelta a casa siguiendo el sendero
que discurre bordeando las playas entre palmeras y rocas
y casas de paredes blancas y tejados rojos
camino sin apresurarme
sintiendo en mi espalda descubierta los rayos del sol
y observo la brillante lámina de plata que recubre el mar
la espuma sobre la arena plagada de pedruscos mojados
el cielo tan azul que te duelen los ojos
camino y de vez en cuando me detengo
y echo un vistazo alrededor y pienso
qué cosa tan insignificante es el dolor
allí encerrado tercamente en un rincón del corazón
aferrado a su estúpida historia que a nadie le importa
revisándola obsesivamente punto por punto
como si existiera la posibilidad de volver en el tiempo
y evitar hacer las cosas que entonces lo jodieron todo
abstenerse de pronunciar aquellas palabras
que lo jodieron todo
entonces reanudo la marcha y me voy diciendo
ya no me duele, ya no me duele
mientras sigo la orilla del mar y las olas me mojan los pies
y la luz de la tarde que pronto se disolverá en tinieblas
se refleja en la brillante superficie húmeda de las innumerables piedritas
que alfombran el declive arenoso entre la playa y el mar
y se van incrustando en la blandengue carne de mis pies
a cada paso que doy