kanb
Poeta fiel al portal
Era una tarde de día de semana,
como cualquiera, como todas, inolvidable
Tarde de verano,
todavía (y por suerte) nadie más que vos y yo
había llegado,
las luces de la recepción seguían apagadas
y la luz del sol adornaba la escena
escurriéndose insistente por la ventana
Te vi entrar dulce, sereno,
y contrastantemente apurado
con el rojo del sol en la cara,
el viento cálido en el pelo
y muestras claras de estar acalorado,
llevabas esa camisa a rayas
que solo usas de vez en cuando
y atolondrado te diste a la tarea de subirte las mangas
torpe como un niño frente a un indescifrable
cálculo matemático
Me dispuse a ayudarte entre sonrisas,
estiré la tela previamente mal arrollada
y la acomodé entre mis manos,
me dejaste hacer casi intrigado,
yo no te miraba directamente
pero pude sentir tus ojos clavados,
con cada doblez rocé tu piel
(queriendo y sin querer)
y me emborraché con el contacto
Sé que dijiste algo, no recuerdo qué
obligándome así a cruzarme con tus ojos
y en tus ojos me vi por primera vez,
me sentí un poco como ahogada,
y se erizó cada centímetro de mi ser
Finalicé contra mi voluntad el quehacer,
y el otro brazo me ofreciste
(queriendo y sin querer)
rodeándome, atrapándome,
invadiéndome,
cerca,
tan cerca que las sensaciones me atropellaron,
por dentro los dedos me temblaron,
se aceleró el pulso,
y el cuerpo gritó en silencio.
Arremetí sin demasiada meditación
contra el lienzo que quedaba
intentando eternizar el momento,
haciendo inconscientemente lentísimo cada movimiento
y al advertir la inmediatez de tu aliento
una especie de hormigueo me poseyó por completo,
noté en un instante la majestuosidad del evento,
simple, inintencionado y sin embargo
profundamente íntimo, pasional.
No viví nunca episodio más sensual,
ni se despertó jamás en mi de esa manera la carnalidad,
las ansias que flotaron en el aire aquella tarde
todavía las puedo recordar,
fue entonces (creo) que las ganas de ti se evidenciaron
ante mis ojos incrédulos
y ya no las pude ignorar.
como cualquiera, como todas, inolvidable
Tarde de verano,
todavía (y por suerte) nadie más que vos y yo
había llegado,
las luces de la recepción seguían apagadas
y la luz del sol adornaba la escena
escurriéndose insistente por la ventana
Te vi entrar dulce, sereno,
y contrastantemente apurado
con el rojo del sol en la cara,
el viento cálido en el pelo
y muestras claras de estar acalorado,
llevabas esa camisa a rayas
que solo usas de vez en cuando
y atolondrado te diste a la tarea de subirte las mangas
torpe como un niño frente a un indescifrable
cálculo matemático
Me dispuse a ayudarte entre sonrisas,
estiré la tela previamente mal arrollada
y la acomodé entre mis manos,
me dejaste hacer casi intrigado,
yo no te miraba directamente
pero pude sentir tus ojos clavados,
con cada doblez rocé tu piel
(queriendo y sin querer)
y me emborraché con el contacto
Sé que dijiste algo, no recuerdo qué
obligándome así a cruzarme con tus ojos
y en tus ojos me vi por primera vez,
me sentí un poco como ahogada,
y se erizó cada centímetro de mi ser
Finalicé contra mi voluntad el quehacer,
y el otro brazo me ofreciste
(queriendo y sin querer)
rodeándome, atrapándome,
invadiéndome,
cerca,
tan cerca que las sensaciones me atropellaron,
por dentro los dedos me temblaron,
se aceleró el pulso,
y el cuerpo gritó en silencio.
Arremetí sin demasiada meditación
contra el lienzo que quedaba
intentando eternizar el momento,
haciendo inconscientemente lentísimo cada movimiento
y al advertir la inmediatez de tu aliento
una especie de hormigueo me poseyó por completo,
noté en un instante la majestuosidad del evento,
simple, inintencionado y sin embargo
profundamente íntimo, pasional.
No viví nunca episodio más sensual,
ni se despertó jamás en mi de esa manera la carnalidad,
las ansias que flotaron en el aire aquella tarde
todavía las puedo recordar,
fue entonces (creo) que las ganas de ti se evidenciaron
ante mis ojos incrédulos
y ya no las pude ignorar.