ojicafes
Poeta que considera el portal su segunda casa
SEMIDORMIDOS.
La lluvia de pie cae
en vertiginosa carrera
en los techumbres de zinc
moteados de herrumbre
con el arte a la intemperie
de cara y cruz al sol.
Su creador: un volcán en erupción
atribuible a su estertor
la llegada de las salamandras.
Los oídos del silencio
se repliegan tras la ráfaga de estela
como la estampida alocada
de una horda de semovientes.
Es un lugar sin tiempo ni espacio
no cerca, no lejos, ya de siempre,
ya de ahora ya por siempre.
Engendros de la desigualdad
de las cuencas oculares sin órganos.
sin el consuelo de nadie.
Autoconstructores modernos
recolectores ayudando al ambiente
incultos , altruistas del peaje,
pero con la cultura del reciclaje.
Los niños con ojos profundos,
semidormidos, marginados,
para contar sus cuentos de fantasías
tienen sus dedos manchados de cerillos,
como los niños de los supermercados.
Entre tizones de barro
quemándose con pólvora quemada,
sus juegos artificiales trasnochados
de las fiestas decembrinas.
En el concierto de los miedos:
el servicio de limpia.
ocultos entre sombras
parapetados en sus cubiles
atisban la faena del camión de basura
su temor: no confundirlos con esta.
El desayuno impaciente esperando
en la alacena de las fábricas de frituras
con bolsitas platinadas de celulosa.
Cinturones con el último ojillo de miserias
ceñidas a sus cinturas.
Dándole el mérito pertinente
a un plato en la comida,
la opción puede cambiar la forma y el sabor,
el contenido en sus manos
despreciado por el recolector de chatarras.
Para comer: una proeza,
el único llamado después del primer ayuno
y antes de irse al reclamo de su estancia
entre paredes de cartón
que invitan a consumir sin ticket
a un fulminante fuego inesperado.
Sus trajes apenas cubren el bronce
-La envidia de los gatos-
adherido a sus cuerpos mal nacidos.
Sus muestras de sangre
sangran la herida
de las oportunidades.
Sentados en primera fila
en el concierto de los grillos,
ensayan los anfibios su canto sin batuta.
Las luciérnagas les han robado pedazos de sol,
anuncian su galardón con fuegos artificiales
y desaparecen hasta señalar de nuevo
su espacio cosmogónico con aires encendidos.
Su música es de viento,
se deleitan con las melodías
de las cintas magnéticas rupestres
de un casete ya pasado de moda.
Los acordes en sintonía
con las estaciones del tiempo.
Las hojas de sus cuadernos
alcanzando el cielo
con el retazo de seda
que después de zurcir les queda.
Por sus calles aplazadas
juegan a esconderse
como los avestruces
las iguanas con sabor a tierra,
su casa a veces
es un panal de abejas africanas
cuando se encrespan sus temores.
Los cadillos de andar descalzos
se clavan en sus pies y en sus tobillos.
Sacarle provecho a las espinas
es un arte de pacotilla para los arlequines.
Con sus lances se declaran
el amor o la guerra
si es el primero de antes,
en ella va la flor de un beso
sembrado en el jardín de los anhelos,
si es para el segundo,
es el comienzo de un fuego cruzado
con morteros de púas fugaces.
Por las calles del trópico,
insoportables de ardentía,
empedradas de olvido,
sin nombre y apellido,
allanadas a golpe de talones,
retumban con golpe de martillo
de los herreros con azadones de tinto
que con sus matices labran sus versos.
Atestados de pulmón
se pregonan a los vientos
las dádivas de la regencia en turno
con tintes humanistas.
En las afueras murmullan con relinchos
los caballitos de feria
soportar los jinetes sin centavos
con la alegría de cumplir sus sueños.
La rueda de la fortuna
por única vez le hace honor a su nombre.
Las madres con monedas de alegorías
para sus juegos infantiles.
Las luces y el bullicio dividen la potestad.
Falta la palabra suprema: Hermandad.
Las rondas se terminan por hoy.
En la mañana los despertares sirven la meza,
en el menú algunos sin hambre
y otros dormidos para no recordarles
el gruñido de su león dormido
dándose un festín digno de un rey
con sus estómagos de saurios.
.
Con la esperanza a cuestas,
recostados sobre sus frágiles cuerpos,
algunos con el trajín de la noche
regresan con la sonrisa
puesta en el próximo año.
Los días no les auguran
llenar sus cofres descosidos,
la plata solo la miran al salir de paseo
de la mano de la luna.
Sus casas citadinas,
entretejidas con quimeras
no se han vestido aun de cedro.
Sus muebles inconclusos
los tiene el ebanista con alas de colores,
no ha encontrado para ellos
un pertinente madero.
¡Yo soy el encomendero!
Encomiable pajarito carpintero,
hazme un corazón de madera
para llevarlo de casa en casa
a los cabilderos del ayuntamiento
y tocarles sus puertas.
A los niños semidormidos ¡cantales!
con tu traje de gala
cuando llegue la tarde.
Geber Humberto Pérez Ulín.