marte5
Poeta fiel al portal
Lentamente voy ganando lugares
en los desiertos.
Más polvo en las venas.
Blancas montañas pintando la respiración.
Y la risa.
Que golpea las manos.
Bajo la mesa se derrumban.
Las agujas.
El acero.
Las delgadas piernas del nerviosismo.
Más sudor en la piel.
Blancas sonrisas.
Y el sabor a asfalto.
Y a podredumbre.
Lentamente me derrumbo
de inconciencia.
Caminando voy.
Sonriendo pasos equivocados.
En los desiertos.
De la noche
Manos ortopédicas.
Dagas atravesadas en la conciencia.
Durante la luna.
Pisando las aguas de la mañana.
Y las hojas secas en el suelo.
Que elevan la razón.
Inconsistente.
Y los sentidos explotan.
Lentamente voy descubriendo
que no hay donde caer.
Las convulsiones de la voz.
Tienen poca vida.
Las convulsiones de los vasos.
Quiebran las mandíbulas a puñetazos.
Y no quiero llorar.
Porque el valor está derretido.
Entre las botellas.
Bajo los vasos, entre las montañas.
Para vencer la muerte.
Para terminar agitando los sentidos.
Un poco más en el viento de la noche.
Un poco más la respiración raspa el sabor de las cosas.
Lentamente voy ganado lugares
en el cementerio
Epitafios y maldiciones.
Terminan en mi pecho.
Espadas de miradas indecentes.
Desnudan las piernas de alguna caricia prestada.
Fuego que sabe a piel.
Y corrompe las horas.
De esta noche vieja.
Y sus esculturas desnudas.
Un tren de revistas risueñas.
Un despertar ridículo.
Pensar en la mujer a mi lado.
Sin sangre, con sabor blanco entre sus labios.
Lentamente tengo hambre
de impaciencia.
Se hunden.
Las abejas plateadas.
Y las pupilas.
Se encienden quemando las imágenes en los cristales.
Criaturas de todos los colores.
Gimen en las mesas.
Con botellas.
Hambrientas de sed.
Pensamientos que vienen de todas partes.
Son ahorcados en mi cabeza.
Y de derraman
Como sonidos irracionales desde mi boca.
Lentamente voy ganado lugares
en el infierno.
Dagas de negligencia.
Esperan bajo las huellas.
Con calor.
Y con olor a desechos
La música suena fuerte.
Los callejones saben a moribundas lágrimas.
De miedos.
De sangre.
Los sonidos suenan extraños.
En las cortinas.
De los ojos.
Rojos.
Estoy llegando a las primeras horas de la mañana siguiente
y lentamente, me voy perdiendo de mi mismo.
en los desiertos.
Más polvo en las venas.
Blancas montañas pintando la respiración.
Y la risa.
Que golpea las manos.
Bajo la mesa se derrumban.
Las agujas.
El acero.
Las delgadas piernas del nerviosismo.
Más sudor en la piel.
Blancas sonrisas.
Y el sabor a asfalto.
Y a podredumbre.
Lentamente me derrumbo
de inconciencia.
Caminando voy.
Sonriendo pasos equivocados.
En los desiertos.
De la noche
Manos ortopédicas.
Dagas atravesadas en la conciencia.
Durante la luna.
Pisando las aguas de la mañana.
Y las hojas secas en el suelo.
Que elevan la razón.
Inconsistente.
Y los sentidos explotan.
Lentamente voy descubriendo
que no hay donde caer.
Las convulsiones de la voz.
Tienen poca vida.
Las convulsiones de los vasos.
Quiebran las mandíbulas a puñetazos.
Y no quiero llorar.
Porque el valor está derretido.
Entre las botellas.
Bajo los vasos, entre las montañas.
Para vencer la muerte.
Para terminar agitando los sentidos.
Un poco más en el viento de la noche.
Un poco más la respiración raspa el sabor de las cosas.
Lentamente voy ganado lugares
en el cementerio
Epitafios y maldiciones.
Terminan en mi pecho.
Espadas de miradas indecentes.
Desnudan las piernas de alguna caricia prestada.
Fuego que sabe a piel.
Y corrompe las horas.
De esta noche vieja.
Y sus esculturas desnudas.
Un tren de revistas risueñas.
Un despertar ridículo.
Pensar en la mujer a mi lado.
Sin sangre, con sabor blanco entre sus labios.
Lentamente tengo hambre
de impaciencia.
Se hunden.
Las abejas plateadas.
Y las pupilas.
Se encienden quemando las imágenes en los cristales.
Criaturas de todos los colores.
Gimen en las mesas.
Con botellas.
Hambrientas de sed.
Pensamientos que vienen de todas partes.
Son ahorcados en mi cabeza.
Y de derraman
Como sonidos irracionales desde mi boca.
Lentamente voy ganado lugares
en el infierno.
Dagas de negligencia.
Esperan bajo las huellas.
Con calor.
Y con olor a desechos
La música suena fuerte.
Los callejones saben a moribundas lágrimas.
De miedos.
De sangre.
Los sonidos suenan extraños.
En las cortinas.
De los ojos.
Rojos.
Estoy llegando a las primeras horas de la mañana siguiente
y lentamente, me voy perdiendo de mi mismo.
Última edición: