marte5
Poeta fiel al portal
Necesito cambiar las banderas.
Del castillo.
Por una laguna de aguas blancas.
Tengo en mis manos arrugadas.
La carencia.
Necesito hacer de las heridas.
Un escudo.
Y una espada.
Estoy de rodillas.
Ante la piedad.
La guarida de mis pensamientos.
Está inundada de desperdicio.
Inmundos y rancios.
En mi piel.
Se acumula la amargura.
Las razones trémulas.
Son demasiado frágiles.
Sentado en la acera
Empolvado.
Tengo también las palabras empolvadas.
Miro lo ojos de alguien al pasar
Y encuentro mis ojos como espejos.
Sin brillo propio, sin esperanza propia.
Un maniquí desvestido.
Varado entre la multitud.
Camino mientras llueve.
De vejez, de años perdidos entre mis necesidades.
La piedad aun tiene sus manos pequeñas.
Con escasa paciencia.
Y debo esperar morir todavía.
Las revistas viejas en la mesa de centro
Tienen fotografías viejas.
Amanece.
Y estoy cegado por el sol.
Azotado en las calles bajo los pies de todo el mundo.
Necesito alzar los temores.
Y lanzarlos a la calle.
Y necesito caminar sobre lo que se desangra de ellos.
Al cerrar los ojos.
Mis sentidos duermen.
Y al despertar, no se si ellos siguen durmiendo.
Necesito una palabra.
Para que el temor descanse de mi piel.
Hambre.
De sueños.
De esperanza.
El sonido de los relojes explota en mis oídos.
La basta demencia merece que ria.
Pero aun para estar demente.
Me falta ensayar una rutina.
Opaco.
Arrebujado en lo que fui.
Sin ganas de luchar por levantarme.
La perfección del instante.
Pasa de largo frente a mi embarcadero.
Había comprado mi pasaje.
Y solo siguió de largo.
Lleno de música.
Perdiéndose en lo distante.
Incertidumbre.
Impaciencia.
El brillo de las dagas.
Rosa mi piel arrugada.
Y el polvo que fui supura por las heridas.
Necesito que me espere el horizonte.
Porque no puedo caminar más.
Y solo me alcanza el valor para descansar.
La sombra de los árboles.
No alcanza a cubrir mis pensamientos.
Que terminan quemados y en cenizas.
Retorciéndose hasta desvanecerse.
En la brisa.
Necesito una puerta en la pared.
Para avanzar hasta el otro lado de la habitación.
Por lo menos si existiese una ventana.
O una ampolleta que encender.
Por lo menos si tuviese la voluntad de levantarme de este piso helado.
Espesa la espuma sobre las olas.
Con sabor a desperdicios.
Colmando la playa.
Necesito que el miedo.
Se vuelva palabras, banderas blancas en mi castillo.
El mar sobre el mar.
Brilla de estrellas.
Crepitando.
Ya no hacen falta paredes.
Ya no hacen falta largos salones de baile
Ya no necesito una mesa o cubiertos.
Ya no preciso de perros guardianes.
Falta el brillo de una mirada.
Que abra las miradas.
Que hable.
Que cuente los cuentos que no tengo.
Imaginando la vida que me deja.
Persistiendo más allá de mi memoria.
Intento vivir.
En escondrijos empolvados.
De los rincones de mi castillo.
De banderas negras.
De rejas roídas.
Con las puertas selladas.
Y abarrotado de silencio.
Intento vivir.
Porque se fueron las expectativas.
Se fueron los días.
Incluso las sombras de las cosas
Han desaparecido
Necesito cambiar mi castillo.
Por una laguna de aguas blancas.
Donde poder redimir.
Mi alma.
Del castillo.
Por una laguna de aguas blancas.
Tengo en mis manos arrugadas.
La carencia.
Necesito hacer de las heridas.
Un escudo.
Y una espada.
Estoy de rodillas.
Ante la piedad.
La guarida de mis pensamientos.
Está inundada de desperdicio.
Inmundos y rancios.
En mi piel.
Se acumula la amargura.
Las razones trémulas.
Son demasiado frágiles.
Sentado en la acera
Empolvado.
Tengo también las palabras empolvadas.
Miro lo ojos de alguien al pasar
Y encuentro mis ojos como espejos.
Sin brillo propio, sin esperanza propia.
Un maniquí desvestido.
Varado entre la multitud.
Camino mientras llueve.
De vejez, de años perdidos entre mis necesidades.
La piedad aun tiene sus manos pequeñas.
Con escasa paciencia.
Y debo esperar morir todavía.
Las revistas viejas en la mesa de centro
Tienen fotografías viejas.
Amanece.
Y estoy cegado por el sol.
Azotado en las calles bajo los pies de todo el mundo.
Necesito alzar los temores.
Y lanzarlos a la calle.
Y necesito caminar sobre lo que se desangra de ellos.
Al cerrar los ojos.
Mis sentidos duermen.
Y al despertar, no se si ellos siguen durmiendo.
Necesito una palabra.
Para que el temor descanse de mi piel.
Hambre.
De sueños.
De esperanza.
El sonido de los relojes explota en mis oídos.
La basta demencia merece que ria.
Pero aun para estar demente.
Me falta ensayar una rutina.
Opaco.
Arrebujado en lo que fui.
Sin ganas de luchar por levantarme.
La perfección del instante.
Pasa de largo frente a mi embarcadero.
Había comprado mi pasaje.
Y solo siguió de largo.
Lleno de música.
Perdiéndose en lo distante.
Incertidumbre.
Impaciencia.
El brillo de las dagas.
Rosa mi piel arrugada.
Y el polvo que fui supura por las heridas.
Necesito que me espere el horizonte.
Porque no puedo caminar más.
Y solo me alcanza el valor para descansar.
La sombra de los árboles.
No alcanza a cubrir mis pensamientos.
Que terminan quemados y en cenizas.
Retorciéndose hasta desvanecerse.
En la brisa.
Necesito una puerta en la pared.
Para avanzar hasta el otro lado de la habitación.
Por lo menos si existiese una ventana.
O una ampolleta que encender.
Por lo menos si tuviese la voluntad de levantarme de este piso helado.
Espesa la espuma sobre las olas.
Con sabor a desperdicios.
Colmando la playa.
Necesito que el miedo.
Se vuelva palabras, banderas blancas en mi castillo.
El mar sobre el mar.
Brilla de estrellas.
Crepitando.
Ya no hacen falta paredes.
Ya no hacen falta largos salones de baile
Ya no necesito una mesa o cubiertos.
Ya no preciso de perros guardianes.
Falta el brillo de una mirada.
Que abra las miradas.
Que hable.
Que cuente los cuentos que no tengo.
Imaginando la vida que me deja.
Persistiendo más allá de mi memoria.
Intento vivir.
En escondrijos empolvados.
De los rincones de mi castillo.
De banderas negras.
De rejas roídas.
Con las puertas selladas.
Y abarrotado de silencio.
Intento vivir.
Porque se fueron las expectativas.
Se fueron los días.
Incluso las sombras de las cosas
Han desaparecido
Necesito cambiar mi castillo.
Por una laguna de aguas blancas.
Donde poder redimir.
Mi alma.