Karla Incauta
Reiniciándome
Si hubo una vez, un viernes cualquiera,
en febrero 2014, por ejemplo,
y tu jefe ya te había sentenciado con que
deberías trabajar el día sábado y así continuar con
el proceso productivo en esa fábrica de ingresos y egresos,
y tú, como gata enjaulada, mirabas el reloj
que se estancaba en las 22:00 horas de ese mismo viernes,
esperando algo, sin saber realmente qué,
sin cigarrillos, sin alcohol más que la colonia de tu hijo
en la vitrina del baño, sin poder dar con el control remoto
para buscar algo que se pareciese, en alguna medida,
a esa película horrorosa que te gusta tanto,
mientras sólo pensabas en que deberías leer algo pronto
para poder dormir y calmar la ansiedad, antes que se te ocurriese
poner a hervir unos cuantos fideos blancos sin más que sal…
Entonces, si existió ese viernes, ten presente también,
que hubo una vez, un puto domingo de cualquier mes,
en febrero 2014, por ejemplo, a las 13:30 hrs. de la tarde
y despertaste con dolor de cabeza, agitada por ese misterio
que es la deshidratación por exceso de ingesta liquida de la noche anterior,
con el televisor encendido y la ceniza de cigarro extendida sobre tu mesa,
en la que luego pusiste el computador para revisar tu cuenta del banco,
la que te indicaba cada 2 minutos que solo te quedaban $49.-
y que nadie, absolutamente nadie, tendría la piedad suficiente
para depositarte algo que alcanzase para sobrellevar esa resaca
que sólo pedía una cerveza más o tal vez comprar esas pastillas
que sirven para dormir cuando el corazón se te sale por la boca
y se te duermen los brazos…
Sólo que ese viernes era diferente,
la gente corría por las calles de la ciudad con globos de corazones
celebrando a un señor llamado Valentín,
y tú todavía sin encontrar ese control remoto de la tele…
en febrero 2014, por ejemplo,
y tu jefe ya te había sentenciado con que
deberías trabajar el día sábado y así continuar con
el proceso productivo en esa fábrica de ingresos y egresos,
y tú, como gata enjaulada, mirabas el reloj
que se estancaba en las 22:00 horas de ese mismo viernes,
esperando algo, sin saber realmente qué,
sin cigarrillos, sin alcohol más que la colonia de tu hijo
en la vitrina del baño, sin poder dar con el control remoto
para buscar algo que se pareciese, en alguna medida,
a esa película horrorosa que te gusta tanto,
mientras sólo pensabas en que deberías leer algo pronto
para poder dormir y calmar la ansiedad, antes que se te ocurriese
poner a hervir unos cuantos fideos blancos sin más que sal…
Entonces, si existió ese viernes, ten presente también,
que hubo una vez, un puto domingo de cualquier mes,
en febrero 2014, por ejemplo, a las 13:30 hrs. de la tarde
y despertaste con dolor de cabeza, agitada por ese misterio
que es la deshidratación por exceso de ingesta liquida de la noche anterior,
con el televisor encendido y la ceniza de cigarro extendida sobre tu mesa,
en la que luego pusiste el computador para revisar tu cuenta del banco,
la que te indicaba cada 2 minutos que solo te quedaban $49.-
y que nadie, absolutamente nadie, tendría la piedad suficiente
para depositarte algo que alcanzase para sobrellevar esa resaca
que sólo pedía una cerveza más o tal vez comprar esas pastillas
que sirven para dormir cuando el corazón se te sale por la boca
y se te duermen los brazos…
Sólo que ese viernes era diferente,
la gente corría por las calles de la ciudad con globos de corazones
celebrando a un señor llamado Valentín,
y tú todavía sin encontrar ese control remoto de la tele…
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