Maite Aranguren
Poeta que considera el portal su segunda casa
Corro, por el bosque
Envuelta en un mar de sangre
Las ramas azotan mi cara
Descalzos, los pies, abrasan
En las manos, las llagas
Las mismas que en el alma
Duelen, con el mero roce
Los sonidos despedazan
Aullidos desesperados
De fieras con celo y hambre
Risas de hienas enfermas
Son ecos hilarantes
Selva, desolación
Miradas en la espalda
Cuchillos que se clavan
Pisadas que me atrapan
No paro de correr
Tan solo están los árboles
Exhausta, sudorosa
No respiro, falta el aire
Los músculos se tensan
Suenan a cuerdas rotas
Caigo al suelo, rendición
Dentelladas de derrotas
El viento trae la lluvia
Lo cubre todo el agua
Se limpia el dolor
Escupe la calma
Silencio, noche y hastío
Toca comenzar
Adiós selva, adiós río
Hasta siempre soledad
Envuelta en un mar de sangre
Las ramas azotan mi cara
Descalzos, los pies, abrasan
En las manos, las llagas
Las mismas que en el alma
Duelen, con el mero roce
Los sonidos despedazan
Aullidos desesperados
De fieras con celo y hambre
Risas de hienas enfermas
Son ecos hilarantes
Selva, desolación
Miradas en la espalda
Cuchillos que se clavan
Pisadas que me atrapan
No paro de correr
Tan solo están los árboles
Exhausta, sudorosa
No respiro, falta el aire
Los músculos se tensan
Suenan a cuerdas rotas
Caigo al suelo, rendición
Dentelladas de derrotas
El viento trae la lluvia
Lo cubre todo el agua
Se limpia el dolor
Escupe la calma
Silencio, noche y hastío
Toca comenzar
Adiós selva, adiós río
Hasta siempre soledad
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